Para Sebastián Ángeles, diseñar también implica pensar en cómo un objeto nos acompaña y envejece con nosotros. Esa búsqueda atraviesa los diez años de Dórica, la marca mexicana que comenzó en una casa abandonada en Coyoacán y hoy celebra su trayectoria con una retrospectiva.
El aniversario coincide con su segunda participación consecutiva en Design House, en el marco de Design Week. Conversamos con él sobre el camino recorrido, el oficio y su creciente interés por explorar la frontera entre el mobiliario y la escultura.

Cuando miras las primeras piezas de la marca, ¿qué reconoces todavía en ellas y qué sientes que ha cambiado por completo?
Creo que reconozco, sobre todo, la intención. Desde las primeras piezas había una búsqueda por hacer objetos simples, pero que tuvieran algo particular; que fueran funcionales, duraderos y que pudieran permanecer mucho tiempo con una persona. Lo que ha cambiado por completo es nuestra manera de llegar a ellas. Al principio diseñaba de una forma mucho más intuitiva y, de algún modo, incluso ingenua. Durante estos diez años hemos aprendido muchísimo sobre proporciones, ergonomía, materiales y, sobre todo, sobre cómo fabricar bien una pieza.
¿Cómo nació Dórica y qué necesidad personal o creativa te llevó a fundarla?
Dórica nació de una manera muy distinta a lo que es hoy. Empezamos prácticamente como un taller, desarrollando proyectos y piezas personalizadas para cada cliente. Nuestra primera oficina estaba en una casa abandonada en el centro de Coyoacán y, en ese momento, sinceramente no sabía hasta dónde podía llegar el proyecto. Simplemente tenía muchas ganas de diseñar y de hacer cosas. Con el tiempo entendí que no quería solamente resolver proyectos para otras personas, sino construir un lenguaje propio.
El nombre remite inevitablemente al orden dórico y a cierta idea de proporción, estructura y permanencia. ¿Por qué lo elegiste y qué sigue representando para ti?
El nombre nació casi de manera natural. Buscábamos algo que pudiera tener una identidad propia y que representara los valores que queríamos construir. Me gustaba mucho lo que significaba el orden dórico: probablemente el más sencillo de los órdenes clásicos, pero también uno de los más sólidos. Diez años después creo que el nombre incluso tiene más sentido. Me interesa diseñar objetos que puedan permanecer, que no dependan de una tendencia y que con los años sigan teniendo valor.

En el discurso de Dórica aparecen constantemente la materia, el cuerpo, el oficio y el tiempo. ¿Cómo se traducen esas ideas en una pieza concreta?
Para mí empiezan a aparecer desde la manera en la que una pieza se relaciona con el cuerpo. Una silla puede verse muy bien, pero al final tiene que recibirte, sostenerte y acompañarte durante mucho tiempo. Después está la materia. Me gusta que los materiales conserven parte de su identidad: que la madera tenga veta, que el metal tenga pequeñas variaciones, que puedas acercarte a una pieza y entender, de alguna manera, cómo fue hecha. Y finalmente está el tiempo. Siempre pienso que una pieza debería poder envejecer bien, repararse y eventualmente pasar de una persona a otra.
Si tuvieras que elegir una pieza que haya marcado un antes y un después para Dórica, ¿cuál sería y por qué?
Probablemente elegiría la Silla Balance. No necesariamente porque represente todo lo que hacemos actualmente, sino porque fue una pieza que empezó a definir un lenguaje mucho más claro para Dórica. La silla siempre me ha parecido uno de los objetos más complejos para diseñar porque concentra muchísimas cosas al mismo tiempo: estructura, ergonomía, proporción, material y expresión.
« Mies van der Rohe decía que una silla era un objeto muy difícil de diseñar, incluso que un edificio era casi más fácil »

Aunque las colecciones son distintas, existe un lenguaje reconocible entre ellas. ¿En qué momento descubriste que Dórica ya tenía una identidad propia?
Me hace muy feliz que se reconozca un lenguaje entre las piezas, porque también me hace pensar que mi identidad como diseñador se ha vuelto cada vez más clara. Nunca establecí una serie de reglas sobre cómo debía verse Dórica. Sin embargo, conforme crecieron las colecciones empezaron a repetirse ciertas decisiones. Cuando empezamos a presentar piezas de años y colecciones distintas dentro de un mismo espacio y podían convivir naturalmente, entendí que ya existía un lenguaje.

¿Qué te interesa conservar del trabajo artesanal mexicano y qué aspectos buscas replantear desde una perspectiva contemporánea?
Lo que más me interesa conservar es el conocimiento. En México existen maestros con una capacidad extraordinaria para trabajar madera, piedra, metal, vidrio y muchísimos otros materiales. Hay conocimientos que difícilmente puedes aprender en una computadora o incluso en una escuela; vienen de años de trabajar directamente con la materia. Pero tampoco me interesa romantizar la artesanía ni pensar que tenemos que producir exactamente como se hacía antes. Nosotros trabajamos con modelado 3D, CNC, impresión 3D y distintos procesos tecnológicos cuando tienen sentido.
Desde tu perspectiva, ¿dónde termina el mueble y dónde comienza la escultura o la pieza artística?
Cada vez me cuesta más encontrar esa frontera. Cuando empecé, la función tenía muchísimo peso en mi manera de diseñar. En cierto sentido, dictaminaba muchas de mis ideas: primero tenía que existir una razón para que el objeto estuviera ahí. Con los años la forma ha ido adquiriendo cada vez más importancia en mi trabajo. He encontrado formas que simplemente por existir me provocan algo, me llenan, y no necesariamente necesito encontrarles inmediatamente una función. Creo que permitirme aceptar eso ha abierto una parte completamente nueva de mi práctica. Me interesa mucho ese territorio intermedio. Una silla puede ser completamente funcional y al mismo tiempo tener una presencia escultórica. No creo que una cosa elimine necesariamente a la otra.
Dices que las piezas no buscan imponerse como protagonistas. En una época tan determinada por la imagen y los objetos llamativos, ¿cómo se diseña una presencia silenciosa?
Yo no diseño pensando en una fotografía o en generar un impacto instantáneo. Tampoco me interesa que un objeto llame la atención simplemente por ser extraño, exagerado o colorido. Creo que un objeto puede tener muchísima presencia sin necesidad de gritar. A veces una proporción, una curva o la manera en la que dos materiales se encuentran puede ser suficiente. Pienso mucho, por ejemplo, en una silla Thonet. Puede aparecer hoy en contextos completamente distintos a aquellos para los que fue diseñada y sigue siendo vigente. Su contexto no determina su valor. Me gustaría pensar nuestros objetos de esa manera: presentes hoy, pero capaces de formar parte de otros contextos en el futuro. Para mí ahí existe una especie de lujo silencioso.

Para este aniversario presentan una retrospectiva. ¿Cómo se organizó y qué relaciones inesperadas encontraste entre piezas creadas en momentos distintos?
Mirar hacia atrás me ha dado muchísima nostalgia. Me ha hecho consciente de grandes momentos, de decisiones que nos llevaron hasta aquí e incluso de errores que terminaron haciéndome crecer. También pienso en toda la gente que ha formado parte del proyecto: personas que estuvieron durante una etapa y después se fueron, otras que siguen aquí y algunas que con los años se han vuelto todavía más importantes.
En 2026 presentas Prea, la primera colección de objetos cotidianos de Dórica. ¿Por qué decidiste cambiar de escala precisamente ahora?
Después de diez años diseñando muebles empecé a interesarme mucho más por la relación que tenemos con los objetos pequeños que utilizamos todos los días.El cambio de escala también me permitió explorar formas más complejas y expresivas que probablemente habría sido muy difícil llevar directamente al mobiliario. En ese sentido, si lo piensas, Prea es también una colección de pequeñas esculturas. Hay objetos muy sencillos dentro de una casa con los que tenemos una relación muchísimo más cercana de lo que pensamos. Los tocamos, los movemos, forman parte de pequeños rituales diarios y muchas veces terminamos desarrollando un vínculo sentimental con ellos.

Después de diez años, ¿qué te interesa hacer ahora que no habría sido posible para Dórica en sus inicios? ¿Qué viene para la marca?
Lo que más me emociona es que hoy Dórica ya tiene un lenguaje. Tenemos productos que hemos desarrollado durante años, procesos de producción mucho más sólidos y, sobre todo, un equipo que ha crecido hasta convertirse en algo que nunca imaginé cuando comenzamos. Veo a Dórica entrando en una etapa de crecimiento internacional. Me interesa mejorar nuestra logística, fortalecer nuestra presencia fuera de México y eventualmente tener espacios físicos y retail en otros lugares. Quiero que las piezas lleguen a más ciudades y a contextos que hace diez años parecían muy lejanos. Creo que los siguientes diez años no se tratan solamente de hacer más productos. Me interesa ampliar lo que podemos entender por diseño y permitir que Dórica y mi práctica personal evolucionen en paralelo.
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