El Museo Tamayo fue el escenario de una disputa entre su fundador y Televisa que llegó a su punto decisivo antes del Mundial de México de 1986.

Tamayo, su museo y la amenaza de huelga de hambre que venció a Televisa

Alejandro Mancilla Autor: Alejandro Mancilla Fecha:

A principios de la década de los 80, el consorcio televisivo mexicano Televisa —siempre pensé que el nombre significaba Televisión S. A., pero en realidad es por Televisión Vía Satélite— atrevesaba una resaca moral: le faltaba prestigio cultural. Su dueño, Emilio “el Tigre” Azcárraga, mostraba además un interés personal por el arte, y ese gusto lo hizo reunir pinturas, esculturas y piezas históricas —muchas de las cuales, una valoración posterior reveló que eran falsas— que decoraban sus residencias, e impulsó proyectos como el Centro Cultural Arte Contemporáneo y una colección de fotografía internacional cuya selección encargó a Manuel Álvarez Bravo.

A esa inclinación se sumaba una razón más pragmática: la presión del gobierno mexicano y el temor a una posible nacionalización de la televisión, motivos para asumir un compromiso no escrito con la cultura y la educación del país, según el relato de Claudia Fernández y Andrew Paxman en El Tigre: Emilio Azcárraga y su imperio Televisa. Estaba en juego la continuidad de sus concesiones y la posibilidad de que el presidente pusiera el medio masivo más popular de entonces en manos de burócratas encargados de producir contenidos nacionalistas en blanco y negro “como la televisión de la Unión Soviética”, dirían los detractores amantes de las series estadounidenses que en ese entonces importaba Televisa en su Canal 5, dedicado a la clase media mexicana.

Había que mostrar, entre telenovelas y futbol, un interés —mitad impostado, mitad real— por presentar contenidos de arte en la televisión, la llamada “caja idiota”, como la llamaban intelectuales como Carlos Monsiváis. A ese compromiso se sumaron iniciativas como el patrocinio del Museo Tamayo en 1981, un proyecto que, visto desde esa relación entre televisión y poder, podía parecer un mero capricho.

El origen del Museo Tamayo: arte, Televisa y Grupo Alfa

El proyecto era una iniciativa de Olga y Rufino Tamayo para albergar la colección de arte internacional que habían reunido en sus viajes. El pintor oaxaqueño, uno de los artistas mexicanos más importantes del siglo XX, era reconocido en el mundo por fusionar la herencia prehispánica y el arte popular con las vanguardias europeas.

Grupo Alfa era un importante coleccionista de obras de Tamayo y quiso participar junto con Televisa en la empresa de construir el museo. El conglomerado industrial, uno de los más grandes e importantes de México, fundado en Monterrey, Nuevo León, contribuyó al financiamiento del icónico edificio ubicado en el Bosque de Chapultepec en la Ciudad de México, diseñado por los arquitectos Abraham Zabludovsky y Teodoro González de León.

Diseñado por Abraham Zabludovsky y Teodoro González de León, el Museo Tamayo abrió sus puertas en 1981 en el Bosque de Chapultepec. Foto: Creative Commons.

En 1979 comenzó la construcción del museo. El gobierno puso el terreno, cerca del Museo de Antropología, en el Bosque de Chapultepec; Grupo Alfa y la Fundación Cultural Televisa pagaron la construcción, y Olga y Rufino Tamayo aportaron la colección primigenia. Azcárraga apoyó el proyecto no solo por el mencionado valor cultural que aportaría a la empresa. Si Tamayo iba a donar sus pinturas a México, Televisa lo apoyaría porque “nadie le ha dado nunca nada a México”, dijo el magnate de mechón blanco, en una típica muestra de su usual retórica nacionalista. Pero era cierto: hasta esa época, no había habido realmente una tradición por parte del sector privado para patrocinar las artes de manera masiva.

La inauguración del Museo Tamayo y la influencia de los Gelman

El 29 de mayo de 1981, el Museo Tamayo abrió sus puertas, albergando obras de figuras como Picasso, Joan Miró, Francis Bacon y Roberto Matta. La administración quedó en manos de Televisa, mientras que la primera dirección estuvo a cargo del museógrafo Fernando Gamboa. Tamayo, por fin, había logrado materializar un proyecto para ofrecer al público mexicano un lugar donde conocer la colección internacional que había formado junto con Olga.

Así, Televisa tomó la estafeta y se erigió en “guardián de la cultura nacional”. Los Azcárraga: Emilio y Paula Cussi, su esposa, se interesaron por ver qué sucedía en términos de arte en el resto del mundo. Impulsados ni más ni menos que por sus amigos Jacques y Natasha Gelman, el famoso matrimonio de coleccionistas y mecenas que reunió una de las grandes colecciones de arte moderno de México, y creadores de la mítica colección del mismo apellido.

Jacques y Natasha, como era de suponerse, eran unos estetas muy bien conectados, así que introdujeron a Azcárraga y a Cussi en el mundo de los dealers, los patronatos y las mesas directivas de varios museos. Azcárraga vio el potencial reconocimiento que este podría traer a su imagen y visualizó la idea de que México pudiera distinguirse en el “competitivo mundo de la cultura”, por lo que asimismo hubo un claro propósito en su decisión de incursionar de lleno en el laberinto del arte.

¿Y Tamayo, literalmente, qué más pintaba en este asunto? Pronto se enfrentaría al mismísimo Tigre.

Picasso y David Hockney: las primeras grandes exposiciones

Para supervisar el montaje de la colección Tamayo en la exposición inaugural, Jacques Gelman recomendó a Pierre Schneider, corresponsal de arte de la revista francesa L’Express, y a Bill Lieberman, del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Ambos se encargarían de que el museo cumpliera con los estándares internacionales de seguridad, control climático e iluminación, requisitos para conseguir que otros recintos prestaran obras importantes para las exposiciones temporales.

Para la dirección, después de la etapa inicial a cargo de Fernando Gamboa, Gelman recomendó al cubanoestadounidense Alberto Raurél. Al año siguiente de la apertura, Raurél montó una exposición de Picasso, la primera gran exhibición a cargo de Televisa. La muestra atrajo a un público numeroso y dejó ver lo que podía hacerse con una gran cuenta de banco disponible y una buena organización. También ayudó tener a Televisa anunciándola de forma permanente en todos sus canales. La muestra también contribuyó a recuperar la reputación de México, deteriorada por los rumores de que algunas grandes obras prestadas terminaban decorando las casas de presidentes y altos ejecutivos del gobierno.

Robert Littman, el influyente curador y hoy albacea de la Colección Gelman, llevaba tiempo buscando dónde presentar la obra de David Hockney en Nueva York, pero ningún espacio terminaba de convencerlo. La respuesta apareció en México: el Museo Tamayo tenía lo que buscaba y un atractivo adicional, el poder mediático de Televisa. Así, el curador neoyorquino viajó a México con Hockney y varios especialistas.

Retrato en blanco y negro de David Hockney con lentes redondos, camisa a rayas y moño, sosteniendo un saco sobre el hombro.
David Hockney, cuya exposición en el Museo Tamayo marcó una etapa de gran convocatoria durante la administración de Televisa. Foto: Creative Commons

Robert Littman y el conflicto por la dirección del Museo Tamayo

La visita dejó una buena impresión del museo y del trabajo de Raurél, y de ahí salió el acuerdo para presentar El Gran Teatro de David Hockney a principios de 1984, como parte de la gira que la muestra realizaba por Estados Unidos. Todo iba por buen camino cuando un asesinato cambió los planes: Raurél murió durante un asalto en Polanco.

Tras la tragedia, Televisa recurrió a una colección de Diego Rivera que pidió prestada a Dolores Olmedo. Había que organizar una exposición en tiempo récord mientras se encontraba un nuevo director. El detalle era que Rivera había sido enemigo de Tamayo. La elección podía sentirse como una ofensa para el temperamental pintor.

Azcárraga ofreció entonces la dirección a Robert Littman y la exposición de Hockney finalmente se presentó en ese mismo 1984, con gran éxito. Littman aceptó ser el nuevo director y se instaló en México para tomar las riendas del espacio. Pero Tamayo no lo recibió con los brazos abiertos. Lo veía como un representante de Televisa y llegó a atacarlo ante la prensa por temas como sus preferencias sexuales.

Pintura de David Hockney con un hombre de saco rosa que observa a un nadador bajo el agua de una piscina, rodeada de montañas y vegetación.
David Hockney, Portrait of an Artist (Pool with Two Figures). El artista británico fue uno de los protagonistas de las primeras grandes exposiciones del Museo Tamayo. Foto: Creative Commons.

El trasfondo del asunto es que Tamayo reclamaba mayor poder para decidir las exposiciones y el rumbo artístico del recinto; Televisa consideraba que, si pagaba las cuentas, también podía ser el curador. El pintor quería un museo cercano a él y a sus amigos artistas, y Televisa buscaba sobre todo incrementar su prestigio más allá de la percepción de que hacían “televisión para jodidos”, la desafortunada frase célebre que pronunciaría Azcárraga en los 90, que agregaría una raya más al Tigre, en el terreno de la polémica.

Rufino Tamayo contra Televisa: la ruptura de 1986

En 1986, con México a punto de recibir la Copa del Mundo de futbol, Tamayo decidió llevar el conflicto con Televisa a la prensa nacional. “Estoy dispuesto a hacer un gran escándalo ahora con esto del futbol… si el problema del museo no se resuelve”. A sus 86 años, el pintor se presentaba como víctima del “monstruo mediático”, que también quería extender sus dominios al panorama del arte. El pintor amenazó con ponerse en huelga de hambre durante el Mundial si no se exhibía de nuevo su colección de más de 300 pinturas y esculturas, valuadas en más de 10 millones de dólares. Él las había donado al pueblo de México, dijo, “no a la familia Azcárraga”.

Posteriormente acudió al entonces presidente Miguel de la Madrid y puso sobre la mesa su amenaza de iniciar una huelga de hambre en los escalones del museo. Así, el 23 de mayo de 1986, días antes del arranque del Mundial, Televisa anunció su retirada. Por acuerdo presidencial, el secretario de Educación Pública, Miguel González Avelar, quedaría encargado de que el Museo Rufino Tamayo pasara a formar parte del patrimonio nacional.

La salida de Televisa tampoco trajo un final feliz inmediato. Según el relato de Fernández y Paxman, la falta de recursos y los problemas de organización bajo la gestión de los Tamayo debilitaron al recinto. Durante varios años, aquel museo que había atraído grandes exposiciones y públicos numerosos quedó lejos del esplendor de sus primeros tiempos. Pero su historia no terminó con la retirada del Tigre.

Fotografía en blanco y negro de Rufino Tamayo con lentes y delantal, inclinado sobre una superficie de trabajo mientras sostiene herramientas.
Rufino Tamayo defendió que la colección reunida junto con Olga pertenecía al pueblo de México, no a la familia Azcárraga. Foto: Creative Commons.

El Museo Tamayo como museo público: ampliación y nuevos visitantes

Reinaugurado el 9 de septiembre de 1986 bajo la administración del Instituto Nacional de Bellas Artes, el Tamayo comenzó otra vida como museo público. En 1987 compartió con el Palacio de Bellas Artes una gran retrospectiva por los 70 años de carrera del pintor, quien murió en 1991. Dos décadas después, el edificio cerró para una ampliación a cargo de Teodoro González de León y reabrió en 2012 con un 30 por ciento más de superficie. El museo también tuvo nuevos momentos de convocatoria masiva: entre 2014 y 2015, Yayoi Kusama. Obsesión infinita atrajo a más de 300 mil visitantes. El esplendor, al parecer, podía regresar con otros protagonistas.

Museo Tamayo en 2026: 45 años de arte

En 2026, al cumplir 45 años, el Museo Tamayo vuelve sobre su propia historia con exposiciones como Tamayo Horizontes y Ante el eclipse. Arqueologías del arte en México, que recuperan el legado del fundador y el contexto cultural de los primeros años del recinto. Su colección, cuyo núcleo original reunía más de 300 obras, supera hoy las 980. Ya sin Televisa al mando, el museo conserva aquella ambición de acercar el arte internacional al público mexicano. La disputa entre Tamayo y Azcárraga quedó atrás; la pregunta por quién decide qué se exhibe, quién paga las cuentas y a quién pertenece la cultura sigue abierta.

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Alejandro Mancilla
Alejandro Mancilla

Alejandro Mancilla/ Jefe de Redacción. Ha escrito en Vanity Fair, GQ, Travesías, Vice, AD Architectural Digest, Marvin, Vogue, Nexos y Playboy, entre otros; fue editor en Círculo Mixup y Televisa; es autor del libro de ensayos [de]generación de cristal. Es fan de los Cocteau Twins y cuando no escribe, es DJ y productor. No le gusta el karaoke.