“El árbol por ningún motivo lo moveré”, le advierte Gonzalo Lebrija a su amigo, el caricaturista tapatío Jis. Estamos en el estudio del artista, donde, cigarrillo en mano, comienza a recibir a los invitados a una jornada de puertas abiertas. Mientras tanto, le muestra a Jis los cambios que quiere hacer en el espacio: una nueva pared por allá, unas mesas aquí, pero conservando los muros originales de esta antigua casa donde tiene instalado su estudio.

El tiempo, el azar y nuestra manera de percibirlos atraviesan el trabajo de Gonzalo Lebrija. A través de fotografía, video, pintura y escultura, convierte gestos cotidianos —lanzar un avión de papel, mirar un paisaje— en preguntas sobre la libertad, las estructuras sociales y la posibilidad de detener un instante. Su obra se ha presentado en el Museo Jumex, el Museo Tamayo y el Palm Springs Art Museum; entre sus proyectos recientes están Dormir, en Travesía Cuatro de Ciudad de México y Guadalajara, y Finisterre, en colaboración con Jorge Méndez Blake, en la sede madrileña de la galería.
Capas de luz
“Me gusta sentarme a ver las obras que hago aquí. Hay algunas que salen muy rápido y otras que me tardo muchísimo en hacer, pero no por la complejidad técnica, sino por las decisiones sobre las capas. Para mí, más que pinturas, es como añadir capas de luz al paisaje: son veladuras”, reflexiona mientras observamos algunos de sus más recientes y triangulares cuadros.

“El estudio es muy importante para mí. Este es un espacio más de pintura, de impresión y de contemplación; las esculturas y todo lo demás se hacen en otro sitio”, añade mientras contempla parte de su propia obra. Por un momento se abstrae. Aprovecho para darle un sorbo a la botella de agua que me ofreció su equipo y pienso que sí, quizás debí aceptar la cerveza.
“Toda la vida, mis padres pensaron que tenía una especie de retraso mental, porque me quedaba viendo algo y yo decía: ‘Estoy bien, no estoy pensando en nada, estoy contemplando las nubes o un árbol’”, confiesa con una sonrisa. Con el tiempo, ese ejercicio contemplativo-obsesivo lo llevó a hacer arte. “Asumí esa naturaleza, le fui fiel, y mi trabajo en el arte siempre lo ha sido”, asegura. “Siempre me he guiado por esa intuición, con lo que hago, pero me gusta ser racional…”.
Del cine a las primeras intervenciones
Su trabajo viene de distintos lenguajes. “Lo primero que me interesó fue el cine. Estando ahí me di cuenta de que mis ideas iban por otro lado y de que era muy complicado hacer el tipo de cine que estaba buscando. Naturalmente me encaminé hacia el mundo del arte”. De hecho, muchas de sus primeras piezas venían de un formato audiovisual: “Hice muy pocas cosas en cine. Un documental sobre un manicomio, por ejemplo, y un corto muy surrealista, al estilo de Buñuel y Jodorowsky. Andaba en esa búsqueda”.

En esos inicios, Lebrija asistía puntualmente a una sala donde cambiaban de película todos los días. “Prácticamente iba diario. Ahí vi a Pasolini, a Antonioni… Todo eso fue una influencia y el primer acceso que tuve al arte”, reconoce.
Fue en los noventa cuando comenzó a descubrir el arte contemporáneo y, a través de varios mentores, encontró un camino que le abrió todo un nuevo horizonte. “Empezamos como un grupo, más que como artistas individuales. Todos estábamos experimentando por nuestro lado, pero luego nos juntamos. Estábamos Jose Dávila, Jorge Méndez Blake y Francisco Ugarte, entre otros”.
Juntos trabajaban con la idea de hacer sus primeras intervenciones. Algunos de sus compañeros venían de la arquitectura (él estudió Ciencias de la Comunicación) y el grupo se acercó a esa manera de intervenir los espacios. Sus primeros trabajos fueron instalaciones en sitios específicos, obras que incluso no se podían vender. Se trataba de empezar a desarrollar un lenguaje.

Lo sagrado de un avión de papel
Y de esa experimentación surgieron los triángulos, figuras que tienen que ver con aeroplanos, pero no con los que podríamos imaginar: “En 2001 hice un concurso de aviones de papel en el último piso del Condominio Guadalajara. Invité a los abogados del edificio a participar para ver quién lograba lanzar el avión más lejos. Siempre me sentí muy conectado con el avión de papel. Me parece el juguete más bonito que existe: es el más barato, el más elemental, lo puede hacer cualquiera, es frágil y vuela. Tiene muchísimas connotaciones. Justo empecé a trabajar con eso porque todos los días me encontraba en el elevador del edificio con abogados que cargaban pilas de hojas. Pensé: ‘Tengo que hacer algo con esto’”.
Ese objeto lúdico se convirtió en un elemento icónico de su obra, y sus figuras geométricas siguen esa senda. Lebrija comenzó a trabajar con la idea del papel y su vulnerabilidad en otros niveles: de lo absurdo de un avión de papel pasó a otras cosas, “incluso a lo sagrado”, confiesa. “Para mí, desdoblar un avión de papel tiene algo de místico. Le quitas su función y aparece una imagen. Son imágenes muy verticales, con ejes geométricos que tienen esa especie de ascendencia sagrada. Me interesó llevar algo tan simple hacia ahí”.
Y no, no está hablando de una perspectiva religiosa: “Es en el sentido de apreciación emocional, absolutamente no religiosa porque soy ateo. Después pensé en lo interesante que era dibujar con papel, con la sombra y la luz de los dobleces. Y me pregunté por qué no llevarlo a algo todavía más sagrado: el oro”, reconoce. “Partí del diseño y del doblado del papel para llevarlo a tres dimensiones y hacerlo en madera. Son retablos de madera cubiertos con hoja de oro, al estilo barroco, pero muy minimalistas. También son muy herejes: parecen obras sagradas, pero tienen que ver con desdoblar un avión de papel”.
Un coche al final de una era
Una de sus piezas más icónicas aparece en la portada de un disco del artista estadounidense Post Malone. “La primera versión de esa pieza la grabé en 2008, cuando metí un coche al agua y utilicé una cámara de alta velocidad, con la idea de sacar el cuadro del momento en que el coche toca el agua”, recuerda.

Primero fue la fotografía. Después de hacerla, Lebrija decidió realizar una escultura. Hizo tres; una de ellas está en un hotel de Las Vegas. Al preguntarle cómo siente esa pieza en un contexto como ese, responde: “Es muy extraño, pero me gusta. Siento que funciona. Es un Galaxie 500 y creo que encaja muy bien”.
Para él, esos coches pertenecen a una época de diseño muy interesante, la del sueño americano: coches de ocho cilindros que eran un símbolo de libertad. “Apretabas el acelerador y la llanta se quedaba rayando”, dice. El automóvil también ocupa un lugar importante en la memoria de su generación, aunque reconoce que las prioridades han cambiado: “Ahora el teléfono es mucho más importante que el coche. Creo que ese fue el paso: del automóvil al teléfono”.
En esa imagen del coche de cabeza, cayendo al agua y reflejándose, Lebrija encuentra algo de esa transformación. “Para mí, la pieza habla del fin de una era. Es una imagen muy nostálgica”.

Aunque sus piezas han viajado a distintos países, buena parte de su producción mantiene una relación muy local con los talleres y los oficios de Guadalajara. “Sí, he trabajado con muchos artesanos: carpinteros, herreros, soldadores. Sobre todo aquí en Jalisco; ha sido una relación muy local, con Guadalajara. Casi toda mi obra la he trabajado aquí”, cuenta.
También ha trabajado con fundidores en España, donde acaba de instalar una de sus obras más recientes en una plaza pública: El rumor de la discordia, un caballo suspendido, sostenido sobre una mano. La pieza, cuya inauguración se llevó a cabo el 15 de octubre, lleva a escala uno a uno una escultura que ya existía en pequeño formato.
Casi al despedirnos, le entra una llamada que decide no contestar. Aprovecho la pausa para guardar la grabación de nuestra plática. Al hacerlo, veo que la ubicación nos sitúa en una iglesia.
—¿Entonces esta casa, tu estudio, antes fue una iglesia? —le pregunto.
Me dice que no, que no tiene idea.
—¿Y entonces por qué aparece así?
—No tengo ni idea.
Le digo, de broma, que a lo mejor es una señal del cielo por haber reconocido era ateo. Simplemente sonríe. Nos despedimos.
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