Durante más de medio siglo, el Museo de Arte Contemporáneo de Panamá ha acompañado la evolución del arte contemporáneo en el país. Ahora está a punto de vivir la que quizás sea la transformación más importante de su historia con la construcción de una nueva sede diseñada por los estudios mexicanos Palma + Taller TO, quienes resultaron ganadores de un concurso internacional que reunió 363 propuestas arquitectónicas de 56 países.
Para entender cómo se gestó este proyecto, Art Weekends conversó con José Amozurrutia y Carlos Facio, socios de Taller TO, y con María Lucía Alemán, directora del MAC Panamá.

Un museo antes que un edificio
La historia arranca hace cinco años, cuando una de las socias fundadoras del museo realizó una gran donación a través de un fideicomiso, para hacer posible la construcción de un nuevo espacio que le hiciera honor a la historia del arte en el país. A partir de ahí comenzó la búsqueda: «Durante varios años estuvimos buscando un terreno en la Ciudad de Panamá y finalmente lo concretamos hace dos años. Una vez asegurado ese terreno, vino la siguiente fase: pensar qué tipo de estructura necesitaba el Museo de Arte Contemporáneo de Panamá para el futuro», recuerda María Lucía Alemán.
Antes de pensar en un edificio, el museo decidió pensar en lo que representa el arte en la región. Para ello trabajó con la firma internacional Lord Cultural Resources, especializada en planeación museística. «Ellos nos ayudaron, mediante entrevistas, encuestas y sesiones presenciales en Panamá, a configurar la arquitectura institucional del museo y definir hacia dónde debía evolucionar después de seis décadas de trayectoria.» Sólo cuando ese trabajo estuvo terminado apareció la siguiente pregunta: ¿quién debía diseñar el edificio?

El concurso que atrajo al mundo
La decisión fue abrir un concurso internacional completamente anónimo. «Finalmente se decidió que fuera abierta y anónima, algo que nos pareció sumamente importante.» La convocatoria recibió cerca de 400 propuestas; aproximadamente la mitad cumplía con todos los requisitos y únicamente cinco llegaron a la etapa final.
Hasta ese punto, los jurados desconocían quién estaba detrás de cada proyecto. «Todo el proceso de evaluación fue completamente anónimo», explica Alemán, una condición que, afirma, «garantiza que el estudio seleccionado sea elegido por su calidad y por la manera en que responde a las necesidades planteadas en las bases del concurso».

La sorpresa llegó cuando se levantó el anonimato. Cuatro de las cinco oficinas finalistas eran de México. «Sí, porque hay muchísimo talento ahí. Fue algo muy significativo», recuerda. La convocatoria nunca estuvo dirigida exclusivamente a estudios latinoamericanos; era completamente abierta. «Incluso recibimos un trabajo de un estudio de Japón y llegaron proyectos de otros continentes.»
Aunque hubo voces que cuestionaron por qué no se había limitado el concurso a oficinas panameñas, la directora sostiene que precisamente la apertura era una de sus fortalezas.
« Lo importante es que, al abrir el concurso y mantenerlo anónimo, permites que la evaluación sea completamente objetiva »María Lucía Alemán
Además, añade, la legislación panameña obliga a desarrollar el proyecto junto con una firma local, lo que convierte el proceso en un intercambio de conocimiento. «Eso genera un intercambio de conocimiento, experiencia y colaboración que termina fortaleciendo a la arquitectura panameña.»
La propuesta mexicana
Del otro lado del concurso, José Amozurrutia y Carlos Facio vivieron el proceso con la incertidumbre propia de cualquier competencia internacional. «Afortunadamente, primero pasamos a la etapa de finalistas», recuerdan. De las 363 propuestas sólo quedaron cinco. «Estuvo muy padre porque cuatro éramos despachos mexicanos y uno de Nueva York.» Más allá del resultado, ambos coinciden en que lo más valioso fue la manera en que estuvo organizado el concurso.

«La verdad es que hicieron un muy buen trabajo desde nuestra perspectiva. Son muy necesarios este tipo de procesos por concurso.» Los arquitectos destacan la claridad de las bases, la organización y los tiempos. «Había mucha claridad sobre lo que se esperaba y sobre toda la información necesaria para entender el proyecto.»
Un estudio mexicano ante un jurado internacional
Los arquitectos reconocen que en Europa los concursos abiertos forman parte de la práctica cotidiana, mientras que en América Latina siguen siendo poco frecuentes. «Cada vez que vemos uno participamos con mucha emoción porque siempre representan una gran oportunidad.» Después vino una segunda etapa en la que los cinco finalistas recibieron apoyo económico para desarrollar sus trabajos y defenderlos ante un jurado internacional integrado por Martha Thorne, exdirectora ejecutiva del Premio Pritzker; David Basulto, fundador de ArchDaily; José Esparza Chong Cuy y representantes del museo.
Cada equipo dispuso de una hora para presentar su proyecto y otra hora para responder preguntas. Después sólo quedaba esperar. «Era como estar nominados al Oscar: ya habíamos llegado a la etapa decisiva y cualquier cosa podía pasar.»

El proyecto ganador tampoco fue el trabajo exclusivo de dos oficinas. Desde el inicio se planteó como un ejercicio colectivo. «En realidad somos un equipo multidisciplinario», explican Amozurrutia y Facio. Al proyecto se incorporaron especialistas en paisaje, estructuras, sostenibilidad e impacto ambiental, además de Palma, un estudio de arquitectura y diseño mexicano fundado en 2016 por Ilse Cárdenas, Regina de Hoyos, Diego Escamilla y Juan Luis Rivera.
Arquitectura para el clima de Panamá
El desempeño ambiental aparecía desde las propias bases del concurso como uno de los pilares fundamentales, por lo que integraron a Jachen Schleich, representante de Minergie en México, además de Lab G en la estrategia estructural y PAR en el diseño de paisaje. De esa colaboración surgieron estrategias como chimeneas de calor, cubiertas ligeras y una gran plaza concebida como pulmón climático para responder a las altas temperaturas, la humedad y las lluvias constantes de Panamá. «La apuesta conceptual consistía en responder al fenómeno de la isla de calor mediante una isla de frescura que redefine la relación entre el espacio público y el arte.»
Un museo pensado para el siglo XXI
Más que proyectar un edificio, querían imaginar una nueva forma de habitar el museo. «Nuestro plan para una casa del arte del siglo XXI consistía en ofrecer múltiples espacios para presentar arte: espacio público, proyecciones, murales, salas
«Creemos profundamente que la arquitectura es un acto colectivo», José Amozurrutia y Carlos Facio.

Una transformación interna
El nuevo edificio también coincide con una transformación interna del propio museo. María Lucía Alemán llegó hace once años como voluntaria, después de vivir dos décadas en ciudades como Nueva York, Chicago, Buenos Aires, Miami y Bogotá. Aunque estudió administración de empresas hoteleras y una maestría en política económica internacional, el arte había acompañado toda su vida.
«Yo no estudié nada relacionado con arte, sin embargo ha sido mi pasión de toda mi vida.» Durante esos años tomó cursos en instituciones como el Art Institute de Chicago, la Art Students League de Nueva York y el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. «Hay gente que me dice: ‘María Lucía, tú estuviste preparándote toda la vida para esto’.»
Ya como directora impulsó cambios estructurales. Creó el programa Amigos del Curador, que hoy financia una curaduría permanente. «Yo no puedo hacer mi trabajo si no hay un curador.» Más tarde puso en marcha el Comité de Adquisiciones, con el que el museo comenzó a reconstruir una colección contemporánea que había dejado de crecer durante décadas, además de impulsar residencias internacionales, programas de profesionalización y nuevas colaboraciones con instituciones de distintos países.
Para Alemán, todo ello forma parte de un momento particularmente importante para el arte panameño. «Creo que hay una mayor visibilidad del arte contemporáneo panameño y de los artistas.»

La transformación del MAC Panamá
Para la directora, el nuevo edificio sólo tendrá sentido si conserva el espíritu con el que nació la institución hace más de sesenta años. «El museo no nos pertenece a nadie», afirma.
«El museo es un espacio realmente abierto y hay que estar en constante comunicación con el ecosistema, pero no solo artístico, sino con las distintas comunidades y entender cómo el museo puede ser un espacio de visibilizar sus temáticas, sus causas, sus preocupaciones».
Como resume la propia directora, «realmente es una propuesta que se siente muy del museo y muy de Panamá. Pudieron entender muy bien la esencia, los valores de la institución y el entorno panameño, su clima, su cultura».
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