Más allá de su vida personal o de sus convicciones políticas —y de sus propias contradicciones humanas—, la historia relata que Diego Rivera fue un artista profundamente altruista tanto en su obra como en su compromiso público, siempre enfocado en dignificar a las masas.
Más de 150 mil piezas se integran al Anahuacalli desde una historia distante del propio legado familiar
Por ello resulta especialmente significativo que uno de sus nietos, Juan Rafael Coronel Rivera, haya decidido donar el mes pasado más de 150,000 piezas —157,300 para ser exactos— al acervo del Museo Anahuacalli, un espacio con el que existe, cuando menos, un fuerte lazo consanguíneo. Y es que esto ocurre a pesar de que él mismo ha declarado que nunca se sintió cercano a dicho entorno e incluso nunca estuvo contemplado como parte del Fideicomiso de los Museos Diego Rivera y Frida Kahlo (FMDRFK), creado por el propio Rivera para preservar tanto la Casa Azul (Museo Frida Kahlo) como el Museo Anahuacalli.

Juan Coronel es poeta, fotógrafo, narrador e historiador del arte; además de curador, etnólogo y editor. Se ha logrado labrar un propio camino, de hecho, nunca se ha dedicado a la pintura ni mucho menos al muralismo. Al parecer, no vive de acariciar y aterrizar utopías como su famoso ancestro.
«Diego Rivera era un idealista, él creía que el ser humano podía tener una perspectiva muy clara, como una suerte de renacimiento, creía en una revisión del ser humano y el contexto en que veía el adoctrinamiento, era la posibilidad de avanzar a la igualdad, no sólo económica sino metafísica», reveló en una entrevista.
Juan Coronel Rivera es hijo de Ruth Rivera, hija de Diego con la escritora Guadalupe Marín.
Entre problemas heredados y una idea adelantada a su tiempo
Sobre el legado, alguna vez declaró, según la página web oficial del gobierno federal mexicano, que a sus hijos, de hecho, Diego Rivera les legó un problema legal de más de 20 años, «mientras que creó un fideicomiso particular, un acto impensable para su época, que garantizara el resguardo de sus colecciones, tanto de pintura, dibujos, estudios y fotografías, como de las piezas precolombinas».
Por eso es muy significativa una donación que ya es oficial e irrevocable. En una conferencia de prensa, Coronel Rivera presentó los documentos que acreditan el contrato de donación notariado y subrayó que, al igual que el fideicomiso establecido por su abuelo con el Banco de México, no hay un tiempo definido para su caducidad.

En ese mismo encuentro en que se formalizó el acto, la Mtra. Perla Labarthe Álvarez, directora del Museo Frida Kahlo – Casa Azul, destacó el carácter visionario del fideicomiso creado por Diego Rivera, agregando que éste no solo garantizó la conservación de inmuebles, colecciones y archivos, sino que también estableció las bases para su sostenimiento a largo plazo y su proyección como patrimonio público.
Señaló que tanto la Casa Azul como el Museo Anahuacalli nacen de la misma convicción: compartir con el público un acervo construido desde el coleccionismo, la identidad cultural y la vida cotidiana de los artistas.
Asimismo, destacó que el acervo reunido por Juan Coronel Rivera abre nuevas posibilidades de investigación e interpretación: “No se trata únicamente de sumar piezas, sino de generar nuevas lecturas sobre el arte mexicano y sus procesos culturales”.
Una colección que se piensa como historia en movimiento
La colección de Coronel Rivera no es poca cosa. No se trata de un conjunto de piezas azarosas, sino del resultado de años de obsesión curatorial, investigación y mirada personal sobre el arte mexicano. Digamos que es un archivo vivo de obras y objetos que parten del gusto personal, pero con una mirada que permite entender cómo ha operado el arte en México a lo largo del tiempo.
El acervo cruza épocas y formatos, desde cerámica y textiles hasta archivos personales, correspondencia, fotografías y materiales de trabajo. No es una colección pensada para las vitrinas o el Instagram, sino un mapa amplio de relaciones, influencias y procesos culturales.

También está ahí su propia obra fotográfica, desarrollada durante años, un trabajo que dialoga con todo lo demás y termina de amarrar esta idea de archivo como algo en movimiento. Ya dentro del Anahuacalli, este acervo no solo va a sumar volumen, sino que aporta mucho sobre la forma en que se investiga, se exhibe y se cuenta la historia del arte en México.
Según explicó el propio Coronel Rivera, se espera que el proceso de donación concluya este mismo año. También aclaró que dentro del acervo no se incluyen obras plásticas realizadas por su abuelo Diego Rivera ni por Frida Kahlo, quien fue su abuelastra.
El Anahuacalli: Un museo pensado como horizonte cultural
El Museo Diego Rivera Anahuacalli no es un espacio cualquiera, sino un proyecto que desde el inicio fue concebido como algo más que un museo: un lugar donde arte, arquitectura y paisaje se fusionan. Construido con piedra volcánica del Pedregal y diseñado por el propio Rivera junto con Juan O’Gorman y Ruth Rivera Marín, el edificio está integrado con el entorno del sur de la capital mexicana. Ahí se resguarda la colección prehispánica que Rivera reunió durante toda su vida, entendida no como reliquia, sino como fuente de conocimiento de las raíces culturales y la identidad mexicana.

En años recientes, el espacio ha ido abriéndose a proyectos contemporáneos que conectan esa colección con temas actuales, reforzando su papel como un lugar donde el pasado no está congelado, sino en diálogo constante con el presente.
Esta donación también abre la puerta a retomar una de las ideas más ambiciosas de Diego Rivera para ese terreno: la llamada “Ciudad de las Artes”, un proyecto que buscaba articular distintos espacios culturales en el Anahuacalli y que en años recientes comenzó a reactivarse con la colaboración del arquitecto Mauricio Rocha.

Sin duda, más allá de lo simbólico y personal que puede ser esta donación, el acto significa mucho para la vida cultural mexicana. No solo por el volumen, sino por la importancia histórica de las piezas reunidas por un curador que siempre ha tenido acceso privilegiado a obras de ese tamaño y de ese calibre. Y también porque, de alguna forma, deja ver esa conexión altruista y, en cierta medida, reconcilia la relación de Juan Coronel Rivera con su propio pasado.
