No, no es el título de una película de ciencia ficción en la que los edificios y los elementos urbanos cobran vida y nos atacan —hay una prescindible película alemana llamada Brick (2025)en la que más o menos hacen uso de esa idea—. Se llama arquitectura hostil a esa una estrategia de diseño urbano que utiliza elementos físicos para limitar, controlar o impedir el uso del espacio público por parte de ciertos grupos, especialmente personas en situación de calle.

¿Qué es la arquitectura hostil?
El término, también conocido como diseño defensivo o excluyente, es claramente una forma de violencia estructural, discriminación y exclusión social, aunque no está tipificada formalmente en el derecho internacional los críticos consideran que sí se trata de una medida excluyente.
Seguro la has topado: la arquitectura hostil está por todas partes: bancas con divisores, superficies inclinadas, picos en rincones o estructuras que impiden el descanso. Aunque desde los años 70 urbanistas como el el arquitecto estadounidense Oscar Newman ya planteaban ideas como «espacio defendible», el término se acuñó en 1996 con la intención expresa de controlar el comportamiento en el espacio público y evitar lo que se consideraba un “mal uso” por parte de los ciudadanos.
Activismo contra la arquitectura hostil
En la práctica, esta tendencia busca que ciertos grupos no encuentren lugares donde permanecer y queden fuera del paisaje urbano. Sus defensores argumentan que contribuye a reforzar la seguridad, reducir el crimen y mantener el orden; sin embargo, los críticos —activistas, defensores de derechos humanos y personas con cierta sentido común— señalan que estas medidas responde a una lógica del rechazo, no de la integración.

Así, se justifica el uso de diseño y construcción agresiva como un mecanismo para “ordenar” la ciudad sin abordar las causas reales del problema. Las barreras en los espacios públicos no solo aíslan físicamente, también generan una arquitectura que margina, que castiga la pobreza en vez de encontrar soluciones.
Una intervención urbana excluyente puede parecer inofensiva, pero su impacto tiene efectos a largo plazo: deshumaniza el entorno, refuerza los estigmas y debilita el tejido social tal como lo conocemos. El resultado es una urbe que no está pensada para todos, sino para unos pocos; una arquitectura urbana que prioriza la “eficiencia” y la imágen por encima de la dignidad humana y lo esencial: la vida en sociedad.
La arquitectura hostil, ¿un mal necesario?
“Solo mueve el problema a otro lado; las personas sin hogar existen, pero la arquitectura hostil les hace la vida peor”, comentó un usuario en un debate en Reddit al que no quise entrar y sólo entré en plan voyerista a ver quiénes estaban de acuerdo con algo que creo que es indefendible.
Lo que sí hallé al menos, fue una instalación-perfomance llamado Archisuits (2005). Sarah Ross, la artista, mostró en su pieza sus soluciones para la arquitectura hostil de la ciudad de L.A. California.
Un caso ampliamente difundido sobre lo extremista que puede ser esta práctica, ocurrió en Toronto, Canadá en 2020, donde el tuitero Chad Loder —a quien por cierto, ya le cancelaron su cuenta ahora sí definitivamente— viralizó la imagen de una estructura con varillas metálicas colocadas sobre un ducto de ventilación para impedir que personas sin hogar se recostar, en pleno invierno en busca de calor.
El debate sobre la arquitectura hostil
La publicación detonó una conversación global sobre lo que algunos especialistas denominan “diseño desagradable” o unpleasant design: intervenciones urbanas que, mediante detalles sutiles, reducen la usabilidad de los espacios sin prohibirlos explícitamente. Investigadores como Selena Savic han señalado que estos elementos funcionan como “agentes silenciosos”, ya que controlan comportamientos y restringen interacciones en el espacio público sin necesidad de confrontación directa, eliminando incluso la posibilidad de cuestionamiento o debate sobre su presencia. Es decir, no hay a quién demandar ni exigir mucho.
Recuerdo algunas fachadas de panaderías o tiendas con aparadores aparatosos en los que, en los bordes, había picos de acero para que no nos pudiéramos sentar. Quizás ahí tenía algo de lógica el asunto. Pero el tema es cuando se trata de vida o muerte, y ese espacio es el único con el que cuentas si te tienes que quedar en la calle, la perspectiva cambia.
América Latina y el «diseño desagradable»
¿Qué pasa en México? No hay protestas formales ni organizadas, pero el debate sobre la arquitectura hostil muestra tensiones entre los diferentes niveles de gobierno. A nivel federal, en abril de 2026, la Comisión de Desarrollo Urbano y Ordenamiento Territorial de la Cámara de Diputados tristemente rechazó una iniciativa para prohibirla, al considerar que carece de claridad jurídica, presenta fallas técnicas, invade competencias municipales y no es viable en términos operativos ni presupuestarios, concluyendo que “no es una medida jurídicamente necesaria”.
A la par, el tema ha ganado visibilidad pública: especialistas como Gerardo Tavares señalan que el diseño urbano contemporáneo se ha orientado a limitar el acceso de personas sin hogar, jóvenes o incluso personas con discapacidad, lo que ha generado una discusión, al menos, en redes sociales.
El argumento de los defensores de la arquitectura hostil
Por el contrario, a nivel local en Chihuahua capital, autoridades municipales frenaron implementar este tipo de diseño urbano: el director de Mantenimiento Urbano señaló que medidas como bancas incómodas o estructuras disuasivas, si bien buscan inhibir ciertas conductas —el principal argumento de los defensores de este tipo de arquitectura—, terminan afectando a la ciudadanía en general al limitar el uso normal de los espacios públicos. En su lugar, la ciudad optó por mantener estos espacios accesibles y atender problemáticas mediante estrategias de seguridad y vigilancia.
El documental Arquitectura Hostil en la CDMX (2025) muestra cómo estas prácticas ya forman parte del paisaje urbano: bancas divididas con barras, picos bajo puentes, muros diseñados para impedir el descanso y picos de acero en los jardines exteriores de los bancos. Bajo la supuesta lógica de mantener el “orden” en el espacio público, estas intervenciones terminan dirigidas a desplazar a personas en situación de calle y a limitar el uso de la ciudad para ciertos grupos —incluso los skaters se han quejado: ese tipo de diseño no les permite patinar—.

Frentes contra la arquitectura hostil
Este fenómeno ha sido bien documentado en otros países, regulado e incluso confrontado desde distintos frentes. En Barcelona, por ejemplo, el colectivo Arquitectura Sin Fronteras y la plataforma “Barcelona no es un banco” han identificado y registrado más de 1,500 elementos de arquitectura hostil en el espacio público, visibilizando su impacto y promoviendo políticas urbanas más incluyentes.
En Montevideo, Uruguay, el tema cobró relevancia en 2025, tras la muerte de un hombre que cayó sobre pinchos instalados en la fachada de su edificio, lo que derivó en un decreto que prohíbe estos elementos peligrosos, aunque su reglamentación aún está pendiente.
La discusión alcanzó incluso el ámbito nacional en lugares como Brasil. Durante las elecciones de 2022, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva denunció la instalación de piedras bajo puentes para impedir que personas sin hogar durmieran allí, en el contexto de la aprobación de una ley contra la arquitectura hostil.

Aunque fue vetada inicialmente por Jair Bolsonaro, el Congreso logró promulgarla bajo el nombre de Ley Padre Julio Lancellotti, en honor al sacerdote que durante décadas ha defendido a la población en situación de calle en Brasil. Su activismo —que incluye retirar físicamente estos obstáculos— ha evidenciado las contradicciones de una de las ciudades más ricas de la región, donde miles de personas viven en las calles y donde el diseño urbano es parte de la exclusión social.
