La artista estadounidense-panameña transforma la naturaleza y la vida cotidiana en videoarte que revela las tensiones entre ciencia, política y fragilidad humana.

Si visitas Panamá, además de admirar los grandes barcos que circulan por el Canal, puedes mirar al suelo de vez en cuando. También hay algo que ver. En esa zona del Caribe —incluso en el área metropolitana— es común observar procesiones de hormigas arrieras que desfilan en su particular mundo diminuto, como obreras caminando hacia la gran máquina.
Las hormigas panameñas trabajan —y sin prestaciones sociales— cortando hojas que posteriormente llevan hasta sus nidos subterráneos. Ahí las mastican y cultivan un hongo que les sirve de alimento para sus crías.
¿Pero qué pasa si un día en vez de restos de plantas, las hormigas aparecieran a cuadro portando consignas sociales, símbolos de la paz y banderas milimétricas de las Naciones Unidas? La artista estadounidense-panameña, Donna Conlon realizó una serie de videos y fotos donde estos insectos, cual diminutos activistas, parecían tomar consciencia social. «Es una pieza muy icónica mía porque manipulo la situación, pero no manipulo el comportamiento”, me asegura ella. En la misma serie, en la pieza, El basurero, una colonia de hormigas transporta diminutos billetes de un dólar y los tira en un bote de basura.
Entre el videoarte y la biología: el mundo observado por Donna Conlon
Lo primero que me llamó la atención de sus piezas fueron precisamente esos retratos de hormigas que se asemejaban a seres humanos resistiendo el yugo de una dictadura. Donna creó ese proyecto en el contexto de la invasión de los Estados Unidos a Irak en 2003. “Había muchas marchas por todos lados contra esa invasión y pensé que tal vez debíamos mirar la vida desde el punto de vista de esos insectos”, explica.
Donna es bióloga de formación. Pero en su programa de postdoctorado se dio cuenta de que no quería dedicarse a eso en la vida: “Me sentía naturalista, pero el trabajo de ciencias no era para mí”. Pronto descubrió que el arte era lo que la apasionaba. Así que, además de complementar su formación con maestrías en arte, comenzó a crear su obra partiendo de la curiosidad y de la observación del mundo. Eso sí, reconoce: “No, no lo puedo negar, en mi obra persisten las raíces científicas claramente”.
Un recorrido de exploración del entorno
Su trabajo —que ella misma entiende como «una suerte de exploración socioarqueológica de su entorno inmediato»— ha circulado ampliamente en el circuito internacional. Ha expuesto en espacios como el Museu de Arte de São Paulo, Tate St. Ives o el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, y ha participado en bienales como la de Venecia. En Panamá es representada por la galería Diablo Rosso. En 2025 recibió una beca Guggenheim y, a lo largo de su carrera, ha transitado con naturalidad entre el video, el dibujo y la instalación para observar —casi como una científica— las contradicciones de la vida contemporánea.
«El video es muy democrático. Puedes ver la obra desde cualquier parte del mundo», asegura. «Me gusta lo accesible y la posibilidad de poner mi obra en el web. A veces la gente tiene miedo de entrar a un museo, porque piensan que no van a entender el arte abstracto. El videoarte no tiene eso, la gente se acerca y lo entiende en general»
El arte y la fragilidad de la vida
Definitivamente, entre la ciencia, la tecnología, hay un hilo conductor filosófico en sus obras que nos conecta con la naturaleza como un símbolo de la fragilidad de la vida y de lo precario de nuestra relación con los otros seres vivos que habitan el mundo. En 2019, la ex bióloga realizó una pieza donde aparecía un colibrí en la palma de su mano. El ave parece muerta al inicio y luego vuela. «Esta obra refleja el poder de los pájaros y su afinidad con los humanos- Por algo figuran en el diseño, en el arte, en la pintura y en el folclor. Entendemos intuitivamente lo simbólico que son los pájaros. El águila, poder. El búho, sabiduría. El cuervo, la muerte», me dice al respecto.
Entre dos culturas: Panamá y Estados Unidos (y un poco de México)
Donna nació en Texas, pero ha pasado más de la mitad de su vida en Panamá, adonde llegó con su novio en los años 90, cuando a él le ofrecieron un trabajo en el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales. Hoy están casados, tienen dos hijos y una historia enmarcada en el mar de fondo del Caribe.
Hay un término en inglés que es third culture y Donna se siente totalmente identificada con el concepto. “Pertenezco a ambos mundos y a un área gris entre dos culturas”, afirma. Y si a ello le sumamos que sus abuelos maternos eran mexicanos, la ecuación se complementa. Tan panameña es ya que fue incluida en un libro Latin American Artists from 1785 to Now (2023).

“Desde que llegué me gustó la locura de la ciudad, muy urbana, pero con una jungla muy profunda al lado. Pero sí, me encanta la comida, la música, la gente. Me gusta mucho lo tranquilo que es aquí. Crecí en el desierto de Texas. Y no sabía —es Piscis— qué tan importante iba a ser el mar para mí. Ahora no puedo imaginarme vivir lejos del océano”.
Cuando llegaron a las tierras donde el salsero Rubén Blades alguna vez intentó ser presidente, ya había pasado el caos de la invasión estadounidense, en medio del cual fue extraditado el general Antonio Noriega. “Fue un año antes, pero el tema estaba aún muy presente cuando llegamos. Las áreas que se destruyeron seguían como si el bombardeo hubiera sido el día anterior”, recuerda.

De anonimatos femeninos y la válida obsesión por la observación
Anonymous Was Woman es una de las distinciones que ha ganado. Se trata de un estímulo para balancear una situación tan injusta como la de las hormigas trabajando sin descanso dominical. «El título viene de un libro de Virginia Woolf, que se refiere a lo anónimas que somos las mujeres en un mundo hecho y dirigido de hombres», acusa Donna.
Actualmente, además de trabajar en su proyecto auspiciado por la mencionada Beca Guggenheim cuenta con un par de exposiciones destacadas. Una en España titulada Listen to the Hummingbird (como una canción de Leonard Cohen) presentada en la galería madrileña Espacio Mínimo desde el 28 de marzo y hasta el 16 de mayo de 2026. La muestra incluye vídeos inéditos y esculturas que abordan justamente la precaria relación humana con la naturaleza.

Por su parte, su serie Cityscapes —que es parte de la Colección FEMSA y que examina el paisaje urbano panameño a partir de los objetos y residuos— está disponible en el MARCO Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey.
«¿Me vas a citar?», pregunta instantes después de reconocer que es una observadora obsesiva de su entorno, piensa que la connotación de la palabra la pueden relacionar con los trastornos obsesivos compulsivos. «Yo no voy a terminar nunca de expresar cómo me siento como ser humano en una situación en la que hay que alzar la voz», asegura (y sí, al final la cité).
