«Sigue la estrella más brillante hasta donde los valientes se atrevan. ¿Qué encontraremos cuando lleguemos allí? La Sagrada Familia, oramos para que la tormenta pronto termine”, dice «La Sagrada Familia», tema del álbum Gaudi (1987) de The Alan Parsons Project (te recomendamos que pongas la canción de fondo para leer lo siguiente).

Medio siglo antes de este lanzamiento discográfico, en 1926, Antoni Gaudí, el arquitecto convertido hoy en mito, había fallecido a los 73 en Barcelona, atropellado por un tranvía. En ese momento no era una figura tan valorada. Se le consideraba excéntrico y fuera de tono frente al racionalismo arquitectónico entonces en boga, que proclamaba principios como “la casa es una máquina de habitar”.
Y que además veía en los elementos decorativos poco menos que un lastre.
Los últimos días de Gaudí
El otrora dandi era, en esa década de los 1970, un resquicio del pasado, representante de un modernismo catalán de principios del siglo XX que ya no tenía los reflectores encima. El futuro se imaginaba entonces bajo una lógica constructiva que desterraba la ostentación, y Gaudí se asemejaba a un ídolo anacrónico caído. Tanto, que tras el accidente pasaron varios días antes de que alguien lo reconociera. En los servicios médicos —que está documentado que lo atendieron sin tanto apremio— pensaron que se trataba de un vagabundo sin papeles ni identificación.

Está documentado que en sus últimos años, el arquitecto vivía en austeridad, por convicciones religiosas y tras una decepción amorosa que lo marcó profundamente. No era, sin embargo, un marginado como algunas leyendas han sugerido. Tras su muerte, la construcción de una imagen romántica del arquitecto comenzó pronto: su biopic de 1960 intentó mitificarlo, aunque sin lograr captar la complejidad ni la dimensión de su obra.
Pero su rehabilitación intelectual no vendría del cine, sino del territorio de la vanguardia artística. Poco después de su partida, un personaje más surrealista que la melancólica letra de Alan Parsons, entró en escena: Salvador Dalí, quien emprendió una reivindicación de la figura de Gaudí.
Una belleza “aterradora y comestible»
Entre 1928 y 1929, el artista de bigote rococó —como, con algo de cursilería, lo nombraría José María Cano en la canción “´Eungenio´ Salvador Dalí” de Mecano, en 1988— publicó artículos sobre Gaudí en la revista L’Amic de les Arts, donde lo presentaba como un visionario, casi un pre-surrealista, destacando el carácter orgánico y espacial de su arquitectura.

Más tarde, en 1933, en la revista surrealista Minotaure, Dalí publicó el ensayo De la beauté terrifiante et comestible de l’architecture Modern’ Style (“De la belleza aterradora y comestible de la arquitectura Modern Style”), en el que calificaba la arquitectura modernista —especialmente la de Gaudí— como poseedora de una belleza “aterradora y comestible”. La metáfora —favor de no intentar morder un muro al visitar la basílica— era muy daliniana: veía esos edificios como formas orgánicas, sensuales y casi digestivas, organismos vivos que podían saborearse con la mirada.
Para Dalí, Gaudí no construía edificios, sino formas vivas. Llegó a describir la Sagrada Familia como una arquitectura que parecía crecer como materia, y consideraba a Gaudí el único arquitecto verdaderamente importante del modernismo.
«Santo Gaudí, ruega por nosotros»
Con el tiempo incluso se inició en la Iglesia católica un proceso de canonización que lo declaró Siervo de Dios. ¿El futuro santo de los arquitectos? Si se registrara un milagro comprobado —además de haber logrado que Dalí mostrara algo de humildad— no sería imposible.
Así comenzó el camino de su revalorización. En los años cincuenta se organizó una gran muestra en el Saló del Tinell, en Barcelona. Esa misma década, una exposición en el MoMA de Nueva York consolidó su proyección y afianzó su aura internacional más allá de España.
2026: El Año Gaudí
Hoy, en 2026, Barcelona se convierte en escenario cultural con motivo del Año Gaudí, la conmemoración del centenario de su fallecimiento. La celebración, organizada por la Generalitat de Catalunya, el Gobierno de España y el Consejo Gaudí, arrancó el 19 de marzo con un servicio religioso y un concierto del Orfeó Català en la Sagrada Familia, y se despliega a lo largo del año con exposiciones, conferencias, visitas especiales y actividades en espacios emblemáticos como la basílica y la Casa Batlló.

La conmemoración coincide, además, con la designación de Barcelona como Capital Mundial de la Arquitectura 2026, lo que amplifica la atención sobre el legado de Gaudí en el contexto contemporáneo.
Y sí, también se vale celebrarlo con un pastel inspirado en su obra, como los que ofrecen diversas pastelerías —principalmente en Barcelona— que recrean el trencadís con fondant o chocolate para evocar la fachada de la Casa Batlló o las formas orgánicas de la Sagrada Familia.
A Dalí, sin duda, le habría gustado la idea. Y probablemente habría repetido rebanada.
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