Si visitas Guadalajara y caminas por el Paseo Alcalde, entre los templos de San Francisco y Aranzazú, es posible que te encuentres con cinco figuras de bronce que parecen permanecer en silencio mientras la vida pasa por delante. No tienen ojos, boca ni oídos, pero su postura sugiere que están haciendo algo cada vez menos habitual en una ciudad: detenerse a observar. ¿Quién es el artífice de esta especie de humanoides que observan impasibles el movimiento de Guadalajara? Detrás de ellos está Adrián Guerrero Castellanos (Guadalajara, 1975), artista cuya obra se mueve entre la abstracción, la filosofía y la exploración de la percepción.
A lo largo de su trayectoria ha trabajado con materiales como la cerámica y el bronce y ha llevado su obra a exposiciones en México y otros países, mientras investiga asuntos como el tiempo, la forma, la escala y nuestra relación con los objetos y el espacio.
Platicamos con él sobre filosofía, percepción, cerámica, arte público y sobre lo que sucede cuando una obra deja de pertenecer al artista para comenzar a formar parte de la vida de los demás.

¿Cómo relacionas la filosofía con el arte?
Quizás sería muy pretencioso decir que lo hago. Creo que es una búsqueda por conciliar dos de mis pasiones. Una es hacer arte, es decir, mi obra plástica, y la otra es la filosofía; es algo que me apasiona desde siempre.
¿Tienes un bagaje en filosofía además de la arquitectura y el arte?
Desde que estaba en la escuela me encantaba, pero después tuve la oportunidad de hacer, en la Escuela Jesuita de Guadalajara, un máster en Filosofía y Ciencias Sociales. Eso me reestructuró, digamos, o, por qué no decirlo, me metió un poco más a las grandes ligas de la filosofía.
Entonces, lo que hago con mi obra es justo eso. Aunque si tú ves a simple vista mi obra, los títulos y todo este tema, no es precisamente que hablen, por decir un ejemplo, de filosofía sobre Sócrates. No soy tan obvio, sino que, dependiendo de la inquietud que estoy explorando, siempre la exploro desde la filosofía. Siempre me recargo en autores, siempre estoy leyendo filosofía y, por consiguiente, hay una carga tremenda de ella en mi trabajo. Como te digo, tal vez no obvia, porque creo que la obviedad no es algo que me simpatice mucho.
Claro. Creo que en ningún caso en el arte lo obvio es algo positivo. Siempre hay que preguntarse, cuestionarse y no dar algo por hecho.
Justo creo que una de mis pasiones dentro de lo que hago es apelar a la percepción humana. La percepción humana es algo que he estado analizando durante bastante tiempo en mi trayectoria.
¿Una obra debe proyectar un sentido de pertenencia?
Cuando un autor lanza una obra, al final deja de ser suya. La obra por sí sola es la que le despierta algo al espectador. Le puede despertar desinterés, repudio, lo que tú quieras, pero llega un momento en que las obras toman su propia interacción y apelan a la percepción humana de cada quien. Eso es apasionante. Creo que es una de las grandes virtudes del arte.

Quería hablar de los materiales. Para apelar a esa percepción que mencionas, los materiales también son un elemento clave, ¿no?
Sí. En mi caso, mi inicio de carrera estuvo pegado a la cerámica. Fue como mi primer oficio, que me cayó en las manos por culpa de mi papá. Pero la cerámica es un oficio que tiene muchas virtudes y muchos efectos, entre ellos que el fuego al final aprueba tu obra o no. Es decir, tú metes una pieza al horno y, después de que trabajas semanas en ella, el horno puede echarla a perder o la puede echar a andar.
Después de ese juego con la frustración, para bien, me hizo brincar, o me forzó a brincar, a la pintura, a la fotografía, a la fundición en bronce, a otros oficios en donde tal vez tenía una seguridad del resultado más tangible.
También noto que tu trabajo se ha extendido en muchas muestras alrededor del mundo: en Italia, en España y en el interior de México, como Oaxaca. ¿Cómo sientes que esa percepción de la que hablas cambia en México, en Oaxaca, en tu misma Guadalajara o cuando te mueves de país o de zona?
Pues justo ahí va este gusto por poder —y estoy muy agradecido de tener la oportunidad— hacer que mi obra viaje y estar viendo cómo apela a distintas culturas. Hay una frase que me gusta mucho de Antonio Pau que dice: “En todas partes vemos lo que llevamos dentro”.
Entonces creo que la obra es totalmente percibida de una manera en Oriente y de otra en la parte occidental. Sobre todo ahí se nota un montón, por su cosmovisión y por su manera de estar, digamos, sentados en el mundo.
Eso es interesante porque ahí ya apelas también a geografías, ¿no?
Sí, y luego confirma cosas. Por ejemplo, hace tres o cuatro meses estuve exponiendo en solitario por primera vez en Madrid. Tuve la oportunidad de estar allá, en la inauguración y todo, y también me ayudó a darme cuenta de cómo somos tan parecidos España y México; es decir, Madrid y Guadalajara, en cuanto a maneras de lectura, en cuanto a maneras de mirar el arte.
Tu obra Los Contemplarios fue la que me llamó la atención de primera mano.
Los Contemplarios son cinco piezas de bronce de dos metros de altura, junto con diez placas de acero colocadas en el suelo, en el Centro Histórico de mi ciudad. Es una pieza que ya quedó fija; es decir, ya es parte de la colección de los tapatíos.
Para mí fue un gran reto: un análisis del espacio, pero también un análisis social, para determinar dónde era el mejor lugar para colocarse. Estoy muy contento de que finalmente se pudiera lograr. Es la primera vez en mi haber que puedo hacer una obra pública que queda para toda la vida ahí. Es como trascender de una galería a un museo y de un museo al arte público.
Como dijiste al inicio de la entrevista, deja de pertenecer a la persona y, en este caso, no pasa al coleccionista, sino a la vida pública misma.
Creo que ahí radica el valor de esta serie, porque mis piezas quedan en colecciones, en casas, en lugares privados donde solamente tiene acceso quien las adquirió, o muchas veces en un museo donde tienen cierto público. Pero acá está dirigida al transeúnte común y corriente que va pasando. Esa interacción con la obra es importante.
¿Cómo nació este proyecto?
El proyecto de Los Contemplarios nació primeramente en una escala pequeñita. Es la única pieza, digamos, con forma de ser humano que yo trabajo. Todo mi trabajo es abstracto y es la única que tiene esa posibilidad.
Entonces nació al revés: nació de pequeñas figuras que he hecho durante buena parte de mi trayectoria. Después hice un par de fundiciones ya de esos tamaños; llevo cuatro o cinco. A partir de estar en esa prueba, duré ocho años gestionando para que mi obra finalmente llegara al espacio público.

Hablando un poco de la obra, veo que las figuras son cinco y carecen de rasgos. ¿Cuál era la idea al eliminar una identidad?
La idea es justo una persona muy sintética, muy neutral, en el sentido de que no hay ojos, no hay boca, no hay oídos, no hay nada que los personalice per se, pero tienen, según mi óptica, los elementos básicos para dar a entender que es un ser humano.
¿Y la postura igual tiene intenciones simbólicas o fue estética?
Están colocados de manera que están contemplando, mirando la ciudad. Es decir, están en esta pausa continua, abusando de que están hechos de bronce, que están inmóviles, que están ahí. Están justo dándose esa pausa para poder contemplar la ciudad en la que están colocados.
Y, a su vez, en el piso, conforme te vas acercando de una manera aleatoria, hay placas de acero con palabras como “paz”, “silencio” y “contemplación”; puras palabras que tienen que ver con evocar justo lo que están haciendo estos personajes ahí en la calle.
Es una obra espiritual de algún modo. Yo por ahí lo veo, pero tú eres el artista…
Mira, qué bien que lo dices porque finalmente así es este tema de la percepción humana. Yo te diría que va por dos vías. Una es esa que tú dices, por el lado de la parte espiritual. De hecho, pareciera que traen una casulla o una parte como religiosa, pero lo quise hacer muy neutral en el sentido de esa parte de la contemplación, de darnos la pausa desde el punto de vista espiritual, mas no religioso. Por eso quise hacerlo universal.
«Por el otro lado, está esta carga filosófica del tema del detenerse, que parece que es un hilo muy delgado: detenerse, observar, esa pausa de mirar, de decidir la realidad.»
¿El juego de palabras de Los Contemplarios no tiene que ver con los Caballeros Templarios?
Nada que ver. Es contemplación, contemplación.
¿Esta es una obra única o tienes planeado ampliarla como una serie?
No lo he pensado como tal. Me encantaría la idea. Para mí sería lo máximo poder tener un contemplario en Madrid como espejo.
Las piezas que te llevaron a Madrid son totalmente otra cosa, ¿no?
Se trata de un proyecto en el que hice específicamente un análisis sobre una obra de José Clemente Orozco que se llama Pueblo Mexicano. José Clemente Orozco hace puro figurativo, pero de repente hizo una serie en donde hace geometrías. Yo jalo esas geometrías en lo particular. Tomo esa pieza de Pueblo Mexicano, jalo la pura geometría y me pongo a hacer un análisis sobre todas estas geometrías que él coloca ahí.

Además, tengo entendido que esas piezas tienen que ver con un momento histórico en México
Es justo cuando Clemente Orozco está en Nueva York, yendo a un grupo de artistas y de intelectuales que se llamaba Círculo Délfico, y se topa con todos estos cánones y todas estas órdenes griegas de la proporción, de los vectores en el dibujo, de la geometría. Y esa pieza de Pueblo Mexicano, en lo particular, Luis Barragán la copia. Literalmente manda a sacar una copia, la amplía y la pone en su estudio en la Ciudad de México.

¿Qué te reveló esa historia?
Me di cuenta de cómo las proporciones que José Clemente pintó, que colocó en esa litografía, han influido tremendamente en la arquitectura moderna y contemporánea de México, porque están en el consciente colectivo de todos los arquitectos que han ido a la Casa Estudio Luis Barragán. La exposición se llama Orden Inquieto, la que hice en Madrid, pero la pieza en particular yo la llamo Dónde está el pueblo.




