Eran años estridentes y nihilistas. En un contexto de angustia marcado por la generación X —y por un mainstream que entendía que era más fácil vender productos menos producidos— surgió en España Un soplo en el corazón de Family. Un disco discreto, casi escondido, al margen de la moda juvenil de la época, pero con un timing que, con los años, lo llevaría a calar hondo en la historia del pop en español.

Donostia y el culto a Family
Publicado en 1993, el único álbum del dueto de San Sebastián es hoy una pieza de culto. Un misterio que, 33 años después, se mantiene intacto: inmóvil, consciente de sus alcances, de su producción austera, del pequeño universo que habita. Y sí, alimentado por el círculo de fans —muchos de ellos periodistas o músicos— que mantienen encendida la llama. “Y cierra siempre bien tu pequeño mundo, en él podrás curar cualquier herida…”, cantan en “Al otro lado”.
Un soplo en el corazón y el «Donosti Sound»
Un soplo en el corazón es considerado la obra cumbre del llamado “Donosti Sound”: una escena periférica, alejada del mainstream, caracterizada por un pop delicado, íntimo y melancólico. Ahí orbitaban bandas como Le Mans o Aventuras de Kirlian. Y casi nadie se atreve a rebatirlo.
Donostia-San Sebastián, ciudad costera del País Vasco, es conocida por sus playas, sus festivales de cine y su arquitectura belle époque, reflejo de su cercanía con Francia. En 1997, Mikel Erentxun —ex Duncan Dhu, criado ahí— cantaba: “Escribo una postal sin destino. Ojalá no estuviese aquí. En este país hermanastro del mar…”. Era su versión de “Everyday Is Like Sunday”, de Morrissey, probablemente uno de los referentes de Family, donde el británico cantaba: “This is the coastal town that they forgot to close down…”. Bien podría referirse a San Sebastián. Así las sincronías del pop.
Javier Aramburu e Iñaki Gametxogoikoetxea
En ese contexto surgió Family, conformado por el diseñador Javier Aramburu y el músico Iñaki Gametxogoikoetxea. Un soplo en el corazón fue editado por Elefant Records en un momento en que el pop español parecía necesitar nuevos referentes. No del silencio —esa plaza ya estaba ocupada—, sino de unos que trajeran sentido de pertenencia.
La movida madrileña había quedado atrás. Lo que vendría después —el revival del tontipop y la recuperación de cierta desfachatez postfranquista— aún no ocurría. A inicios de los noventa, la década anterior ya sonaba anacrónica y los nuevos artistas oscilaban entre cantar en inglés o abrazar el ruido y la autodestrucción del rock alternativo estadounidense.
Family hizo otra cosa. Sin nostalgia evidente por los ochenta ni ansiedad por encajar en los noventa, construyó un sonido propio, reconocible en los márgenes, en ese lado B de las piezas de museo antes conocidas como tiendas de discos.
Sí, el pop de sus coterráneos Duncan Dhu se asoma de forma sutil en sus influencias. Pero, sobre todo, aparece el aire saudade de otros paisanos: La Dama se Esconde, un proyecto de pop oscuro y literario que alcanzó cierto reconocimiento en los ochenta. También está la elegancia de Carlos Berlanga y su tecno-pop intimista, así como el post-punk de Décima Víctima y el tono entre folk, melancólico y anticuado de Vainica Doble.
Family: Influencias sin obviedad
Otra clave: Radio Futura. Quizá no tanto en lo musical, pero sí en lo semántico. Ellos tienen “Nadador” y Family “Nadadora”. “En Portugal” y “Portugal”. “Al otro lado”… también. Las sincronías no siempre son evidentes, pero están.
Proyectos ingleses como Electronic —el dueto formado por Johnny Marr (The Smiths) y Bernard Sumner (New Order, Joy Division)— también funcionan como antecedente. El uso del bajo, las guitarras y las secuencias remite a ese cruce entre melancolía y sofisticación pop.
La ausencia que detona leyenda
El aura del grupo se debe, en gran parte, a su ausencia. Después del lanzamiento, apenas dieron unos cuantos conciertos, no hay entrevistas documentadas y solo existen un par de fotos promocionales. No hay material de archivo ni grabaciones en vivo. Tampoco hay un segundo disco.
Lo que quedó fue una colección de 14 canciones que Rockdeluxe catalogó como el mejor disco nacional de 1994. Pero Family no cantaba cosas como “I Hate Myself and Want to Die”, como Nirvana. No se alineaban con esa estética de autodestrucción que dominaba los noventa.
“Hay un cuerpo girando en la cocina al final de una cuerda atada a una viga. Toda la tarde viendo películas”, cantaban Los Planetas, abrazando la brecha generacional entre su época y la inmolación de Ian Curtis, otra figura trágica de cuyo grupo, Joy Division, surgiría poco después New Order.

Family: nostalgia y sentimentalismo
Family cantaba sobre convertirse en delfines o ballenas azules y nadar en el fondo del mar («El bello verano»). Sobre personajes sensibles enamorados y obsesionados por chicas con piel color membrillo que se sumergían en albercas («Nadadora»). O acerca de travesías por carretera reimaginadas como viajes a los sueños polares. También sobre amores imposibles y silenciosos como en «Carlos baila»: «Les veo bailar callados, sobre un amor tan fuerte, ella dirá aquello que él no se atreve».
Pero Family no eran almas viejas. Eran, como decía una de las canciones («Soy un sentimental», no incluida en Un soplo en el corazón, por cierto) de sus primeros demos, una suerte de ‘nostálgicos de vanguardia’: “Ya no espero nada, qué puedo esperar, vivo de recuerdos, pero, ¿cómo lo voy a evitar?: soy un sentimental».
En “En el rascacielos”, un personaje observa el mundo desde lo alto y toma decisiones con una mezcla de claridad y resignación. Todo envuelto en guitarras repetitivas, voz fría y atmósferas internas muy marcadas. Totalmente ad hoc al synth-pop que el grupo desplegaba y sus atmósferas de drama interno: «Desde aquí domino el gran país, este rascacielos es gigante. Alguna tarde siempre de octubre, despejado todo el horizonte, veo claro el porvenir», cantan entre optimismo y resignación.
Largo es el camino: Los himnos de amor y desamor de Family
Más adelante las letras recetarían justo la otra cara de la moneda. En «El mapa» es contundente el desosiego de no mirar las cosas con claridad: «Largo es el camino, oscuro el mapa del viajero que otea el horizonte, parece tan cansado, tantos cambios en el mapa que había dibujado», canción que luego fuera ruidosamente reversionada por Los Planetas en el disco tributo Un soplo en el corazón – Homenaje a Family (CD, 2003).
Pero en Un soplo en el corazón también hay himnos al desamor. Como en «Como un aviador», donde cambian de aire y narran un romance frustrado en las líneas: «Más de una vez te he querido abrazar, por temor a perderte después. Suelo pensar en aquel aviador, que no pudo evitar el volcán». o en «Martín se ha ido para siempre». Y en canciones llenas de romanticismo cinematográfico que un no-iniciado catalogaría como naives, cuando cantan: «Porque que tú eres la estrella de mi corazón, surcando el cielo de nuestro amor, me gusta mirar tu cara graciosa cuando bebes limón» en «Dame estrellas o limones».
El 0,01 fan de Family
«Javier Aramburu e Iñaki Gametxogoikoetxea son idolatrados por un 0,01 por ciento de la población que en este país es receptor activo de música y son ignorados por el resto. No son despreciados, tampoco ninguneados», dice el periodista César Prieto (autor de Un soplo en el corazón. El misterio de Family [2021]) en la web efeeme.
El culto se ha mantenido durante décadas. Alimentado por discos homenaje donde a muchos fans mexicanos de la música independiente nos tocó conocerlos extemporáneamente. Si bien llegaban al continente los ecos en publicaciones especializadas donde se citaba al mejor disco de música indie en español que ha existido», el álbum era inconseguible por estos lares.
La consolidación del heróico y la vez infame Napster —uno de los presuntos implicados en que hoy ya no existan los discos tal como los conocíamos— a principios de los 2000 y de revistas como la mencionada Rockdeluxe hicieron que el acceso fuera más fácil y así, el mito de Un soplo en el corazón se extendió más allá del circuito alternativo español.

Family: el origen del mito
Así, los fans latinoamericanos de la música indie nos enteramos de que en sus orígenes, el dueto había formado parte de un par de grises agrupaciones como La Insidia o El Joven Largarto. Que en los inicios le enviaron un casete pintado de plateado a los fundadores del sello Elefant, Montserrat Santalla y Luis Calvo. Que Alaska y Nacho Canut (Fangoria, ex- Dinarama) los apoyaron en sus inicios. Incluso grabaron un single en conjunto: una versión de «El signo de la cruz» de Décima Víctima.
Supimos que hubo planes que nunca se concretaron: un segundo disco que giraba en torno a un astronauta perdido en el espacio. Que después del hito que representó aquel disco surgieron muchos grupos que siguieron la estela de su sonido y esencia: Mirafiori, Dar Ful Ful —y su único álbum El artista adolescente—, Nadadora y más, tan solo en España. Lo mismo que el dueto Montevideo (sí, hispanos-uruguayos) o los argentinos Modular, quienes participan en otro de los discos de versiones a Family que ha publicado Elefant con los años,
Family tras la disolución
Supimos un poco más de su historia. Detalles que si bien los hicieron más terrenales, tampoco arrojaron mucha luz sobre el enigma detrás del grupo y su separación imprevista e irreversible.
Tras la disolución, Javier Aramburu (voz, guitarra y programaciones en Family) continuó su carrera como diseñador e ilustrador. Antes de Family, ya había realizado portadas para agrupaciones como Aventuras de Kirlian y posteriormente, las tapas de álbumes para Los Planetas y también el LP Crepúsculo de Duncan Dhu. En su vida profesional más allá de Family, también ha mantenido el halo de misterio y no suele hacer apariciones públicas ni dar entrevistas.
Iñaki Gametxogoikoetxea (bajo y programaciones) se volvió aún más invisible y se retiró de la música tras Un soplo en el corazón. Ambos viven en San Sebastián aún. O eso parece.
Recítame un poema mejicano
Una de las líneas de otra de sus canciones, «Al otro lado», decía cosas como «Recítame un poema mexicano, que envuelva nuestra vida hasta la muerte», un poco más elegantes y menos obvios que sus paisanos La Buena Vida cantando: «Yo quiero ser un actor mexicano, para poder llevar uno de esos sombreros tan raros , yo, con mi camisa blanca, tú, con tus trenzas negras largas».
Y justo retomando esas líneas poéticas, en 2008 se lanzó un disco digital (con ediciones en casete) llamado Recítame un poema mejicano: un bonito homenaje al indiepop espanyol en el que artistas mexicanos rendían tributo a canciones independientes españolas. El título (sí, con la palabra «mejicanos» escrita de forma deliberada), rinde a su vez un tributo a esa frase que en la lejanía, es muy evocadora.
«Dios bendiga a Family»
En 2010, quien esto escribe —y aquí el artículo se torna personal— conoció a Luis y Montse en El Imperial de la Ciudad de México donde vinieron a presentar Elefant Records México —siempre les agradeceré la playera de La Casa Azul que me trajeron de Madrid—. Cuando les pregunté algo sobre Family, la respuesta fue una sonrisa un tanto enigmática ahogada por la música de fondo.
En 2018, el grupo español Cariño grabó la canción «Llorando en la limo» del rapero C. Tangana. Pero le cambiaron las líneas de «Dios bendiga a Daddy» por «Dios bendiga el tontipop, Dios bendiga a Family». Y sí, el círculo se quiere hacer más grande, pero siempre recupera su forma original.
