Amanece rosa y, antes del primer espresso, la parroquia respira. Hay lugares que se te graban en el oído antes que en la retina. San Miguel de Allende suena a campanas y tacones sobre piedra, a cucharillas contra tazas de café, a pinceles que descansan y a música popular. Solo tenemos dos días para caminar entre la luz, entre arte vivo, capillas pintadas al pulso y un jardín que guarda un cañón.

Día 1: Mañana
Me siento frente a la Parroquia de San Miguel Arcángel. A esta hora, el atrio es de los vecinos y de los gorriones. Por poco tiempo, porque enseguida aparecerán curiosos hablando en inglés o francés. La ciudad es un imán para quienes quieren vivir una mexicanidad global. Y aquí está: una aguja de piedra que perfora el cielo, mil veces fotografiada. Recuerda que el templo tiene horario de visita y siempre conviene verificar si hay o no misa si quieres recorrer el interior con calma.
« La cantera rosa parece recién encendida y pienso en Zeferino Gutiérrez, el albañil autodidacta que, en 1880, reimaginó la fachada con ecos neogóticos a partir de postales europeas, porque la iglesia amenazaba ruina »

Es temprano y me apetece un café que huela a paciencia. Bajo por Loreto hasta encontrarme con Lavanda Café, moliendas en barra, cocina hasta las dos y café por la tarde hasta las cinco y media. Me reciben con una sonrisa y me muestran el dulce pan de canela que demuestra su experiencia trabajando en el horno y con una frase que funciona como contraseña: “lo hacemos despacio”. Me siento al fondo, junto al ventanal, y dibujo la ruta en una servilleta. “No todos los días se levanta una nube con forma de campanario”, escribo en mi cuaderno.
Dos días, varias historias en San Miguel de Allende
Mi siguiente parada es el Museo Histórico Casa de Allende, la biografía de la ciudad contada desde una casona churrigueresca. El museo, antigua residencia del caudillo de la Independencia Ignacio Allende, recuerda la importancia de San Miguel el Grande, centro comercial del Bajío, y recrea las pulperías. No piensen en el rico producto del mar. Así se conocía a las tiendas en las que se vendían los productos de los ranchos de San Miguel. También conserva un papel con la declaración y la sentencia que terminó en la ejecución del prócer, condenado por los españoles como traidor, por lo que fue fusilado por la espalda, y su cabeza decapitada, se exhibió como advertencia ejemplar contra los insurgentes.

Cruzo el Jardín de Allende, siempre verde gracias a sus laureles, y camino unos 15 minutos hacia la antigua fábrica textil reconvertida en un vivo ecosistema de talleres y galerías. En la Fábrica La Aurora las paredes conservan un cierto pulso industrial: ecos de hilos, máquinas de tejer y el esfuerzo de sus 500 trabajadores. Pero lo que suena ahora son marcos apoyados en el suelo, conversaciones bajas, los cinceles que moldean una escultura.
Entro y salgo de estudios, ojeo catálogos, pido un agua mineral y observo un óleo secarse en silencio. Es fácil perderse dos horas aquí, entre vidrio soplado, anticuarios y estudios abiertos. Termino la mañana con un ligero almuerzo en el Café de la Aurora: paninis, ensaladas, postres y café, al abrigo de los estudios. Ideal para una pausa antes de la siguiente parada. Si tuviera algo más de tiempo, probablemente habría elegido Cumpanio, un local con cien años de historia, herencia franco-italiana y orgullo del platillo bien fabricado, sin ejercicios gastronómicos difusos. Unos ostiones y una milanesa suyos alegran el día y dan fuerzas para seguir.

Tarde
Cruzo de vuelta hacia el Centro Cultural Ignacio Ramírez, al que llaman también el Nigromante, para ver la Sala Siqueiros. La obra inconclusa Vida y obra del generalísimo Don Ignacio Allende permite observar la maestría del muralista que quiso matar a León Trotsky. A dos calles del jardín regreso una vez más a Dôce 18 Concept House: un patio, varias tiendas, moda para quien compra en dólares y un lugar, donde con una bebida en la mano, puedes sentarte a descansar.

Subo a Trazo 1810, cocina de temporada fiel a las tradiciones pero valiente con las propuestas, y una terraza con la mejor vista de la parroquia y de la ciudad. Reserva al atardecer, pide un cóctel, un tequila o un mezcal y comprenderás la ciudad. Otra vista, algo diferente pero igualmente espléndida, la ofrece Luna Rooftop, el bar del hotel Rosewood. Hay música en vivo algunos viernes y debes también reservar si quieres ir al atardecer. Además, el hotel cuenta con una gran agenda de experiencias. Por ejemplo, en el jardín Pirules puedes aprender a cocinar a la parrilla. Y si eres un visitante alojado en el hotel quizá tengas la suerte de conseguir un delantal y un gorro de cocinero. Los míos aún los conservo. Y un buen día merece un buen final: una degustación de mezcal en La Mezcalería.
Día 2: Mañana
El segundo día pide despejar la mirada y salir en busca de lo invisible. La Cañada de la Virgen se encuentra entre cerros, a lo largo de la cuenca del río Laja. Lo levantaron los hñahñu, los “hombres que hablan con la nariz”. El sitio arqueológico es único. A diferencia de otros lugares ceremoniales, está orientado a poniente y dedicado a observar los fenómenos astronómicos relacionados con el Sol, la Luna y Venus. Es muy probable que la visita a los complejos, los patios y las colecciones te pueda tomar dos horas al menos. Pero recuerda que estás en un espacio donde el universo se mide y se observa.
A mediodía, una buena idea es un almuerzo sin prisa en The Restaurant. Donnie Masterton es su dueño y su chef. Su vida, entre el calor de los fogones y las perpetuas en Hollywood parece el sueño de cualquier cocinero (con algunas de sus pesadillas). Al final, Masterton recaló en San Miguel y en su carta se encuentran Asia, Italia, México y Estados Unidos. Pero es comida casera, a un precio que hoy nos parece más que adecuado, y una experiencia elegante como cenar en algunas casas de la ciudad.

Tarde
Aunque haga calor, la tarde merece una visita a El Charco del Ingenio, un jardín botánico y reserva natural en torno a un cañón donde podemos contemplar agaves y nopales, suculentas de todo el país y entender por qué la conservación de la flora patria es una labor de todos. Y para no ponernos muy serios y regresar a la infancia, una visita más tarde al Museo del Juguete Popular Mexicano nos devolverá la sonrisa de la infancia. La maestra Angélica Tijerina coleccionó durante 57 años más de 3,000 piezas que hoy se exponen. El museo, conocido como La Esquina, cuenta con cinco salas y es un homenaje a los maestros jugueteros de Guanajuato.
Noche
Nuestras 48 horas merecen un final de altura. Casa Dragones Tasting Room, “el bar de tequila más pequeño del mundo”, seis asientos en Dôce 18. El cubo de obsidiana es una obra de la diseñadora de interiores Gloria Cortina. Una pieza de obsidiana de 4,000 mosaicos iridiscentes. Y si el cuerpo aguanta, acabamos con una visita a El Manantial, una cantina con carta de mariscos. Abre “de tarde hasta tarde”. Una política que los viajeros apreciamos.

Para no desaprovechar el viaje, una guía en 48 horas
Centro Cultural Ignacio Ramírez “El Nigromante” (Bellas Artes): Mural inconcluso de Siqueiros y talleres. L–S 10:00–18:00; D 10:00–14:00. Hernández Macías 75. Ciudades Patrimonio
Santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco: Barroco popular y pintura mural; parte del sitio UNESCO “San Miguel y Atotonilco”, “uno de los ejemplos más hermosos de la arquitectura y el arte barrocos de la Nueva España”. Verifica horarios litúrgicos en el santuario. UNESCO World Heritage Centre
Templo de San Francisco: Fachada churrigueresca tardía; una clase magistral de piedra. A dos cuadras de la Plaza Principal. U.S. News Travel
Oratorio de San Felipe Neri: Retablos, capillas y cantera; pieza clave del paisaje sacro del Centro Histórico. Insurgentes 12. Ciudades Patrimonio
Templo de Nuestra Señora de la Salud: Portada con concha monumental y atmósfera íntima en la Plaza Cívica. Soledad 7. De Paseo
Biblioteca Pública & Teatro Santa Ana: Agenda de cine, teatro y charlas; buen remanso lector. Insurgentes 25; L–V 10:00–17:00; S 10:00–14:00. La Biblioteca Pública
