Entre el Cielo y el Concreto: palomas, ciudad y otras formas de mirar lo olvidado

Alejandro Mancilla Autor: Alejandro Mancilla Fecha:

La muestra Entre el Cielo y el Concreto nace de un juego de palabras a partir de que las curadoras encontraran un concepto que pareciera que no tiene sentido alguno, para insertarlo en una galería, y de ahí encontrar las conexiones que suceden alrededor. “Y la palabra que detonó esta exposición fue paloma”, me cuenta Lourdes Bárcena, curadora de esta exposición junto a Frisa Mesa.

Esta rata alada que ensucia la escena y el ambiente citadino

El objetivo de congregar a los 11 artistas de la mestra, fue reflejar en las piezas un poco de esta distopía en la que viven las palomas, y que tiene que ver con nuestra misma humanidad: “Esta rata alada que ensucia la escena y el ambiente citadino. Y que en realidad descubre y evidencia el trampantojo que crea la ciudad de progreso y modernidad. Entonces, quienes habitamos la ciudad, un poco como las palomas, entramos en esta ficción de cubrir lo sucio”, comenta Lourdes.

La ciudad construye así una ficción en la que lo sucio y lo que está descompuesto quedan fuera de cuadro. De ahí vienen las propuestas de los artistas reunidos, «quienes trabajan desde lo grotesco y diferentes analogías de la paloma», aseguran las curadoras. En algunos casos, utilizan a la paloma literalmente como símbolo y la plasman en sus piezas. De ahí viene la curaduría y de ahí viene también el nombre de la muestra, que sí, también remite a un famoso disco del grupo español Mecano.

“Tal vez también nuestras referencias comunes nos llevan a un nombre que suena a Mecano. Como un disco que sí escuchamos comúnmente. Y también el tema de las palomas viene de nuestras referencias visuales”.

La reflexión se extiende hacia una manera de entender la ciudad “no solo como una creación humana, pero también como un ambiente que se está creando. Y que está en constante diálogo y transformación”.

“Nuestro algoritmo también nos ha llevado muchísimo a contenido de palomas. Y lo que significa realmente para el ser humano. Y cómo han sido abandonadas por un ser humano que no las ve como seres sintientes o como seres iguales a nosotros. Sino como algo, un otro. Entonces, se manipula el significado de un animal que nos fue útil mucho tiempo. A uno olvidado. Entonces, como lo olvidado también está dentro de la curaduría”.

La paloma, pensando en todas las figuras que tiene, está presente desde las religiosas hasta como símbolo de la paz o como paloma mensajera. En Entre el Cielo y el Concreto, sin embargo, ese papel también se desmitifica y aparecen las palomas como outsiders, por decirlas de algún modo.

“Sí, y al mismo tiempo también tenemos la religiosa. Porque justo es esto de cómo nos gustan que sean las palomas”, interviene a continuación Frisa Mesa

La contraposición está en cómo se acepta a las palomas cuando aparecen de esa forma, pero se las rechaza cuando aparecen de la forma opuesta. Una reacción que incluso han encontrado entre quienes visitan la muestra: “Varias personas de las que han ido, cuando ven a la paloma, literal, dicen: ‘¡Ay, qué asco!’”.

Las curadoras investigaron sobre el universo de las palomas en general y encontraron que son animales muy inteligentes y muy limpios, y que recuerdan varias cosas. Sin embargo, cuando comparten esa información en los recorridos guiados, especialmente la afirmación de que son animales muy limpios, la respuesta suele ser: “No, yo no creo, yo no creo que sean limpios”.

«El día de la inauguración íbamos llegando y me cagó una paloma aquí en el brazo”, reconoce Lourdes.

Pero si las palomas son, de algún modo, libres, surge también la pregunta sobre si esa libertad se transmitió al arte y a los artistas seleccionados para la exposición. Si en esta curaduría la libertad fue total o existió una línea para las obras, que tuvieran que ser disruptivas o responder de algún modo a una dirección determinada.

“Realmente creo que convive, ni siquiera yuxtapone, tanto nuestro diálogo como con la obra de algunos artistas. Entonces, incluso parece que se creó como un ambiente para la paloma”.

Como Frisa decía, está el bebedero de la paloma. La obra de Celeste Oca es una fuente con hojas de acero y tierra encapsulada dentro de un círculo de acero también, al que le cae agua constantemente. “Entonces, funciona dentro de nuestra ficción como este lugar de descanso para las palomas”. Es una obra que parecería no insertarse dentro de todos los otros símbolos de lo grotesco, lo escondido, lo oscuro y lo no pulcro.

También está una obra de Manuel Fidal, quien trabaja mucho dentro de descubrir el barroco y darle la vuelta a partir de la descolonización también del barco y este barroco. “Y ahí es como esta paloma divina, pero oscurecida, ¿no? Entonces, esta paloma divina es un destello dentro de un oscuro total del lienzo”.

La libertad se extiende hacia las distintas propuestas. Luis Muñoz habla de una ficción donde Colombia, en lugar de llamarse Colombia, se llama Palombia, por la misma etimología de la palabra Colombia. A pesar de que el nombre del país es por Cristóbal Colón, se descolonializa también. “¿Y qué pasa si le damos el sentido? Porque también remite la palabra Colón a paloma. Entonces, cuando convertimos en Palombia, se pone en primer lugar ya no lo humano, sino lo animal”.

De esta manera dialogan diferentes propuestas y la muestra no se reduce únicamente a la paloma. Entra también la obra de Leonardo Asensio: unos azulejos manchados que parecen olvidados, “como estas partes coloniales que están manchadas y que están en constante descomposición y permanecen recordándonos su propio añejamiento y la propia mancha que ellos generan”.

En una obra de Santiago Medina se descompone un zorro en el bosque, lo que remite nuevamente a esa descomposición y a lo que el ser humano considera desechable. La reflexión ya no lleva solo hacia las palomas, sino que empieza a dirigirse hacia otro tipo de vida.

“Entonces, creo que sí surge esa libertad. Creo que sobre todo se puede ver en las piezas, porque también insertar esto en una galería comercial sí es un poco complicado en el sentido de que la galería busca vender. Y al final metimos, o sea, sí estuvo esa libertad porque metimos piezas que en realidad no creemos que se vendan”.

Una de ellas es un osciloscopio con una imagen construida mediante un código en X y Y, en el que una paloma vuela. La pieza es de Eduardo Durán. “Sí nos interesa siempre como meter estas otras obras que son tal vez como electrónicas o un poco más arriesgadas en ese sentido”.

También hay una paloma real que adentro tiene un circuito fotosensible y hace sonido conforme le parezca. Es la pieza de No Individuo, básicamente una instalación. A ella se suma la pieza del GIF: “O sea, como que sí pusimos piezas bidimensionales y pintura, pero también esta parte de lo digital o como arte medial, como siento que ahí está un poco más el arriesgue”.

A ese riesgo se suma el propio tema de la exposición, que no necesariamente es del agrado de muchas personas. “Las palomas, o sea, como que justo así me di cuenta que hay una palomofobia, o sea, como que sí les repela a muchas personas y les da miedo. Entonces creo que en ese sentido sí hubo completa libertad de parte de la galería”.

La palabra palomofobia aparece entonces en la conversación, aunque también está la otra cara: las palomas son apreciadas, mucha gente les da de comer y, como las personas, tienen también ese lado oscuro.

La exposición lleva esa reflexión hasta su propio texto curatorial, que termina con una anécdota relacionada con Eduardo Durán. Cuando estaba haciendo su pieza del osciloscopio con el casete, alguien lo ayudó a grabarlo para que pudiera sonar y que el sonido se proyectara en el osciloscopio. El audio que hizo es un código Morse, una especie de carta hacia las palomas en la que acepta este descuido del ser humano hacia ellas.

La persona que escuchó el casete se dio cuenta de que eran palomas porque resultó ser un gran coleccionista de palomas mensajeras. Incluso le ofreció a Durán un par de ellas, no para su pieza, sino para tenerlas en casa. La anécdota sorprende porque uno pensaría que se trata de una actividad ya extinta. Sin embargo, todavía existen grupos que se dedican al cuidado y colección de palomas.

“Entonces, también nos enfrentamos nosotros con una hipótesis que se demostró que sigue existiendo la tradición de la domesticación de la paloma a pesar de que la ciudad domine estas que son olvidadas”.

La tecnología vuelve a cruzarse aquí con lo análogo y con ese síntoma generacional de regresar a ello. Incluso se ofrecieron palomas mensajeras en medio de una muestra atravesada también por lo tecnológico. “Entonces, esta yuxtaposición y constante lucha frente a lo digital y la tecnocracia de un regreso a lo análogo, ¿no? Y la necesidad de lo análogo para una supervivencia también”.

La conversación me lleva entonces directamente con Frisa y su trabajo en PETRA. Le pregunto si su pertenencia a este colectivo, que asume una posición crítica, atravesó también su manera de abordar una curaduría contemporánea como esta.

“No siento que hayamos, o sea, siento que el gesto está en sacar a la paloma de esta visión que tenemos todos como de rata alada y más bien representarla como un ser vivo que siente y que, pues, al final del día está conviviendo aquí con nosotros”, responde Frisa.

También recupera una idea planteada por Lourdes: una crítica a lo abrumados que estamos siempre por la ciudad, particularmente dentro de las ciudades. Para Frisa, aparece además otra reflexión que comparten durante los recorridos: la manera en que el ser humano toma a otros seres vivos, dispone de sus vidas y, cuando dejan de servirle, los desecha o los deja a la deriva.

La pieza de Ross Itzel habla un poco sobre eso a través de un borreguito. En medio de la conversación, Frisa le pregunta a Lourdes por el título de la obra, que ambas intentan recordar. Pero la idea que permite introducir permanece: “Es justo eso, o sea, como también eso de que disponemos de las vidas de otros seres, no sé, todos los experimentos científicos que se hacen en laboratorios con animales para beneficio de nosotros y, pues sí, o sea, como después de eso los desechamos”.

Lo mismo ocurrió, desde esta lectura, con las palomas: “Cuando nos dejaron de funcionar como mensajeras y ayudándonos en la guerra, pues las desechamos y por eso están ahí en la calle como plagas”.

A veces no se reflexiona sobre aquello que permanece frente a nosotros. Y una de las posibilidades del arte es precisamente hacer que nos fijemos en cosas que están ahí pero de las que no necesariamente nos damos cuenta.

Con Lourdes regreso entonces a los recorridos y a la importancia de que existan extensiones de Zona MACO que no se limiten a una sola ocasión al año.

“Sí, creo que inserta este diálogo también dentro de esferas públicas y sociales que es importante, ¿no? Como dices, o sea, subrayar lo cotidiano, que estas prácticas que aparte también, o sea, además de que es un circuito con coleccionistas, galeristas, también ayuda a esta difusión de arte, artística y de un discurso”.

Un discurso que, en este caso, consiste justamente en “voltear la mirada a lo cotidiano” y enmarcar estos errores humanos, regresando hacia un ambiente completo con los otros seres sintientes. “Creo que ahí recibe esa importancia de acercarse a este tipo de piezas, de este tipo de curadurías que pueden incomodar ciertas esferas”.

Alejandro Mancilla
Alejandro Mancilla

Alejandro Mancilla/ Jefe de Redacción. Ha escrito en Vanity Fair, GQ, Travesías, Vice, AD Architectural Digest, Marvin, Vogue, Nexos y Playboy, entre otros; fue editor en Círculo Mixup y Televisa; es autor del libro de ensayos [de]generación de cristal. Es fan de los Cocteau Twins y cuando no escribe, es DJ y productor. No le gusta el karaoke.