Redada en una fiesta hippie retrata uno de los episodios más insólitos de la contracultura mexicana. A inicios de los años setenta, una fiesta de más de 140 jóvenes —artistas, cineastas e hijos de familias del jet set capitalino— en la zona de Lomas de Chapultepec, terminó en una violenta irrupción policiaca pistola en mano, comandada por un siniestro personaje conocido como «El Negro» Durazo.
La prensa de la época la calificó como una «orgía satánica hippie», convirtiendo la velada organizada por los hermanos José Toribio y Manuel Esquivel Obregón Moreno —en ausencia de sus padres—, en uno de los episodios de represión moral y autoritarismo más surrealistas del país. Evento en el que la comunidad artística de la época estuvo involucrada de forma tan incidental como caótica.

“Mi perro destruyó mi cafetera y estoy calentando el café en el micro, pero es complicado. Dame un minuto”, me comenta Rafael Cabrera.
Es raro entrevistar a un periodista que ha pasado buena parte de su vida del otro lado del micrófono. Y más cuando se trata del el investigador que destapó el caso de la Casa Blanca, el escándalo que involucró a la entonces primera dama de México, Angélica Rivera, hace dos sexenios.
Ahora, Cabrera acaba de publicar Redada en una fiesta hippie (Penguin Random House, 2026), el revelador recuento de aquella fiesta de los años setenta, uno de los episodios más extraños de la vida contemporánea mexicana.
Una historia tan surrealista como una de las películas del chileno Alejandro Jodorowsky, quien, por cierto, es uno de los personajes centrales del libro.
Todo comenzó cuando el periodista solicitó hace algunos años al Archivo General de la Nación, una copia del expediente sobre los años que el director vivió en México.

“Cuando matan a los papás de Batman, la pasión de Cristo, el asesinato de Colosio, Superman llega a la Tierra… todo eso ya no necesita ser contado otra vez. Qué pereza”, me aclara sobre los motivos detrás de su nuevo libro.
Personalmente, lo primero que me llamó la atención del libro, fue redescubrir a ciertos personajes de los que tenía una idea completamente distinta. Por ejemplo, hubiera jurado que el propio Jodorowsky era un reventado maniático y desenfrenado, y resultó ser el señor tranquilo que ni siquiera sabía por qué terminó en aquella fiesta.
Años después, Jodorowsky declararía a la revista GQ que la CIA había orquestado la redada. Lo de provocar siempre se le dio muy bien, aunque a la hora de la verdad resultara ser un tipo de lo más convencional. Ahora entendemos por qué ya llegó a los 97 años de edad en 2026.
Durante años pensé que películas como El Topo o La montaña sagrada sólo podían entenderlas un junkie en pleno viaje. El libro me hizo descubrir a un Jodorowsky completamente distinto. Ahora sé que Jodorowsky era, digamos, el art dealer: él proveía el producto. Fílmico, en este caso. En la fiesta sí habia LSD y otras drogas, además, las autoridades sembraron otros elementos, pero Jodorowsky era el más inocente del asunto.

«La cobertura mediática de la fiesta fue claramente sensacionalista. Jodorowsky es el caso más claro: lo pintan como si fuera Charles Manson, el líder del culto de aquella noche»
“Jodorowsky pudo haber tenido el privilegio de que lo ayudaran a salir de la cárcel con la ayuda que le ofreció Jacobo Zabludovsky —el influyente conductor de noticias de la época— pero se portó muy a la altura y se quedó con todos”, cuenta. El periodista me detalla las dificultades para localizarlo. «Todo el mundo quería matarme. Dos mil personas se manifestaron delante de la basílica de Guadalupe diciendo que yo era comoManson», declaró a Vice el cineasta y psicomago en 2009 sobre esos años.
Tras buscarlo sin éxito a través de su hijo Adán y de los contactos de la editorial Penguin Random House en París —donde incluso envió cartas a su domicilio y marcó a números telefónicos franceses sin obtener respuesta—, Cabrera optó por equilibrar su silencio con los testimonios del actor Pepe Alonso y de otros personajes que lo acompañaron durante las horas del arresto.

En la investigación descubrió a un hombre vulnerable y genuinamente preocupado por su familia y no el pervertido organizando una orgía satánica en Las Lomas. De hecho, tenía una postura bastante antidrogas. Era muy disciplinado”. Para Cabrera, confrontar de cerca estos prejuicios mediáticos permite desmontar las etiquetas de «pervertidos» o «degenerados» impuestas por la época, retratando en su crónica a individuos complejos y esencialmente libres.
Por el contrario, al tocar el tema de Isela Vega —fallecida en 2021— la gran dama del cine mexicano y uno de los símbolos sexuales más famosos de aquella década, Cabrera me cuenta que ella reaccionó justamente con la intensidad que cualquiera esperaría de un personaje intenso como ella, cuando la policía irrumpe en la fiesta.
“Yo pensé que su hijo se iba a enojar, así como que: ‘Oye, pusiste a mi mamá muy grosera, muy violenta’. Pero dijo que no, que así era su madre”. El autor la ve como una ciudadana defendiendo sus derechos frente a la injusticia.

Rafael Cabrera entrevistó a tantos de los involucrados como logró localizar más de medio siglo después de la polémica redada. Incluso encontró al organizador de la fiesta, a quien le dejó varias cartas en su casa hasta convencerlo de contar la historia. Una que por cierto, nunca se había relatado.
El libro también desmonta la imagen de otros personajes. Descubrimos en las páginas por ejemplo, que Héctor Bonilla, estaba lejos del estereotipo del actor fiestero. “Era más bien de irse a su casa, echarse un tequilita en el sillón y quedarse dormido ahí”, relata el autor.
Los textos del archivo le permitieron explorar muy particularmente a otros asistentes de la noche, como a Arturo Vega u Olga Breeskin. Sobre Vega —a quien comúnmente se asocia con su estética a la David Bowie por su estilo al vestir—, Cabrera confiesa que en su mente siempre estuvo presente una referencia más oscura: la icónica secuencia de Buffalo Bill en El silencio de los inocentes mientras baila al ritmo de la canción «Goodbye Horses».
Con Olga Breeskin, el proceso implicó sumergirse en sus entrevistas pasadas para entender una compleja espiral de adicciones, abusos y su posterior declive viviendo en su auto en Las Vegas. Descifrar la densidad de estos personajes fue lo que terminó dándole al periodista la respuesta para la estructura del libro.

Cabrera me pide de nuevo que lo espere un momento: “Perdón, es que le estoy haciendo un caldo de pollo a mis perros. Estoy cociendo ahí la verdura. Y ya tocaba echarle más”.
Tras finiquitar la cena canina, retomamos el hilo sobre cómo estructuró las coordenadas de la redada, particularmente a través de figuras como una a la que menciona como «niño baterista», integrante del grupo musical psicodélico que amenizaba la fiesta, un adolescente, el único menor de edad, que bien podría encarnar la rebeldía de la época, pero que estaba ahí de forma casual, ajeno incluso a lo que significaba la palabra «redada».
Con la intención de que el lector visualice la crónica casi como una serie un tanto noir, Cabrera optó por romper la cuarta pared a través de comentarios personales que generan complicidad frente a los absurdos publicados por los periódicos amarillistas de la época, huyendo a propósito de la solemnidad del oficio del reportero. “Yo no quería como que de repente cuando queremos escribir… te pones como muy solemne, muy serio, ¿no? Como si, ay, la belleza y la mamada”, confiesa.
La historia de Redada en una fiesta hippie es absurda o llena de, como decía la prensa injustamente, «indecentes que andan buscando sexo por la calle», una narrativa que no le resultó ajena al autor, sumado al placer de contar bien una historia, ese «fuego interno del hallazgo». Aunque la redada en las Lomas duró apenas un par de horas, el verdadero desafío fue seguir el rastro de «una bola de nieve que creció hasta desatar consecuencias a largo plazo, consolidando conexiones históricas cruciales», revela.

Cabrera destaca los paralelismos conceptuales que encontró con eventos como la histórica «redada de los 41 maricones», que recientemente fue inmortalizada como una película para Netflix llamada El baile de los 41 o el contexto del festival de rock Avándaro, señalando que la posterior conexión del diseñador Arturo Vega con la banda The Ramones representa uno de los vínculos más notables del libro.
Y es que aunque no se trate de una consecuencia directa de la redada, el evento detonó una suerte de efecto dominó que modificó vidas enteras: desde el exilio definitivo de Vega de México hasta decisiones personales drásticas, como la del hijo del «Loco» Valdés, quien asistió sin su novia y terminó casándose con ella poco después… gracias a que ella no fue y no pasó por todo lo que ellos pasaron.
“Está este estigma de que el periodismo de investigación tiene que hablar de política, de narco, de auditorías y todas estas cosas feas y aburridas. Sí, hice La Casa Blanca y todo, y estuvo muy padre, pero justo después de eso tuve una especie de crisis personal. No quiero dedicar mi vida siempre a estar hablando de políticos y de cosas así. Por eso armé este libro como una película de misterio donde vas juntando piezas y armando la trama”. Finaliza. Sus perros están ladrando, quizás quieran el postre.
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