Julio Cortázar, autor de historietas: de cómo escribió un cómic de Fantomas

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El escritor fue, por un momento, personaje de cómic. Apareció dibujado en una historieta mexicana de Fantomas, el enmascarado que había nacido en la tradición francesa y que en México adquirió una vida renovada. 

La anécdota no fue menor. A partir de ese gesto, Julio Cortázar emprendió uno de sus experimentos más curiosos: convertir una historieta popular en un artefacto literario y político.

Esta es la historia de cómo surgió Fantomas contra los vampiros multinacionales.

Portada de Fantomas contra los vampiros multinacionales, de Julio Cortázar.

Julio Cortázar se mira a sí mismo dibujado

En 1975, Cortázar recibió en París un ejemplar de Fantomas, la amenaza elegante. Un amigo se lo envió con humor: “mira, cuando un escritor entra como personaje en un cómic, eso ya es la celebridad mundial”. Al abrirlo, se encontró retratado con bastante fidelidad física. No estaba solo.

En esas páginas también aparecían autores como Octavio Paz, Alberto Moravia y Susan Sontag. Todos llamaban por teléfono a Fantomas para alertarlo: algo ocurría con los libros del mundo. Algún desquiciado estaba quemando bibliotecas enteras. También amenazaba a escritores.

Julio Cortázar conversa con Fantomas. Foto: Editorial Novaro.

La escena tenía algo cortazariano: escritores reales convertidos en personajes de ficción, la cultura en peligro, la frontera indefinida entre lo serio y lo lúdico. Pero nadie había pedido permiso a Julio Cortázar para incluirlo en la historia.

«Si esta gente me ha utilizado como personaje de un cómic sin pedirme permiso, ¿por qué yo no voy a utilizar una parte de este cómic sin pedirles permiso a ellos? Creo que tengo ganado el derecho moral» — Julio Cortázar

Fantomas: de París a México

Fantômas nació en Francia, en 1911. Fue creado por Marcel Allain y Pierre Souvestre. Se trataba de un villano sofisticado, un ladrón avaro y sin piedad. Con el tiempo, el personaje se convirtió en un clásico.

Fantômas, 1911.

Hacia la mitad del siglo XX, fue reinventado en México por Editorial Novaro como un justiciero moderno, rodeado de tecnología y simpáticos ayudantes. El tono fue deliberadamente cambiado: ya no era un criminal oscuro, sino un personaje elegante que enfrentaba conspiraciones internacionales.

Portada de Fantomas, la amenaza elegante. Foto: Editorial Novaro.

Pero la editorial registró el personaje como propio y pagó a sus creadores originales una sola vez, sin regalías. Guillermo Mendizábal, quien tuvo la idea de adaptar a Fantomas en México, fue despojado por la editorial. Con el éxito asegurado, los guiones pasaron a otras manos. Entre quienes los escribieron estuvo Gonzalo Martré, que durante años alimentó la serie con nuevos recursos narrativos.

Uno de esos guiones fue “La inteligencia en llamas”. En él, una secta incendiaba bibliotecas y amenazaba autores en varias ciudades del mundo. Fantomas consultaba a intelectuales reales para descifrar el misterio. Allí apareció Cortázar, convertido en personaje de historieta.

Fantomas: la inteligencia en llamas. Foto: Editorial Novaro.

La travesura y el giro

En lugar de ignorar la situación, Cortázar hizo algo más interesante. Pensó que si la historieta lo había usado sin pedirle autorización, él mismo podía usarla también. Tomó algunas imágenes del cómic, eliminó lo que no le servía y escribió un texto nuevo alrededor de ellas.

El resultado fue Fantomas contra los vampiros multinacionales, folletín publicado en 1975 por el diario Excélsior con un tiraje amplio y venta en quioscos. No era exactamente un cómic, tampoco una novela. Era un relato en prosa intervenido por las viñetas originales.

Durante buena parte del libro, el lector sigue una aventura que mezcla ficción y comentario político. Pero el final cambia de registro. De pronto, el juego y la aventura desembocan en un documento jurídico.

¿Qué era ese Tribunal Russell II cuya sentencia aparecía al cierre de una historia de Fantomas?

El documento al final del juego

El Tribunal Russell II fue una instancia internacional que, en los años setenta, examinó violaciones a los derechos humanos en América Latina. Cortázar participó en sus sesiones y quedó impactado por la escasa difusión mediática de sus conclusiones.

En su versión de Fantomas, la quema de libros ya no es obra de fanáticos aislados. Es el síntoma de un sistema que impone un modelo cultural, económico y una forma de vida. El enemigo una estructura generalizada.

Julio Cortázar, autor de Fantomas contra los vampiros multinacionales. Foto: Revista Panorama

El libro combina entonces tres materiales: la prosa reflexiva de Cortázar, las imágenes de una historieta popular y un documento jurídico real. El montaje es deliberado y consciente. La aventura sirve de puerta de entrada; el documento, de aterrizaje brusco en la realidad. El escritor lúdico no abandona el juego, pero lo lleva hacia un documento de la realidad y de la violencia. Usa un héroe de quiosco para hablar de política internacional.

Cortázar, Fantomas, el juego

Fantomas contra los vampiros multinacionales no es una rareza menor dentro de la obra de Cortázar. Es una muestra de su voluntad de experimentar con formas y soportes, y de llevar la literatura fuera del libro tradicional. 

El cruce entre viñetas y documento jurídico produce un efecto específico: el lector entra por la curiosidad y termina ante un escenario inquietante y doloroso. Fantomas, figura elegante del entretenimiento, se convierte en vehículo para hablar de poder, cultura y violencia.

El gesto condensa una idea persistente en la obra de Cortázar: jugar no es huir de la realidad, sino encontrar otra manera de mirarla.

Armando Navarro
Armando Navarro
Armando Navarro / redactor y articulista. Licenciado en Letras Iberoamericanas por la Universidad del Claustro de Sor Juana y maestro en Teoría Crítica por el 17, Instituto de Estudios Críticos. Ha colaborado en medios como la Revista Tierra Adentro, la Gaceta del Fondo de Cultura Económica, la Revista de la Universidad de México y las plataformas digitales de N+. Escritor, cineasta experimental, padre y chef personal de un niño de cuatro años al que no le gusta el queso.

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