Ya sea por su diseño, por lo que simbolizan o por el arte y la intención que hay detrás, estas son cinco portadas representativas del rock iberoamericano.
Como dirían Los Prisioneros —el grupo de rock chileno que por cierto, spoiler, forma parte de este listado—: “Elvis, sacúdete en tu tumba” en su canción «We are sudamerican rockers».
Estos discos en español, sin necesidad de circo ni clichés latinos ni castizos en el medio tiempo del Súper Bowl —como el que acaba de suceder—, mostraron identidad y resistencia local.
«Clics Modernos» de Charly García (1983): Cómo volverse moderno de la noche a la mañana
El álbum que convirtió a Charly García en lo que tanto renegaba en canciones previas como “Raros peinados nuevos” (donde de forma irónica se refería a la música moderna como algo más bien pasajero y superficial) se distinguía, además de canciones como “No soy un extraño” u “Ojos de videotape”, por una icónica portada.
Esta mostraba a Charly posando en Nueva York en la esquina de Walker Street y Cortlandt Alley, junto a un grafiti del artista urbano canadiense afincado en Manhattan, Richard Hambleton.

La portada representa la modernidad del rock argentino post-Malvinas y dialoga con la esencia de vanguardia de un disco plagado de samplers —poco habitual en ese momento en la tradición sudamericana del rock— y cajas de ritmos. Todo, entrelazado con el tango y un particular new wave.
En noviembre de 2023, la calle donde se tomó la foto fue oficialmente rebautizada como Charly García Corner. El hecho se dio en conmemoración de los 40 años del lanzamiento del álbum y en correspondencia con su influencia cultural.
«Dynamo» de Soda Stereo (1992): Cambiando de década y de imagen
Gustavo Cerati y Zeta Bosio —respectivamente cantante/guitarrista y bajista de Soda Stereo— venían del mundo de la publicidad. Por ello, era natural que la imagen y el arte de sus discos buscaran el mismo nivel de exigencia conceptual que sus canciones. En Dynamo, el grupo se acercaba al sonido shoegaze y dream-pop (muchas guitarras etéreas y muros de sonido) de sus contemporáneos británicos como My Bloody Valentine y sobre todo, de los escoceses Cocteau Twins.
Eran los 90 y lejos quedaba su sonido dark a la sombra de The Cure o Echo and the Bunnymen y su reciente etapa de rock ácido con Canción animal, el disco previo. El arte de Dynamo estaba en total correspondencia con discos como Heaven or Las Vegas de los mencionados Cocteau Twins. Los colores y las texturas ensoñadoras del disco tienen clara referencia a dicha portada publicada dos años antes.

El artista gráfico argentino Alejandro Ros —quien es parte de la primera generación de egresados de la carrera de Diseño Gráfico en su país—fue el director de arte y responsable del concepto visual del disco. Por otro lado, Gaby Herbstein se hizo cargo de las fotos interiores. Sin duda, una de sus carátulas más elegantes, que además encapsula toda una época.
«La canción de Juan Perro» de Radio Futura (1986): Abrazando la latinidad y a Juan Rulfo
Ya totalmente alejados de sus raíces de pop de la nueva ola y de la movida madrileña que los hizo cantar himnos glam como “Enamorado de la moda juvenil”, y más bien entregados a la fusión de rock con sonidos latinos, Radio Futura apostaron por engalanar en ese estilo la portada de una de sus obras cumbres de mediados de los 80. El arte con una imagen entre rústica y futurista, rendía tributo a la imaginería del pueblo fantasma mexicano de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo.

La tapa, firmada por el entonces emergente pintor y arquitecto español Juan Navarro Baldeweg —en algún momento posterior Premio Nacional de Artes Plásticas y Medalla de Oro al Mérito de Bellas Artes, entre otros reconocimientos—, procede de una pieza titulada “El canto del gallo”. En este track, uno de los temas firmados por Auserón incluidos en el disco, el músico canta sin negar la cruz de su parroquia literaria: “Hay agua abundante en este páramo y han vuelto los colores a su rostro”.
«Corazones» de Los Prisioneros (1990): Símbolos y canciones de amor
Diseñada por el artista Vicente Vargas, la portada del disco que llevó por derroteros más terrenales y menos políticos al grupo chileno, presenta el torso de Jorge González, el cantante y compositor del grupo, con una camisa blanca ensangrentada.
La mancha de plasma se nota intencionalmente en el lado contrario del corazón. La idea: simbolizar un amor inalcanzable, tal como sucedía en la vida real con el tema del triángulo amoroso que se dio en el grupo entre González, la esposa de su ex compañero Claudio Narea y este último.

Aunque en reediciones de 1995 se invirtió la imagen, la fuerza simbólica de un corazón destrozado junto a canciones tan románticas como obsesivas del calibre de “Estrechez de corazón” o “Tren al sur”, permanece como uno de los momentos más icónicos del rock —en este caso un rock salpicado de synth-pop— cantado en español. Sin duda, se trata de una portada muy ad hoc y cargada de simbolismo.
«Re» de Café Tacvba (1994): México, el mestizaje y los ciclos
A menudo se dice que este disco doble de la agrupación mexicana es el equivalente latino de The White Album de The Beatles. Y eso viniendo de Argentina, donde hay hasta una Iglesia dedicada a Maradona (la de México cerró el año pasado por contar con pocos feligreses, y es un dato real) y suelen estar más bien orgullosos de su identidad local, lo convierte en un halago mayor. Personalmente, la aseveración se me hace una exageración, pero lo cierto es que tanto la ecléctica parte musical como el arte alrededor, sí son una muestra de querer llevar las cosas al siguiente nivel.
La portada diseñada por el cantante del grupo, Rubén Albarrán y por el artista conceptual y activista Sergio Toporek, presenta un caracol prehispánico que representa la visión cíclica del álbum, el mestizaje y un viaje hacia la identidad local. Esta idea, se presentaba de una forma más lúdica y mucho más divertida que como lo pretendió plasmar Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad.
No por nada, a manera de emancipación, una de las canciones («El fin de la infancia») reza (o más bien grita). «Seremos capaces de bailar por nuestra cuenta».

El arte del disco, que en su versión en cassette en los años 90 se entregaba una cajita de cartón, estaba acompañado de diferentes elementos gráficos. Este diseño se aprecia a la distancia como un auténtico esfuerzo de presentar un álbum en el que sonidos de bolero, rock industrial, mambo, disco, funk y electro-pop se desplegaban como una obra integral.
Sin lugar a dudas, estos discos dejaron huella no sólo por su contenido musical, sino por esas apariencias que a veces engañan, pero que aquí sí que iban alineadas de un concepto.
