“Yo soy una prueba de que el arte te puede salvar”, me dice Eduardo al inicio. Estamos en su estudio en Guadalajara, y acaba de recibir algunas visitas en el marco de la Semana del Arte en la ciudad: “Muchísimos amigos míos de donde crecí no sobrevivieron. Se metieron en pandillas, en drogas, en mil cosas. Yo sí veo que el arte realmente me ayudó, me apoyó y me salvó de otros caminos, de muchos otros caminos”, cuenta.

Eduardo nació en L.A. en 1976, y creció entre la metrópoli californiana en el barrio de Boyle Heights y el México de sus padres: Mazatlán, Sinaloa.
Desde chico, tuvo una afinidad y curiosidad por el arte, que le permitió desarrollar un talento —y una vida— más allá de su entorno.“En Los Ángeles, la música con la que crecí era el rap de contar historias. Ahí estaba la economía sociopolítica de lo que se decía y de lo que creías querer: el oro, las cadenas, los coches de lujo, las mujeres, vender drogas… era parte de una cultura y de un acceso a un estilo de vida que entonces se sentía alcanzable”, recuerda.
“Y de ahí viajaba a mi familia en Sinaloa, en Mazatlán, donde mis primos escuchaban corridos: dos estilos totalmente diferentes, pero al final hablaban de lo mismo —la vida rápida, los autos, las mansiones, vender drogas—. Era una conexión entre dos culturas con un mismo sentimiento, aunque con particularidades distintas.
“Me decían: ‘ya apaga esto, no sé de qué están hablando, pero ya apágalo’. Pero en México los corridos los escuchaba todo el mundo, desde adultos y ancianos hasta gente joven. Y pueden ser más agresivos que un gangsta rap, ¿no? Se dicen cosas más directas, más crudas. Yo creo que los corridos estaban más basados en historias reales, mientras que el gangsta rap era más inventado, más fantasía: que si maté a este, que si no sé qué. Entonces, entre la fantasía y lo real, empecé a cachar esas diferencias que me marcaron muchísimo. Ahí hice esa conexión, y desde ahí lo narrativo, las historias, empezaron a salir.

Y de esa coyuntura, de ese encuentro entre lo angelino y lo sinaloense, surgieron particularidades: “Yo creo que la cerámica es lo emblemático de eso. Y conforme fui evolucionando, las historias y los jarrones empezaron a contar cosas más relevantes y enfocadas a hechos actuales: temas de migración, cómo se mueven productos entre Estados Unidos y México. Esas reflexiones aparecen en cajas, productos y en el jarrón como contenedor —casi contrabando— entre ambos países”.
“Son problemáticas globales. Muchas veces los medios y la política en Estados Unidos se enfocan en la frontera, en lo que pasa acá, pero en realidad son cosas que ocurren en todo el mundo. Hay una conexión muy natural, muy genuina, con lo sociopolítico y con la manera en que la gente percibe el trabajo”.
Para Eduardo Sarabia, la narrativa que surge de la música es parte del mapa que consulta para llevar su arte a buen puerto. Visitamos su estudio durante la reciente Semana del Arte en Guadalajara, y la recepción no pudo ser mejor: alfombras, cojines, un DJ y una plática frontal sobre su trabajo. “Mi obra tiene ese aspecto de historial. Los jarrones cuentan historias; pueden ser fragmentos o relatos completos. Cuando estoy pintando, casi siempre escucho música. Me despierto y quiero escuchar jazz, música clásica o hip hop”, me cuenta.

“Guadalajara ha sido clave para poder trabajar. Tener un estudio, apoyo y acceso a materiales ha sido increíble. La cultura, claro, termina inspirando, pero las historias —mi familia— vienen de Mazatlán: el mar, los mitos, la comida, la música… es algo muy rico. Normalmente me gusta abrir el estudio. Es una manera muy padre de recibir visitantes, trabajar en los proyectos que estoy haciendo e iniciar conexiones”.
Sarabia menciona algo clave en su obra: la narrativa. En su trabajo no busca solo provocar, sino contar desde la raíz. A muy corta edad, en plena Guerra Fría, estudió entre Los Ángeles, Mazatlán y también viajó a Rusia. “Me di cuenta de que esas historias realmente impactaban a la gente”, reconoce. “Yo iba a museos y veía obras maestras pero no sabía cómo conectarme con ellas. Estas personas no se parecían a mí, no veía escenas a las que estaba acostumbrado; por eso decidí recrear a gente parecida a mí. Creo que es clave mirar hacia uno mismo y a lo que está alrededor, y no buscar en otro lado”.
Recuerda su estancia en la Unión Soviética como algo determinante. Tenía 13 años y, sí, la recuerda como una temporada gris. Estaban en un campamento a las afueras de Leningrado, donde trabajaban en un mural junto a niños soviéticos que después viajarían por Europa. Era el final de la Guerra Fría y el ambiente tenía algo de extraño: el campamento estaba junto a una base militar y todo estaba estrictamente controlado. “Éramos niños de Estados Unidos, era una cosa medio diplomática”, dice.
Sin embargo, esa experiencia también estuvo atravesada por otra cara del país. Visitaban museos, palacios impresionantes, y tenían acceso a espacios que no necesariamente estaban abiertos al público general. Ese contraste —entre la rigidez del contexto y la riqueza cultural— le dejó una impresión duradera. Le habría gustado ver más, moverse libremente, entrar al metro, observar la vida cotidiana, pero el viaje estaba cuidadosamente contenido.

“Ese viaje cambió mi vida”, recuerda. Al volver, lo tuvo claro: si podía viajar y conocer el mundo a través del arte, quería ser artista. Sus padres lo apoyaron, aunque no sin reserva: “oye, mejor estudia arquitectura, te vas a morir de hambre”. Pero él ya había tomado una decisión.
Con el tiempo, esa inquietud por la arquitectura también encontró eco. Más adelante tuvo la oportunidad de viajar a Moscú, donde volvió a enfrentarse con esa escala monumental y ese lenguaje arquitectónico que tanto le había impresionado desde joven. El artista siempre ha insistido en que su trabajo muestre una identidad real:
«Al final, yo soy el filtro; todo pasa por mí, y lo que me impacta se queda en fragmentos. De repente empiezan a salir estas traducciones en un sistema más global, pero con mucho sentido de mi cultura, de lo que conozco »– Eduardo Sarabia.
Parte tanto de la idea como del material para dar forma a su obra: “Mucho de lo que México me ha ofrecido hoy —el acceso a distintos materiales, las artesanías que me encantan, la producción de bebidas alcohólicas, la cerámica, los tejidos en fibras naturales— se me hace súper interesante. Lo incorporo y se convierte en un lenguaje más abierto para contar diferentes historias”.
Las cerámicas, por otro lado, son un proyecto que lleva años desarrollando. “Siempre pienso que las hago cada vez menos, pero han funcionado como una especie de cuaderno: ahí dibujo cómo me siento, las ideas, los conceptos, lo que leo en las noticias, la política. No para. Me gusta trazarlas y guardarlas como si fuera un diario”.

El año pasado inició una colaboración de tapetes con un proyecto que se llama Mugal, que producen en la India, para presentarlos de una manera distinta. “Me parecía interesante crear un listening room. Los tapetes, más allá de estar expuestos, tienen un uso particular: absorben muy bien el sonido. Ahora, está enfocado en una comisión en Napa, en un viñedo que se llama Bella Union, en California, donde hará una instalación y una serie de piezas durante 2026.
Pero por el momento, lo que más le preocupa es la música: qué sonará en su presentación; un vinilo vintage de Kraftwerk encabeza la lista. “Pude traer un equipo de alta fidelidad para escuchar discos y generar estas sesiones de venir, poner música y escuchar. La idea era construir un espacio dentro del estudio, casi como un cuarto secreto, para recibir gente, platicar y contar historias. Un espacio íntimo, casi secreto”, finaliza.
