Florencia Ciliberti, también conocida como HANA, es una artista visual, música y gestora cultural argentina. Su obra ahonda en la convergencia entre la música y el arte contemporáneo. Bajo esa premisa, fundó Otras Formas, un sello discográfico exclusivo para artistas visuales que hacen música. Además, como artista sonora creó el proyecto HANA (que significa flor en japonés) y dio vida a un ciclo donde se presentan los artistas de su sello en el circuito de galerías de arte y museos de Argentina, como el Museo de Arte Moderno y el Museo Nacional de Bellas Artes. Platicamos con ella.

¿Cómo se encuentra en este momento el panorama del arte en Argentina?
Mirá, siempre hay dos caras. Por un lado, la situación política es muy compleja y, como suele pasar, la cultura es uno de los sectores más afectados por los recortes de presupuesto. Pero en Argentina, particularmente en Buenos Aires, los artistas siempre han sido un gran motor, pese a esos vaivenes.
Es un gran tema para los artistas, no solo en Latinoamérica, sino en todo el mundo.
Estamos muy acostumbrados a esta situación, entonces hay mucha autogestión. Dentro de las posibilidades, se intenta sostener espacios y colaboraciones como una forma de resistencia. Te puedo decir que el arte en Argentina es muy rico, pese a todo.
El arte siempre encuentra formas de florecer. A veces, en tiempos de resistencia, surgen cosas más disruptivas, ¿no?
Me da la sensación de que siempre estamos sobre arenas movedizas. Cuando parece que llegamos a cierta estabilidad, se desarma. Hay cosas que, por la historia de la humanidad, uno piensa que no van a volver a suceder. Y, sin embargo, vuelven a pasar, incluso en cuestiones de derechos humanos. Vos decís: ¿cómo es posible que esto vuelva a plantearse, que haya otra vez actitudes represivas?

¿Especialmente en Latinoamérica?
El mundo del arte, en todas sus expresiones, es un lugar de resistencia. En Latinoamérica nunca podemos estar relajados. No sé si en Europa viven lo mismo que nosotros, pero acá tampoco hay mucho apoyo gubernamental. Allá existen fundaciones y recursos para sostener investigaciones. Eso es fantástico, pero a nosotros no nos llega.
En tu trayectoria siempre ha existido esa convergencia entre música y arte.
No soy de mirar mucho el pasado, pero me doy cuenta de que ese cruce estuvo desde mis comienzos. No fue premeditado. Mi primer disco como Hana salió en 2006 y lo presenté en Sonoridad Amarilla, una galería donde también exhibía mis pinturas y hacía performance. Nunca hubiera imaginado que, veinte años después, ese vínculo seguiría creciendo. Siempre me sentí una artista multidisciplinaria; para mí nunca fue un conflicto.
¿Te sentiste fuera de lugar en algún momento?
Tal vez era una artista rara para un mundo del arte que siempre fue conservador. Pero seguí sacando discos, haciendo videoclips y presentando muestras que pasaron de la pintura a la instalación. Hace diez años surgió este proyecto porque empecé a notar que había mucha música hecha por artistas visuales que no encontraba un lugar en el campo del arte.
¿Cómo fue entonces esa génesis?
Empecé la investigación en 2015. El primer gesto fue un disco compilado: me interesaba reunir a artistas que, por lo distintas que eran sus obras, probablemente nunca habrían formado un colectivo. Después fue una bola de nieve: seguí investigando, encontrando material y conociendo otras músicas. En 2017 decidí fundar, como parte de mi obra, un sello discográfico exclusivo para artistas visuales: Otras Formas.

También recuperaste historias anteriores de ese cruce entre arte y música.
Sí, por ejemplo, la de Jorge de la Vega, artista plástico que hizo un disco en 1968. Solo llegó a grabar uno porque falleció muy joven. Compartió cartel con Toquinho y Vinicius de Moraes, pero parecía estar a la sombra de su pintura. Era un artista plástico de gran trayectoria y formaba parte del grupo de la Nueva Figuración. Cuando sacó el disco, al mundo del arte le pareció divertido, todo bárbaro, pero esa faceta quedó en segundo plano. Su historia aparece en el documental que presenté en la Semana del Arte.
Te mueves con naturalidad entre el arte contemporáneo, lo experimental y el pop. Puedes abrir un concierto de Laurie Anderson y también uno de Coldplay.
Eso me encanta. Para mí es muy importante conquistar escenarios y hacer escuchar nuestras voces. Compartir escenario con ambos fue una experiencia muy linda. Siempre me sentí cómoda en la disrupción. Hoy día siento que hay una intención de homogeneizar las cosas, incluso la información que nos llega. El algoritmo te lleva siempre a lo mismo. Hay que detenerse y hacerle espacio a lo distinto.
« No soy una persona complaciente con un sistema o un mercado: creo que, como artista, es fundamental aportar lo particular y lo peculiar de cada uno »
Antes, el disco tenía una presencia visual muy fuerte: la portada, las fotos. Hoy puedes escuchar una canción en streaming sin saber siquiera cómo es el artista. ¿Eso plantea un reto para la relación entre arte y música?
Sí, siento que hubo una pérdida. Era muy interesante el objeto, su arte y toda la información que lo acompañaba. Quienes tienen la posibilidad han recuperado el vinilo, pero, convengamos, ahora escuchamos viendo una tapita. No sé cuánta gente entra a consultar quién produjo el disco y los demás créditos. Tal vez el videoclip compensa parte de esa pérdida. Hoy escuchás una canción y vas a YouTube a ver el video de una manera mucho más natural que antes, cuando tenías que esperar frente a MTV o alguno de esos canales.
Después de investigar estos cruces entre música y arte contemporáneo, ¿cuál ha sido tu mayor descubrimiento?
El proyecto cobró relevancia porque nadie estaba prestando atención a esas músicas. Al reunirlas, tuve acceso a un material muy rico. Después de fundar el sello, sentí la necesidad de escribir un libro para dejar asentadas esas historias. Además de descubrir música, incluso entre colegas que no sabían que el otro también hacía canciones, me interesó el gesto político de volver visibles esas historias. Revisarlas y reconstruirlas desde mi mirada.

El documental Otras Formas es otro ejemplo de tu expansión del concepto a otros modelos…
Sï, y en él aparecen Roberto y Eduardo Costa. Roberto escribió más de la mitad de las canciones de Virus. Eduardo también es un gran artista y escribió letras como “Luna de miel en la mano” y “Encuentro en el río musical”. Ambos han expuesto en México. Roberto estuvo hace unos años en el Chopo y Eduardo, creo, en el Tamayo. Relato esas historias, así como la de Matías Duville, que también hace música y aparece en el libro, el documental y los compilados.
¿En qué estás trabajando ahora?
Después de terminar la película, que también participó en un festival importante, sentí una gran necesidad de volver a decir cosas a través de la canción. Empecé a componer el año pasado, fui sacando sencillos y ahora estoy cerrando el disco. Creo que saldrá en noviembre.También entiendo la canción como un mensaje, un statement, un gesto de contracultura para decir las cosas. Ahora estoy atravesada por eso y en un muy buen momento, la verdad.
Sé que has estado en contacto con Galería Arróniz.
Sí, quieren lanzar un sello; le contaba que yo tengo uno en Argentina. Su interés es específicamente el arte sonoro. Lo mío es más amplio: si un artista visual hace una canción pop, también la considero parte de su obra. Gustavo Arróniz, el galerista, quiere hacer algo disruptivo por ese lado.
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