Visitante observa una selección de obras de arte moderno, entre pinturas y obra gráfica, expuestas en la pared de una sala de museo.

Cinco formas de ejercer el coleccionismo de arte de América Latina

Redacción AW Autor: Redacción AW Fecha:

El coleccionismo en el arte podría ser un lugar común si se aborda desde las convenciones. En realidad, no hay una sola forma de coleccionar, y mucho menos en el contexto latinoamericano, que es el que nos incumbe.

Identificar más que categorizar al coleccionista

Hablar de tipos de coleccionismo tampoco significa reducir o adjetivizar la figura del coleccionista. Una colección difícilmente responde a una motivación única y, a lo largo del tiempo, puede cambiar de intereses y propósitos. Y sí, de tamaño. Lo que podemos hacer, más que encasillar, es identificar ciertas prácticas que permiten entender las maneras en que una colección se construye y se relaciona con el ecosistema territorial que nos compete —aunque, con la circulación internacional del arte y la presencia de artistas latinoamericanos e iberoamericanos en ferias de todo el mundo, esa frontera sea cada vez más difusa—.

Visitantes observan pinturas y esculturas expuestas en una sala de museo dedicada al arte moderno.
Las colecciones privadas pueden adquirir una dimensión institucional y pública, como ocurrió con el acervo reunido por Eduardo Costantini y la creación del MALBA en Buenos Aires. Fotografía: Creative Commons.

Pero bien, en el mundo del coleccionismo, hay desde quien comienza adquiriendo obras por una afinidad personal hasta quien construye un acervo alrededor de un periodo, una escena o un territorio determinado; desde las colecciones que acompañan las carreras de artistas hasta aquellas que terminan generando archivos, fundaciones, programas expositivos o museos.

A veces, el coleccionista apuesta por un artista que considera que va a crecer en algún momento, aunque esa especulación a veces sale cara (el artista deja de producir obra, se devalúa… o no muere joven).

Ejercer el coleccionismo desde diferentes puntos de vista

Las posibilidades son mucho más amplias que la simple acumulación de objetos. Incluso está el coleccionista que decide comprar arte para cumplir con aquello que muchas voces fuera del circuito consideran una de las funciones más elementales de una obra: adornar una pared o estancia —no, por más que quisimos, no pudimos sustraernos del lugar común—.

Hoy identificamos cinco formas de ejercer el coleccionismo de arte en América Latina, no como categorías cerradas, sino como puntos de referencia para entender una práctica en transformación permanente.

El coleccionismo puede partir del gusto personal y transformarse con el tiempo en un acervo articulado alrededor de artistas, periodos, movimientos o territorios. Fotografía, cortesía de: Unsplash / Creative Commons.

1. Coleccionar obras como experiencia personal

Es quizá la forma más inmediata de acercarse al coleccionismo, pero no por ello la menos interesante. Se trata de comprar lo que produce una conexión desde la estética o la emoción. Los procesos curatoriales no necesariamente son un factor, ni tiene que haber expectativas de lucro: se trata de un tipo de coleccionismo que apela a comprar y acumular arte con un sentimiento impulsivo que obedece al gusto, más allá del análisis. Por lo general, este tipo de colecciones son poco homogéneas y no hay un eje en particular. Sin embargo, este tipo de comprador es parte elemental del mercado que sostiene el arte local.

Un caso ilustrativo es el de la filántropa y empresaria cubana Ella Fontanals-Cisneros (por cierto, la primera mujer en Venezuela en obtener una tarjeta de crédito). Ella misma ha explicado que comenzó comprando arte básicamente porque le gustaba y que sus primeras adquisiciones fueron de artistas venezolanos, aquello que tenía más próximo en su entorno. Con el tiempo, sus intereses pasaron de la pintura a la fotografía, el video y las instalaciones. Su colección terminó superando las 3,000 obras y, en 2002, creó CIFO, la Cisneros Fontanals Art Foundation en Florida, espacio que funciona como resguardo de una gran colección que comenzó por puro placer. «El arte no es para adornar paredes», dijo en su cuenta de Instagram recientemente.

2. Coleccionar para acompañar: el coleccionista como mecenas

Aquí la adquisición no termina cuando la obra entra a una sala o una bodega. Hay coleccionistas que mantienen relaciones prolongadas con artistas, adquieren obra durante etapas tempranas de sus carreras y contribuyen directa o indirectamente a que determinados proyectos puedan realizarse.

La curadora chilena Alexia Tala ha señalado precisamente el tema al hablar del coleccionismo latinoamericano, y uno de sus numerosos textos describe la tradición de relaciones cercanas con artistas vivos y señala que numerosos proyectos pueden realizarse gracias al apoyo de estos coleccionistas-mecenas.

Un caso mexicano que ejemplifica el asunto es el de Eugenio López Alonso, presidente de la Fundación Jumex Arte Contemporáneo. Cuando abrió Galería Jumex en 2001, el espacio funcionó como plataforma de experimentación y de exposición para una nueva generación de artistas. Aquella actividad desembocaría años después en Museo Jumex. Su colección incluye tanto artistas mexicanos —como Gabriel Orozco o Gabriel Kuri— como figuras internacionales.

3. Coleccionar para construir un relato: la colección como investigación

La curiosidad podrá matar al gato, pero al coleccionista de arte lo hace más fuerte. Y hay colecciones que adquieren sentido cuando se construyen alrededor de un periodo, movimiento, territorio, medio, generación o episodio. El coleccionista empieza entonces a actuar como curador o guardián de un momento. Muchas veces, los coleccionistas privados contribuyen a preservar obras y a hacer que un movimiento o una escena formen parte de la historia.

Patricia Phelps de Cisneros es un caso documentado. Su colección no constituye un conjunto indiscriminado de arte latinoamericano: reúne un vasto acervo muy bien definido, dedicado lo mismo a la abstracción geométrica moderna que al arte contemporáneo, el arte colonial, los artistas viajeros y objetos y documentación de al menos doce pueblos indígenas de la cuenca del Orinoco. Más de 250 obras han sido donadas al MoMA y en 2016 se creó allí el Patricia Phelps de Cisneros Research Institute for the Study of Art from Latin America, dedicado a producir y difundir investigación sobre arte latinoamericano. Así, una colección deja de ser un gusto particular y puede trascender el ámbito privado para convertirse en una herramienta de investigación e incluso adquirir una dimensión institucional. Lo que nos da pauta para el siguiente tipo de coleccionismo.

4. De la colección privada a la institución

Sin duda, se trata de una tradición especialmente relevante en América Latina, donde colecciones privadas han terminado ocupando espacios públicos como museos, fundaciones, centros de investigación, exposiciones, publicaciones y programas educativos. Un caso digno de mencionar es el del empresario y coleccionista argentino Eduardo Costantini, fundador del MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires). Él mismo ha contado que comenzó a coleccionar de forma recurrente arte latinoamericano a finales de los años ochenta y que llegó a considerar que conservar reunido ese patrimonio implicaba una responsabilidad social. Esa reflexión desembocó en la creación del MALBA, inaugurado en Buenos Aires en 2001 a partir de más de 220 obras aportadas por el coleccionista.

Ten Minute Nap III. Foto: Cortesía de Flux/Lab
Ten Minute Nap III en galería mexicana. Las colecciones privadas pueden trascender el ámbito personal y dar lugar a exposiciones, archivos, programas de investigación, fundaciones y museos. Fotografía: Cortesía de Flux/Lab.

5. Coleccionar pensando en el valor: arte, patrimonio y especulación

Sí, una obra de arte puede ser simultáneamente un objeto estético, un bien patrimonial y un activo económico susceptible de apreciarse o depreciarse. El coleccionista que busca una inversión es el sujeto de esta práctica. Un informe de Latin Trade dedicado a la inversión en arte deja claro que el comprador puede hacerlo exclusivamente para coleccionar, combinar el disfrute de la obra con la construcción de patrimonio o, de plano, perseguir fundamentalmente rentabilidad. Es decir, las motivaciones económicas y estéticas no se excluyen entre sí, aunque una de ellas puede predominar.

La dimensión especulativa del arte latinoamericano tampoco es solo periodística. Una investigación sobre la historia de sus mercados recoge estudios sobre las características del arte latinoamericano como inversión y analiza cómo la propia construcción del arte latinoamericano como categoría internacional ha estado vinculada al desarrollo de subastas, compradores y de nuevos mercados. De ese modo, el coleccionista que busca fundamentalmente la rentabilidad (que es una figura denostada por muchos estetas) es un personaje válido y clave para entender cómo funcionan las tendencias del coleccionismo de arte en Latinoamérica y en el mundo, con sus respectivas particularidades, pero también con puntos convergentes.

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