A punto de cumplir 35 años en la profesión, el galerista habla de la historia de Espacio Mínimo, de la exposición MIX. La donna è mobile de Elena Blasco como inicio de Apertura Madrid Gallery Weekend y nos habla de la nueva sede que prepara en Vallecas.

Espacio Mínimo nació en Murcia en 1992 en una sala de catorce metros cuadrados. Ocho años más tarde se instaló en Madrid, cuando Doctor Fourquet aún no era la calle de galerías que es hoy. Luis Valverde fundó el proyecto junto a José Martínez Calvo, Pepe, su pareja y compañero de trabajo, fallecido en 2023. Ahora, de la mano de su codirector Oscar López Fernández y un día antes de la inauguración de Mix de Elena Blasco como pistoletazo de salida de Apertura Madrid Gallery Weekend y muy cerca del 35 aniversario de la galería, Valverde prepara otro desplazamiento. Ha comprado un espacio en Vallecas y ha puesto a la venta la sede de Lavapiés.
Su programa nunca ha dependido de una sola estética reconocible. La continuidad de Espacio Mínimo se muestra en largas relaciones (a veces tan cercanas como un mánager) con los artistas y en una atención constante a las obras que discuten los relatos dominantes. A los discursos del arte que se producen en los márgenes. Por sus salas han pasado varias generaciones y nombres de procedencias muy distintas, como Liliana Porter, Ana Vidigal, Manu Arregui, Diana Larrea, Donna Conlon o la protagonista de la muestra actual Elena Blasco. Pero también la de nombres tan disidentes como Tom of Finland o Erwin Olaf.
Antes del cambio de sede, la galería abre la temporada con MIX. La donna è mobile, segunda exposición individual de Elena Blasco en Espacio Mínimo y que coincide con Apertura Madrid Gallery Weekend. La muestra reúne instalaciones y dibujos realizados desde 1986 hasta 2026. En esta entrevista, Valverde habla del oficio galerístico, del coleccionismo, de las ferias y de una vida que ha tenido que reorganizar después de la muerte de Pepe y de cómo hoy se siente «viviendo el futuro».
Espacio Mínimo nació en plena crisis de 1992. ¿Qué queríais hacer entonces?
Queríamos tener nuestra propia voz. Pepe (Martínez Calvo) había trabajado en gestión cultural para la administración y el poder de decisión no era suyo. La única forma de controlarlo era crear un proyecto propio. En aquella primera sede nos dividíamos catorce metros cuadrados, dos despachitos, un aseo y la sala. Pepe decía: “Una galería no es un espacio, una galería es un proyecto”. También decíamos mucho «Quita de aquí», recuerda sonriente. Esa fue la idea. Contar nuestro tiempo mediante las cosas que nos inquietaban, nos motivaban y nos preocupaban. Casi 35 años después, los objetivos se han ido definiendo mientras trabajábamos. Queda el compromiso, que vuelve con cada exposición, y también cierta sensación de misión cumplida.

¿Qué significaba abrir una galería fuera de Madrid en los años noventa?
Abrimos en Murcia, pero queríamos trabajar como si estuviéramos en Berlín o Nueva York. La actitud debía ser la misma. Desde el principio tuvimos vocación internacional y queríamos comprobar si lo que hacíamos podía entenderse en cualquier parte. Murcia acabó imponiéndonos un cierto techo. En aquella época, ya no afortunadamente, en Murcia faltaba contexto y algunos artistas extranjeros dudaban de trabajar con nosotros porque no estábamos en Madrid. Pero éramos también casi casi una galería virtual. Viajábamos constantemente. Cuando llegamos a Doctor Fourquet tuvimos que presentarnos de nuevo, aunque ARCO ya había sido nuestra primera galería en Madrid.
¿Por qué elegisteis Doctor Fourquet cuando todavía no era el eje galerístico que conocemos?
Buscábamos proximidad al Reina Sofía y un lugar donde el proyecto pudiera crecer. Ya había buenas galerías en la zona, como la de Salvador Díaz o Helga de Alvear. Además, los precios entonces estaban más baratos que hoy. El local había sido un bar y después una tienda de muebles y llevaba tiempo sin actividad. La calle no tenía entonces la concentración actual. Llegar aquí significó empezar otra vez. Repetimos el programa, volvimos a presentar a los artistas y utilizamos la sala pequeña de abajo como espacio de invitados para propuestas con menos visibilidad. No fue únicamente una mudanza. Hubo que construir un contexto nuevo.

Hablas del arte como aquello que queda en los márgenes. ¿Ha sido esa una seña del programa?
Sí. El arte está, sobre todo, en lo que se escapa y en aquello que permanece en los márgenes. No me interesa poner una etiqueta y dar el asunto por terminado. Durante mucho tiempo se contó la historia del arte español mediante fracturas y relevos bruscos entre generaciones. Ahora empiezan a aparecer conexiones más maduras. Cada obra debe defenderse por su peso y dialogar en igualdad con las demás. Nosotros hemos intentado trabajar desde ahí, atendiendo a propuestas que quizá no habían recibido suficiente visibilidad.
Esa amplitud también se advierte en la relación con artistas latinoamericanos. ¿Cómo habéis construido esa red?
De manera natural, a través de los viajes, las ferias y los encuentros. Liliana Porter expuso en el primer Espacio Mínimo. Fue muy generosa: nosotros éramos unos chavales en Murcia y no teníamos dinero para pagar un billete o un transporte. Ella entendió cuál era la escala de la galería y se adaptó. Las relaciones se forman así, con tiempo y confianza. A veces propone el artista, otras veces propones tú. Lo decisivo es que te interese la obra y que al artista le interese lo que haces. Nosotros viajábamos a Miami desde finales de los noventa y en Estados Unidos nos incorporaban de forma inmediata a la comunidad latina. Ese ámbito forma parte de nuestra historia desde hace mucho.
Gran parte de lo que termina en los museos se vio antes en una galería. Nosotros no cobramos una entrada y asumimos el riesgo de producir una exposición sin saber cuándo llegará una venta.
Luis Valverde, director de Espacio Mínimo
¿Qué representa Apertura Madrid Gallery Weekend para una galería con vuestra trayectoria?
Apertura Madrid Gallery Weekend es una celebración conjunta del trabajo de las galerías como espacios culturales gratuitos y accesibles. Muchas veces nos encontramos en ferias, fuera de nuestras sedes, y estos días devuelven la atención a las exposiciones. Una feria no es el mejor lugar para ver detenidamente una obra; para eso están el museo y la galería. Nuestro trabajo no consiste solo en vender. Representamos a los artistas y los acompañamos durante años. La venta paga las facturas y permite continuar, pero también hacemos una tarea cultural que no siempre se conoce bien.

Elena Blasco y el arte de mezclar
Elena Blasco es una artista madrileña que trabaja desde los años setenta en los límites entre la pintura, el dibujo, la fotografía, la escultura y la instalación. Su obra combina color, humor y materiales cotidianos para alterar la aparente normalidad de los objetos y los interiores domésticos. Bajo esa superficie lúdica aparecen, de forma casi desenfadada a primera avista preguntas relevantes como la identidad, los prejuicios, los roles asignados y las distintas formas de violencia social que puden sufrir especialmente las mujeres.
Inauguráis la temporada y Apertura Madrid Gallery Weekend con Elena Blasco. ¿Por qué era importante comenzar con ella?
Elena es fundamental para la historia de la galería. Antes de abrir ya queríamos trabajar con ella. Nos parecía una de las propuestas más modernas e interesantes de España. Empezamos a hablar sobre colaborar hacia 2021 y esta es su segunda individual con nosotros. Aunque trabaja desde los años setenta, su obra conserva una energía muy actual. Habían pasado varios años desde la primera exposición y tanto ella como nosotros veíamos que era momento de volver a mostrar su trabajo.
¿Qué puede aportar una galería a una artista con una trayectoria que comienza en 1976?
Una trayectoria larga no significa que el trabajo ya esté colocado en su sitio para siempre. La galería puede devolverlo al presente, ofrecer otro contexto y conseguir que instituciones y coleccionistas lo miren de nuevo. Con Elena ha sucedido así. Su obra ha entrado en el Reina Sofía, en el Museo de Arte Contemporáneo del Ayuntamiento de Madrid o en el IVAM, además de colecciones privadas. Ella aporta una obra enorme y nosotros ponemos el altavoz, el seguimiento, y toda la engorrosa parte administrativa.
¿Cómo está construida MIX. La donna è mobile?
El título señala el procedimiento de Elena. Elegir y mezclar. Ese ha sido el punto de partida de su obra desde siempre. Hay trabajos de los años ochenta y noventa junto a piezas recientes, pero no pretende ser una retrospectiva. Son elecciones que funcionan juntas y permiten ver cómo compone sus obras y su mundo visual. Aparecen muebles, dibujos, textiles, cerámica, cristal, objetos… La sala se parece por momentos a una tienda de mobiliario enloquecida. Lo doméstico está presente, pero nunca de una manera dócil.

¿Qué añade el subtítulo, La donna è mobile?
Habla de la posibilidad de cambiar una elección. Esto entra, esto sale, esto ahora funciona de otra manera. Elena quería volver sobre sí misma sin quedar fijada por una lectura histórica. La movilidad está en el montaje y en su modo de trabajar. Las piezas se acercan, se contradicen y adquieren otro sentido al cambiar de compañía. El título también conserva un punto juguetón, algo muy propio de ella.
En la ficha conviven obras de 1986 con instalaciones terminadas este año. ¿Qué ocurre al reunirlas?
Se comprueba que el tiempo le sienta bien a su trabajo y que está conformada por una estética permanente y coherente. No queríamos ordenar las piezas como una cronología. Es muy difícil, El niño o Se comunican solo por un hilito comparten la sala con Cortina azul, de 1994, y Todo se me hace poco para ti, de 1986. Las fechas son distintas, pero la manera de escoger materiales y hacer que una cosa cambie a la de al lado se mantiene. Elena quería volver sobre su propio trabajo sin encerrarlo en una revisión histórica.
La exposición ocupa las tres salas y también se prolonga en la sala de abajo. ¿Cómo se organiza el recorrido?
La primera sala concentra dibujos recientes e instalaciones de formatos muy distintos. En la segunda aparecen Bailarina, de 1989, El niño, terminada en 2026, y Todo se me hace poco para ti, de 1986. La tercera reúne Dos naranjas y Lo intentan con otros dibujos. En otro espacio se pueden ver obras sobre papel coreano de 2025, una pieza de poliuretano de 2004 y el grabado S-PAIN-T. El recorrido no sigue una línea temporal y deja que los materiales y las formas establezcan las conexiones.
Los muebles y los interiores domésticos aparecen una y otra vez. ¿Qué papel cumplen?
Elena toma ese mundo reconocible, incluso pequeñoburgués, y lo vuelve incómodo. Una cortina, una vitrina o una silla dejan de cumplir la tarea que esperamos de ellas. La casa se convierte en un lugar donde se discuten la identidad, las convenciones y la uniformidad. Todo parece cercano, pero ninguna habitación termina de comportarse como debería.
Hay color, títulos con humor y una apariencia desenfadada. ¿Puede esa superficie ocultar la parte más crítica de la obra?
Eso es justamente lo interesante. Elena mezcla una ironía casi infantil con asuntos muy serios. Junta alta y baja cultura, materiales nobles y objetos corrientes, dibujo y volumen. El humor permite entrar, pero después aparecen los prejuicios, los papeles asignados y cierta violencia doméstica o social. Su trabajo no da una lección cerrada. Descoloca lo conocido y deja que el espectador termine de hacer las asociaciones.
¿Por qué el dibujo reciente tiene tanta presencia dentro de MIX?
Porque permite ver que la mezcla no depende solo de las grandes instalaciones. Los dibujos de 2026 combinan óleo en barra y collage. Los de 2025 están hechos sobre papel coreano. En ellos sigue presente la misma libertad para juntar imágenes, texturas y gestos. Al colocarlos junto a obras tridimensionales, el plano deja de ser un apartado distinto y se entiende como otra parte del mismo vocabulario.
Necesito un lugar nuevo para un tiempo nuevo. Lo anterior seguirá conmigo, pero he elegido la vida y quiero trabajar desde ahí.
Luis Valverde, director de Espacio Mínimo.
«Mirar una obra no es hacer scroll»

Dices que la principal meta de Apertura Madrid Gallery Weekend es que la gente entre, que conozca la labor de las galerías.
Una obra hay que verla. Un dosier puede despertar interés, pero la experiencia artística se disfruta en directo. Me preocupan esas visitas que se hacen en modo reel. Entrar, pasar dos segundos delante de cada cosa, salir… Eso es lo contrario de una experiencia estética. Hay que dedicar atención, aceptar cierta incomodidad y salir de lo conocido. Cuanto más esfuerzo se pone, más se disfruta. Estos cuatro días de Apertura Madrid Gallery Weekend son importantes para todos nosotros porque la galería recupera protagonismo. Durante ARCO el ruido es enorme y muchas veces las exposiciones quedan en segundo plano.
¿Ha crecido el coleccionismo al mismo ritmo que las galerías de Madrid?
Hay demasiadas galerías, demasiados artistas y demasiadas propuestas. Lo que no sobra es dinero ni coleccionistas. Se habla de compradores jóvenes, pero muchos jóvenes ni siquiera tienen casa. Los públicos cambian poco a poco y también cambian sus gustos. Madrid recibe ahora a más coleccionistas extranjeros, aunque nosotros los conocemos desde hace décadas porque empezamos a viajar a Miami a finales de los noventa. Pero quien es coleccionista lo es desde antes, no porque cambie de ciudad o de país.
Desde fuera, una galería con más de tres décadas puede parecer una estructura estable. ¿Lo es?
No me gusta demasiado esa palabra. Todos los galeristas somos emergentes cada día porque este es un negocio muy precario. Para hacer visible una obra o desarrollar la carrera de un artista puedes trabajar dos o tres años antes de obtener un resultado económico. Ponemos los recursos, sostenemos las exposiciones y somos los últimos en saber si habrá algún beneficio. Por eso digo que es una forma de vida más que una empresa. La venta importa, claro, pero llega después de mucho trabajo que el público no siempre ve.
También hablas de la galería como productora de memoria. ¿Qué lugar ocupa el archivo?
Tenemos el archivo de lo que hemos hecho: exposiciones, imágenes, textos, viajes y relaciones construidas durante más de tres décadas. Lo importante es la actividad, pero documentarla aporta un enorme valor cultural. Una exposición cuenta qué estaba ocurriendo política y socialmente en un momento concreto. Cuando celebramos el trigésimo aniversario compartimos parte de ese material en redes. No quería que la historia la contaran otros sin tener acceso a las fuentes que nosotros habíamos producido.
¿Sientes que se entiende esa función cultural del conjunto de las galerías?
No siempre. El arte todavía se presenta como algo que le pertenece solo a unas élites, cuando es un derecho y una necesidad. Gran parte de lo que termina en los museos se vio antes en una galería. Nosotros no cobramos una entrada y asumimos el riesgo de producir una exposición sin saber cuándo llegará una venta. No reclamo un trato excepcional, pero sí que se comprenda que una galería genera conocimiento, conserva memoria y sostiene carreras artísticas, además de participar en el mercado.
Un espacio nuevo para un tiempo nuevo

Después de la muerte de Pepe, la constante dificultad de sostener un negocio tan inestable a veces (aún no se ha aprobado el IVA reducido para el arte), algunos episodios de salud que ya has superado, ¿qué te hace abrir la galería cada mañana?
Muchos días no me lo pregunto, porque si me lo preguntara quizá no vendría. Pero cada día puede pasar algo nuevo y eso es un privilegio. Después de perder a mi pareja y algún susto por el estrés, tuve que construir otras referencias. Una vez en el hospital Fundación Jiménez Díaz, después de un susto, escuché las primeras notas de la Suite número 1 para violonchelo de Bach que interpretaba Pau Casals y pensé: «El arte me ha salvado otra vez”. Vengo por eso. También me enorgullece haber creado una estructura para que algunos artistas pudieran sostener su carrera. Ese compromiso pesa, pero también produce placer.
¿Qué cambiará con el traslado a Vallecas?
Quiero trabajar de otra manera y decidir el ritmo. Si quiero hacer tres exposiciones, haré tres. Si quiero hacer treinta, haré treinta. También quiero emprender proyectos que no dependan únicamente de los artistas representados. El nuevo espacio de Vallecas me dará esa oportunidad. El local de Doctor Fourquet está en venta. Ha aportado todo lo que podía aportar. Necesito un lugar nuevo para un tiempo nuevo. Lo anterior seguirá conmigo, pero he elegido la vida y quiero trabajar desde ahí.




