Jorge González y Los Prisioneros: arte, letras y contradicción

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A Jorge González le gustaba la pizza mexicana. Al menos eso noté cuando nos encontramos en un local de la colonia Roma. Él y su esposa, la fotógrafa chilena Loreto Otero —con quien además había formado el dueto Los Updates—, ya tenían sobre la mesa un par de gigantescas piezas de carnes frías y vegetales.

Los Prisioneros, grupo de rock y tecno-pop chileno.
Los Prisioneros en 1987. De Izquierda A Derecha: Jorge González, Miguel Tapia y Claudio Narea. Foto: Creative Commons Tommy.84.86.87

Un par de días antes, González no había podido llegar a un concierto que daría con el dúo: lo habían asaltado en un cajero automático en la CDMX. O al menos esa fue su versión. El chileno llevaba poco más de un año viviendo en la capital mexicana. Eran mediados de la primera década de los 2000. En 2011, la pareja se separaría y él se iría a vivir a Berlín.

La historia de Jorge González está llena de complejidades y contradicciones, propias de un artista que nunca se quedó instalado en un mismo personaje. Su trayectoria con Los Prisioneros —el grupo chileno que formó a principios de los años ochenta— dejó tantos momentos dignos de contarse que ya han sido objeto de varios libros y biografías, incluso de una biopic muy regular.

Nunca quedas mal con nadie

Esa relación conflictiva con el mundo del arte y la cultura de su país quedó plasmada desde temprano en sus canciones. En “Nunca quedas mal con nadie”, por ejemplo, arremete contra los músicos de protesta que se multiplicaban como gremlins en esa época: Tu bolsito y tu poncho artesanal, tu cultura cursi me cae muy mal, tu protesta me da igual, porque nunca quedas mal con nadie”, canta. La canción anticipa, de algún modo, la idea de que rebelarse vende. Aunque apunta a esos artistas que se oponían a la dictadura de su país sin nombrarla ni arriesgarse, su crítica termina siendo más amplia y vigente. De hecho, dirigida a una contracultura que se asume subversiva pero rara vez incomoda o transforma aquello que dice combatir. Durante un concierto en el Teatro Cariola, en 1985, González incluso añadió la estrofa “quédate con tu poesía, Charly García”, acentuando el filo de esa provocación.

En otras canciones fue más lejos. “¿Por qué no se van?” es una crítica amarga, enmarcada en un techno-ska, que repite como mantra el título mientras, con maestría chovinista, apunta contra los artistas contemporáneos chilenos snobs que miran con desdén el arte local. “Si sueñas con Nueva York y con Europa, te quejas de nuestra gente y de su ropa, vives amando el cine arte del Normandie”, dice la primera parte. El Cine Arte Normandie —una sala de Santiago que en los años ochenta exhibía cine para intelectuales, algo así como la Cineteca Nacional en la CDMX— funciona aquí como símbolo y como resistencia cultural. «Si tu vanguardia aquí no se vende», continúa y se vuelve más incisiva en las siguientes estrofas:

«Si viajas todos los años a Italia
Si la cultura es tan rica en Alemania
¿Por qué el próximo año no te quedas allá?»

Mural dedicado a Los Prisioneros en un edificio de barrio, con retratos estilizados de los integrantes de la banda chilena frente a cajas de frutas y verduras, bajo un cielo anaranjado al atardecer.
Mural “Los Prisioneros” en el Museo a Cielo Abierto de San Miguel, Santiago de Chile. Foto: Creative Commons.

La cultura de la basura

Algo parecido sucede con su lectura del pop en la canción “La cultura de la basura»“Escuchando radio, vamos al estadio, nos gusta el Julio Iglesias, y el rockabilly, tenemos la cultura de la basura, tenemos la cabeza dura, comemos pan con pan, leemos historietas, la tele nos da sueño, pero de noche, conservo un afiche de Raphael, y me peino como él”

Años después, en Corazonesel disco en el que Los Prisioneros se alejaron de la crítica social para explorar canciones románticas intensas—. González declararía que Raphael era una de sus influencias.

Independencia cultural

La reunión en la pizzería fue informal. No hablamos de sus canciones ni de su carrera. Hablamos de política y de cómo detestaba que algunos artistas lo invitaran a reversionar sus propias canciones. Jorge González, eterno inconforme, estaba feliz con la pizza y atento a la conversación sobre historia prehispánica y la discografía de The Sisters of Mercy.

Los Prisioneros en Calama en 1990, como parte la promoción de Corazones. Foto: Creative Commons Juan Avalos M.

“En el salón principal del instituto, presentará a partir de este lunes, las obras del promisorio pintor y escultor chileno: Vittorio Angelonini, este destacado alumno del recordado Boris Van Hausen, expone por última vez antes de iniciar su viaje de perfeccionamiento a Francia en este sitio lejano, la gente es pobre, la gente da la mano, no hay orgullo de raza, no hay colonias ni tradición, siempre ocultando el acento, en el colegio se enseña que cultura es, cualquier cosa rara, menos lo que hagas tú, canta Jorge con Los Prisioneros en la canción “Independencia Cultural”.

En la canción «Arte para cuatro gatos», la cargada ya es radical. «Les dan becas, hacen viajes, están al tanto de lo último del mundo. Van a escuelas con profesores con apellidos y cara de artistas, los embetunan de la cultura».

Jorge González: Contradicción y búsqueda

Sobre esa contradicción —escribe varias canciones contra Europa y, al mismo tiempo, pasa largos periodos allá—, el periodista y escritor chileno Óscar Contardo apuntó para un diario sudamericano:

“Jorge siempre está ese conflicto. Es la tensión entre la metrópolis y un país que no termina de conformarse consigo mismo. Creo que a estos artistas les sucede lo mismo: son biografías que pueden sonar contradictorias, pero que encuentran coherencia en la medida en que están en una búsqueda”.

Después de ese encuentro con el exlíder de Los Prisioneros, nunca volví a verlo. Hay una foto, de pésima calidad de celular pre-iPhone perdida por ahí. Intercambiamos un par de correos sobre planes que nunca se concretaron —incluidas algunas instalaciones con música de su entonces vigente grupo Los Updates— y nada más.

Tras la disolución definitiva de Los Prisioneros —el grupo que circula por ahí sin el cantante, es un chiste casi tan ridículo como los ex Soda Stereo tocando sobre un video y con un holograma de su fallecido cantante— González pasó algunos años enfrentado con su excompañero Claudio Narea. La relación se quebró en medio de acusaciones cruzadas y de supuestas propuestas de tríos sexuales —incluida la historia, esta sí documentada, de un affaire con la esposa de Narea— y terminó por arrastrar consigo el final del grupo. A eso se sumaron constantes roces con la prensa, que en más de una ocasión derivaron en episodios incómodos. Como cuando González arrojó a los reporteros los micrófonos y cámaras durante una conferencia.

Los Prisioneros nunca más

En México, pasó varios años reinventándose, alejado de los reflectores y viviendo como en sus primeros años en Chile, antes de ser un artista famoso.

Tiempo después de nuestro encuentro, en febrero de 2015, los medios dieron cuenta de que Jorge había sufrido un terrible accidente cerebrovascular tras un concierto en Nacimiento, Chile. Desde entonces se retiró indefinidamente de los escenarios y de la polémica. Actualmente reside en la comuna de San Miguel, en Santiago, lugar de su infancia.

En una de sus canciones («¿Acaso quieres venir?») con Los Updates, cantaba bajo una base electrónica post-rave:«¿Acaso quieres venir adonde vas a dejar de ser? Ven, ven, aquí toma mi mano y llévame al país perfecto». Nunca sabremos si encontró esa región idílica. Si estaba en Chile, en México o en Alemania.

En 2025, tras casi una década sin publicar material nuevo, lanzó una serie de piezas casi instrumentales que rozan la música ambient. No suele dar entrevistas. Cuando lo hace es para confirmar que no volverá a tocar en vivo. No le interesa un público que le pida cantar como antes, ni «uno que mire más su teléfono que el escenario», asegura.

Alejandro Mancilla
Alejandro Mancilla
Alejandro Mancilla/ Jefe de Redacción. Ha escrito en Vanity Fair, GQ, Travesías, Vice, AD Architectural Digest, Marvin, Vogue, Nexos y Playboy, entre otros; fue editor en Círculo Mixup y Televisa; es autor del libro de ensayos [de]generación de cristal. Es fan de los Cocteau Twins y cuando no escribe, es DJ y productor. No le gusta el karaoke.

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