Hace tiempo leí un tweet sobre él, decía: “Jorge Méndez Blake es un escritor que hace esculturas”. Durante la pasada Semana del Arte en Guadalajara pasé a visitar su obra en su estudio abierto, a platicar con él y descubrir si sus piezas se leen o no.

“Siempre estoy jugando con ese concepto de que mi obra se lea”, me confiesa sobre la idea de ser o no ser artista visual, escritor o poeta. “Me gusta experimentar la intensidad de escribir un poema», afirma, a sabiendas de que no lo va a lograr porque no se para de la cama a escribir como lo hace un escritor que le dedica ocho horas al día a ello.
«Yo me dedico a hacer arte donde está incluida la escritura como una parte del proceso”. Me advierte que trata de ser cuidadoso con esa comparación, pero que le gusta que se genere ese debate.
El libro más que un objeto de lectura
La trayectoria de Méndez Blake —con presencia en espacios como el Museo Cabañas, MARCO, el Palm Springs Art Museum o el Musée d’Art Moderne de París— no se entiende solo como una suma de exhibiciones, sino como la expansión constante de una misma idea: poner en tensión la literatura dentro del espacio físico. Sus obras, hoy presentes en colecciones como la National Gallery of Victoria, la Colección Jumex o el MUAC, insisten en esa exploración donde el libro deja de ser únicamente un objeto de lectura para convertirse en materia, estructura y detonador de sentido.
Al conocer su estudio y su trayectoria, queda mucho más claro: sus piezas no fueron creadas para ser exhibidas en una biblioteca. La gigantesca garita llena de esculturas de gran formato, proyectores, hojas impresas, pintura y materiales que revelan que lo suyo es no apostar por un elemento exclusivo.
En la entrada nos recibe un automóvil sin rines ni llantas. En su lugar, una pila de libros sostiene la carrocería de una pieza llamada Haiku for Parking Lot (LTD), 2020-2026 La imagen admite muchas connotaciones, pero la recepción, la sala de arte y el estudio convertido en una especie de garaje dan indicios claros de por dónde va su trabajo.

No sabemos qué libros hay bajo el automóvil, pero un purista pondría el grito en el cielo, como cuando alguien usa cualquier volumen para sostener la pata defectuosa de un mueble. Emplear la literatura para esos fines sería, para alguien celoso del simbolismo del libro impreso, casi como quemar las letras, al modo de los bomberos incendiarios de Fahrenheit 451.
No hay nada sagrado en el arte
Pero para Méndez Blake no hay nada sagrado, y cualquier libro podría haber estado en su pieza como material de utilería. “Podría poner el que fuera. Creo que, más allá de cuestiones religiosas o del canon sagrado de la literatura, todo es totalmente vulnerable y totalmente digno de ser utilizado, distorsionado, destruido, vandalizado… y le va a hacer bien”.
«Todo se vale. El artista es libre de hacer lo que le dé la gana, no hay fórmulas. Con los años he aprendido que como artista tienes la libertad total de tus procesos, hacerlos y rehacerlos y reinventarlos cuando quieras»– Jorge Méndez Blake.
El factor sorpresa también es parte del encanto del arte. Una pieza inmensa de ladrillos no pasaría de ser una imponente muestra de arquitectura sino fuera por una pequeña nota que está enclavada en medio de los tabiques, una frase en inglés que se traduce como: «Cada poema es el último poema».

Otras de sus obras a gran escala que lucen ahí, en proceso de ser terminadas en el Estudio Jorge Méndez Blake, son dibujos como Defiende la democracia (Teatro VI) / Defend Democracy (Theater VI), 2025: «Son como recordatorios de lo que hay que defender, la democracia y la poesía, por ejemplo», apunta. «La poesía no necesariamente es democrática. Pero empezaron en el mismo lugar, que es en el teatro griego», añade.
¿Construir es igual a destruir?
Así como la literatura, la obra de Méndez Blake apela a que el visitante vaya encontrando la narrativa entre mensajes, consignas y un déjà vu hacia obras literarias que pueden estar inscritas lo mismo en una enciclopedia que en un fanzine. “Y para ello utilizo mucho la estrategia de escalas distintas. Es decir, gran escala versus escala muy pequeña. Eso te hace descubrir cosas a partir de que vas habitando las piezas».
Ante la pregunta de que si él se considera un destructor de lo anterior o un constructor de algo nuevo, responde: «Yo no sé si construir es igual a destruir o si destruyendo construyes. Es buena esa ambigüedad. Yo utilizo una estrategia que consiste en desmantelar un texto, desbaratarlo y destruirlo. Con suerte se hacen nuevas lecturas»
En ese sentido, Méndez Blake siempre piensa en el espectador como un lector y en cómo va a leer la obra. “Con el libro puedes hacer clic o no. Con la obra debe ser similar y tiene que ver con la manera en que tú descubres algo y lo lees».
El sumergirse en las tipografías también es parte de sus procesos: “El momento en que empiezo a intervenir y a incidir en la tipografía, en la escala y en la manera en que una letra se conecta con otra, empiezan a aparecer nuevas lecturas”, afirma.
Arte en capas
Siempre ha sostenido que las obras tienen diferentes líneas de interpretación: una que es visual, de primer acercamiento. Pero luego, como a una cebolla, le vas quitando capas y vas descubriendo cosas. «Yo prefiero trabajar con una idea y extenderla hasta el límite posible», asegura, «como artista tienes que conocer y estar cómodo con lo que estás hablando».

Para el artista, exponer Guadalajara es un reto mucho más fuerte que, digamos, París, «porque es tu tierra. Todo el mundo te conoce, todo el mundo conoce tu trayectoria. Si llegas a Tokio a una exposición donde nadie ha visto tu trabajo, pues pongas lo que pongas es nuevo», confiesa, y reconoce que la crítica del arte en México, es muy particular: «Es tan difícil hacer arte y ¿todavía alguien llega a acabarte y criticar tu obra? Yo creo que por eso es que aquí la crítica es tan bondadosa».
Al final, la pregunta inicial —si sus piezas se leen o no— parece perder relevancia. La obra de Méndez Blake no busca responderla, sino desplazarla: leer deja de ser solo recorrer palabras para convertirse en una forma de habitar espacios. En ese juego entre artista y espectador, todos terminamos, inevitablemente, convertidos en lectores.
