Desde su experiencia, Nardiz Cooke reimagina máscaras de radiación como arte contemporáneo

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La obra de la mexicana Nardiz Cooke surge a partir de un inesperado diagnóstico de cáncer en estadio IV: ocho tumores cerebrales y uno en el pecho. Cuando le dieron la noticia en 2022, en vez de rendirse, Nardiz decidió transformar las máscaras que los médicos utilizaron en su tratamiento inicial con radiaciones, en una serie de piezas llamada The Radiant Sentinels.

Nardiz Cooke posa con su obra The Radiant Sentinels. Foto: Cortesía de la artista

Paul Klee, figura importante de la Bauhaus, sostenía que el arte hace visible lo invisible. Las máscaras de Nardiz son un buen ejemplo de ello. “A veces me siento drenada”, confiesa, «pero suelo jugar el papel de víctima. Nunca lo he hecho».

«Recibo las cosas como se presentan y las voy enfrentando porque no me rindo ante la vida »– Nardiz Cooke

Nardiz nació en Guaymas, Sonora, pero creció entre Hermosillo y Guadalajara. También vivió en Escocia, donde su padre estaba haciendo un doctorado. “Mis abuelas: una nicaragüense y la otra texana”, cuenta. Los años más recientes vivió en Nueva York, pero ahora radica en Miami. Durante varios años fue vocalista de Sweet Electra, dueto tapatío de música electrónica ligado en sus inicios al colectivo Nopal Beat.

Sagrado es saber quién eres y de dónde vienes: quién es tu madre, quién es tu padre, y así sucesivamente, reza una de las fichas de sus máscaras, y sus bien plantadas raíces dan fe que ella se toma muy en serio ese sacramento.

 The Radiant Sentinels
Sentinel of golden inflection. Foto: Cortesía de la artista.

“No creas que estoy llorando, es que tengo una alergia a la brisa marina”, me aclara. De hecho no lo pensé. No parece una mujer triste, al contrario. Está conectada desde una playa color turquesa en Florida, donde acaba de presentar su primera exposición con la curaduría de Oscar Glottman.

Las piezas de The Radiant Sentinels.

Suele quedarse horas y horas viendo el mar mientras trabaja en sus asuntos pendientes. Su periplo de vida le ha dejado muchas experiencias y aprendizajes y le ha revelado más de su herencia cultural. En su serie de máscaras intervenidas, por ejemplo, se aprecia el sincretismo de las tradiciones del norte de México con la simbología occidental. “Sí, dos de las piezas, Ode to the Desert y The Force, fueron hechas en honor a la danza del venado, al desierto sonorense y a la tribu yaqui”. Esas piezas, particularmente, están adornadas con capullos de mariposa.

“En el Silvester Comprehensive Cancer Center me fabricaron dos máscaras a la medida, que eran un mapa de mi cara. Las sentí como mi trofeo y fue entonces que les pregunté si me las podía llevar para hacer arte”, me cuenta. Estos materiales termoplásticos, cuentan con orificios estratégicamente colocados según el rostro del paciente, que es por donde entran los rayos gamma.

Nardiz cuenta que tan pronto el hospital accedió a que ella reutilizara las máscaras que tanto representaron para los pacientes que las usaron, se las llevó a casa y comenzó a adornarlas con cuarzos.

Ode to the desert: el espíritu del venado lucha contra su muerte para celebrar su vida. Foto: Cortesía de la artista.

A la primera pieza que realizó —y que posteriormente la donó a la clínica— le puso The Mother Sentinel y fue la que dio origen al proyecto. Esta madre de todas las máscaras fue creada con un mensaje: “Volver a nacer”.

Los símbolos de una historia silenciosa

El Silvester Comprehensive Cancer Center consideró que sí se trataba de una iniciativa artística inspiradora que valía la pena apoyar. Así, autorizaron la donación de algunas máscaras con el objetivo de instalar una exhibición en el lobby de la clínica: “Me recolectaron las máscaras de los pacientes, de forma anónima. Las 13 que conforman The Radiant Sentinels”, recuerda ella.

“Hay mucho respeto en esto, es una responsabilidad hacer uso de esas máscaras. Llegan a mí sin remitente, pero cada una es el símbolo de una historia silenciosa. Todas tienen su propio nombre y su descripción”, cuenta.

Además de la exhibición en la entrada del hospital, la artista presentó de forma profesional su obra en la pasada Art Week Miami. “Fue muy emotivo, crudo, hermoso, real”, recuerda.

Pieza de  The Radiant Sentinels de Nardiz Cooke.
Radiant Phoenix. Foto: Cortesía de la artista.

El público ha reaccionado de distintas maneras frente a su obra: “Muchos se sacan de onda porque muchas de las máscaras tienen espejos adentro, entonces te asomas en un hoyito y te ves el ojo, te ves la pupila; están bien viajadas, se siente una vibra densa”, comenta.

Pero la respuesta ha sido muy positiva, sobre todo porque saben de dónde viene esto: «De la historia del cáncer Mucha se conecta pues han tenido algún familiar o algún amigo que pasó por eso. Entonces la experiencia es intensa, profunda y verdadera, más allá de lo catártico que pueda ser para mí”, reconoce.

Nardis Cooke: arte que dice la verdad tal como llega

Para Nardiz, adentrarse en explicar objetivamente el significado de sus piezas, requiere gastar mucha energía, sobre todo cuando se trata de una obra que se sostiene en pequeños relatos que acompañan cada una. En Espejismo, la pirita —ese fool’s gold que brilla como si fuera oro— aparece como símbolo de las ilusiones que una misma construye: espejismos que seducen, que prometen, pero que tarde o temprano se disuelven.

“Ahí, la lección no está en evitar el engaño, sino en aprender a recibir la verdad tal como llega, incluso cuando revela la decepción de aquello que parecía sólido”, comenta ella, con su mezcla de español e inglés.

En la pieza Ocean Hope, en cambio, domina un azul profundo y limpio, el del blue kyanite, que remite a un mar íntimo. La pieza se siente envuelta en olas que arrullan, que sostienen, que repiten un canto suave y constante, como nanas infinitas. Hay en ella una sensación de ser mecida por algo más grande, un movimiento continuo que no rompe, sino que contiene: un océano de esperanza.

Algo distinto ocurre con El Buzo, donde la narrativa se vuelve más introspectiva. La pieza sugiere un descenso hacia lo más hondo de la emoción, en silencio, sin testigos. “Está cubierta de zebra shells diminutas, casi imperceptibles, y atravesada por elementos más ásperos: espinas de pez globo, fragmentos de erizo. Todo remite a ese fondo marino donde lo bello y lo punzante conviven, donde sumergirse implica aceptar el riesgo de sentirlo todo”, comenta.

El buzo, una de sus piezas más celebradas. Foto: Cortesía de la artista.

Y luego está Radiant Phoenix, que recoge la idea del renacimiento sin romantizar de más. Aquí, el paso de las cenizas a la figura luminosa no ocurre por destino ni por obligación, sino por decisión. “No se trata de lo que se debe hacer para sobrevivir, sino de lo que se elige hacer con lo que nos queda: levantarse, reconstruirse, volver a arder desde otro lugar”.

Detrás de cada una de las piezas de ellos hubo meses de búsqueda, de insistencia, de adentrarse cada vez más profundamente en los temas, los materiales y los conceptos. “ Fueron meses y meses de buscar, de bucear. Cada máscara fue muy demandante”, dice Nardiz.

El proceso no fue solo intuitivo, fue de campo y de estudio. “Por ejemplo, con una pieza llamada The Balance of Being, que consiste en dos máscaras llenas de milagritos de Querétaro—amuletos artesanales en forma de corazón u otras figuras, hechos principalmente de hojalata, madera o cerámica, que simbolizan gratitud—”, comenta sobre una de sus piezas más barrocas pero más significativa.

El Van Gogh de La Lagunilla

Ese impulso por incorporar elementos mágicos tradicionales a su obra la llevó incluso a rastrear a los propios creadores de estos objetos. Nardiz viajó varias veces a México y se adentró en sus historias. Así dio con el artista Alfredo Vilchis, figura habitual del tianguis capitalino, cuyo trabajo está poblado de los mismos milagritos. “¿Es cierto que le dicen el Van Gogh de La Lagunilla?”, fueron las palabras con las que inició el contacto con el pintor, cuyas obras han sido expuestas incluso en el Louvre.

The Force Sentinel, la pieza madre. Foto: Cortesía de la artista.

Cuando nos despedimos, Nardiz revela que el tumor principal en su pecho —alguna vez gigante— hoy es apenas perceptible. “Con el trabajo de la ciencia del alma, está chiquito”, dice. “Apenas y me lo puedo tocar. No me gusta cantar victoria, pero voy súper bien”. Reconoce, sin embargo, las secuelas: “La parte derecha de mi cuerpo es diferente a la izquierda. A veces siento como si estuviera quemada por la mitad”. Hace una pausa breve y remata, «pero finalmente…¡me siento muy fuerte!».

Alejandro Mancilla
Alejandro Mancilla
Alejandro Mancilla/ Jefe de Redacción. Ha escrito en Vanity Fair, GQ, Travesías, Vice, AD Architectural Digest, Marvin, Vogue, Nexos y Playboy, entre otros; fue editor en Círculo Mixup y Televisa; es autor del libro de ensayos [de]generación de cristal. Es fan de los Cocteau Twins y cuando no escribe, es DJ y productor. No le gusta el karaoke.

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