El Centro Histórico de Zacatecas parece inmóvil a los efectos del tiempo. La cantera rosa mantiene el mismo tono desde hace más de un siglo, las fachadas apenas se transforman.
En el punto más relevante de la zona está el restaurante Acrópolis, el café más legendario y codiciado de la ciudad. No es sólo un sitio para comer, también funciona como una pequeña galería de arte y como centro de reunión de las figuras de la política y la cultura local.
Su historia comenzó en 1943, hace más de 80 años.

Tres generaciones, un helado de vainilla
Un hombre medianamente joven camina por la avenida Hidalgo con su hijo de tres años. El padre nació en Zacatecas, pero el pequeño sólo es zacatecano por herencia. Los dos visitan la ciudad de sus abuelos. El calor es inclemente y empieza a hacer estragos en el ánimo de ambos. El niño pide un helado con urgencia.
Entran a la Acrópolis, los reciben con mucha cordialidad. El niño mira las máquinas antiguas de café con extrañeza. Los dos se sientan, el pequeño recibe el helado, el padre mira a su alrededor.
En las mesas contiguas hay personajes inconfundibles: los lobos viejos de la izquierda local, los profesores eméritos, los políticos de toda la vida. Es una tarde como cualquier otra. Eso es la Acrópolis: un cruce generacional que convive entre los mismos muros y las mismas pinturas.

Siria, París, Zacatecas
La historia comenzó en 1943, cuando Said Samán Farah, un inmigrante sirio que antes había estado en París, abrió un café en una ciudad donde abundaban sólo las cantinas. El joven empresario buscaba un espacio donde hombres, mujeres y niños pudieran sentarse a convivir.
El local estuvo siempre sobre la avenida Hidalgo, pero en tres localizaciones distintas. Al principio se ubicó donde hoy está la papelería El Paquín; después, en un local frente a este último; finalmente, en 1983, la Acrópolis se instaló en el Mercado González Ortega. A partir de ese momento, se convirtió en uno de los puntos más importantes del Centro Histórico.
Hoy se encuentra frente a la Catedral, el Palacio de Gobierno y el Teatro Calderón.

Comer entre obras
Con el tiempo, las paredes comenzaron a llenarse de piezas de arte. La anécdota más conocida cuenta que un día Rufino Tamayo regaló un dibujo a los dueños del restaurante. El cuadro llegó al muro del local. El gesto animó a otros artistas a hacer lo mismo. La colección incorpora nuevas piezas, incluso en la actualidad.
Hoy pueden verse cuadros de Francisco Goitia, Manuel Felguérez, Pedro y Rafael Coronel, entre muchos más. También hay obras de Pablo Picasso y Joan Miró. El visitante puede beber una malteada o un café mientras observa piezas que en otro contexto estarían en un museo.
La Acrópolis es un restaurante y una galería al mismo tiempo. No es necesario aproximarse a estas obras con solemnidad, basta levantar la mirada.

Las mesas y la historia
En México existe una tradición de locales antiguos que han albergado a varias generaciones de visitantes. La Acrópolis está en la misma familia de sitios como el restaurante Danubio y la heladería Chiandoni, aún abiertos a los comensales.
Durante más de 80 años, la Acrópolis ha sido un punto de encuentro para familias, políticos, y artistas. En sus mesas no sólo se sirven cafés o malteadas, también se acumulan conversaciones, acuerdos, discusiones y recuerdos que terminan por formar parte del pulso cotidiano de la ciudad. Cada cliente deja algo invisible: una historia breve que se suma a muchas otras.

Hay pocos lugares capaces de sostener esa continuidad sin convertirse en reliquias estáticas. La Acrópolis lo logra porque no vive del pasado, sino que lo integra. Las obras en sus muros no son piezas muertas; dialogan con quienes las observan. Las generaciones que pasan por sus mesas no rompen con las anteriores, se superponen.
El niño termina su helado de vainilla y mira otra vez las máquinas de café. Su papá paga la cuenta. Los espera el centro de Zacatecas. Quizá, en el futuro, el pequeño regrese al lugar convertido en un estudiante, en un adulto, en un padre.
