La colección Micha Levy en Madrid: una casa, una mirada, un siglo de arte mexicano

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De Diego Rivera a Miguel Covarrubias, De Rufino Tamayo a Nahui Olin, la colección privada de la familia mexicana Micha Levy se despliega por primera vez en España como un relato íntimo que no se exhibe, se habita.

Sala de exposición con pinturas del arte mexicano del siglo XX colgadas en paredes blancas en la Fundación Casa de México en Madrid.
Vista general de la sala dedicada a Diego Rivera de la colección Micha Levy expuesta en la Fundación Casa México. Foto: Cortesía Fundación Casa de México en España.

Bienvenidos a casa

Rebeldías vanguardistas del siglo XX no es solo una exposición. O no exactamente. De hecho, es algo que no termina de encajar en la palabra. Quizá porque lo que se despliega aquí no responde del todo a una lógica curatorial convencional ni a un relato lineal. Es otra cosa. Una casa reubicada. Una memoria organizada en habitaciones sucesivas en las que una sorpresa abre paso a otra más interesante. O a un relato en capítulos. O un folletín como en la que los buenos, los héroes y las heroínas triunfan pese a todo. Y dejan memoria. Y es también una forma de espiar una casa que de pronto deja de ser curiosidad morbosa de lo individual para hacerse propiedad pública. 

La primera sala engaña. Blanca. Limpia. Respirada. Quizá, demasiado perfecta. Las obras están colocadas con una distancia que en cualquier museo parecería natural. Aquí no lo es. Aquí es casi una ficción. “En casa esto no se ve así”, explica Moisés Micha, el hijo del empresario y mecenas Marcos Micha Levy y su esposa Vicky Smeke, dueños y mentores originales de la colección, quien nos acompaña mientras avanzamos por las salas expositivas del singular palacete levantado en los veinte del siglo pasado por Luis Bellido en el barrio de Arapiles en el que se aloja la Fundación Casa de México en Madrid. “En casa conviven. Aquí… aquí las puedes entender”. Y lo que se entiende enseguida es que esta exposición no trata solo de arte. Trata de distancia. De lo que ocurre cuando lo íntimo se separa de sí mismo.

El momento en que todo se vuelve serio

Hay una escena que Moisés cuenta sin dramatismo, pero que contiene toda la historia. Nueva York. Finales de los setenta. Dos frescos de Diego Rivera comprados por teléfono.“Pesaban… uno como ochocientos kilos y el otro casi una tonelada”, recuerda. “Y fuimos a verlos. Yo tenía once años. Y ahí entendí que esto iba en serio”.

Ese en serio no es económico. No tiene que ver con el precio. Tiene que ver con el peso (literal y simbólico) de lo que entra en una casa cuando entra el arte. Rivera no aparece aquí como un nombre más. Aparece como origen. Como punto de partida de una obsesión. No es el Rivera monumental de los murales. O no solo.

Aquí es también el pintor de estudio, el que introduce un espejo en el retrato, el que trabaja la composición con una precisión casi silenciosa, el que deja los alcatraces como una firma íntima. El que cobra por trabajos alimenticios como el retrato, quizá no su mejor paleta, de Nastia Berger de 1943 o la curiosidad por otros personajes alejados de su discurso político o social como el insólito El sombrerero, un retrato del modisto Henri de Chatillon, una personalidad polémica por sus opiniones sobre la moda en México, de 1944.  “Rivera era su gran pasión”, me cuenta Moisés. “Durante años, todo giró alrededor de él”.

Vista a través de una puerta hacia una sala oscura con una obra de Francisco Toledo iluminada al fondo, junto a dibujos en una exposición de la colección Micha Levy en Madrid.
El arte de Mathias Goeritz se despliega en la exposición de la colección Micha Levy, en la que destaca la lámina dorada de su obra Sin Título, 1981. Foto: Cortesía Fundación Casa de México en España.

Construir una casa para algo que aún no existe

Lo extraordinario no es solo lo que se compra. Es lo que se construye alrededor. Después de las primeras obras, la familia toma una decisión valiente: levantar una casa nueva. No sé si más grande. Seguro más alta. “La arquitectura se definió con dobles alturas, con muros grandes, con espacios para obras que todavía no estaban”, recuerda. Se nota algo profundamente intuitivo en ese gesto. Construir el continente antes de completar el contenido. Preparar el espacio como quien prepara una vida.

En esa casa, que sigue existiendo, la colección no se ordena. Se acumula. Se superpone. Se mezcla.“Abunda contaminación visual constante”, me cuenta Moisés, sonriendo. “Pero también hay convivencia.” Aquí, en cambio, en las paredes de Fundación Casa México en España hay lectura. Una, fundamental, la que le ha dado Tiyiana Pimentel Paradoa, la directora y curadora jefa del museo MARCO de Monterrey, quien conoce bien la colección.

«Esta exhibición destaca el rol del coleccionismo privado en México esencial ante la disminución de la adquisición pública de arte», explica Tiyiana Pimentel Paradoa, comisaria de la muestra

Para la comisaria, el coleccionismo privado en México muestra una nueva lectura de las vanguardias latinoamericanas, la trayectoria de Marcos Micha y una historia familiar indesligable que, desde mediados del siglo XX en el Distrito Federal, invita a reflexionar sobre el arte y su vínculo con la política, cultura y sociedad. De lo privado y privilegiado a la didáctica y el compromiso. O así lo queremos leer.  

El arte cuando no es solo inversión

En cierto momento, casi de pasada, aparece una idea que hoy resulta radical. “Mi padre nunca compró pensando en inversión”. Silencio. “Compraba lo que le gustaba. Punto”. En un mercado global donde el arte se mide en retornos y tendencias, esa frase funciona como una grieta. Porque explica todo lo demás. Explica por qué la colección no responde a modas. Por qué no hay ansiedad por completar relatos. Por qué puede permitirse contradicciones. Y, sobre todo, explica por qué hay verdad en el recorrido. Una pared que concentra muchas cosas. Cabezas. Estudios. Bocetos. Fragmentos. Rivera, Siqueiros, Orozco. No están en competencia. Están en conversación.

Pintura de Diego Rivera con un hombre frente al espejo colocándose un sombrero, rodeado de objetos y flores, en la colección Micha Levy en Madrid.
El modisto Henri de Chatillón, 1944, también conocida como El Sombrerero, describe una escena íntima de Diego Rivera que se integra en una pared donde bocetos, retratos y estudios de Rivera, Siqueiros y Orozco no compiten: conversan. Foto: Cortesía Fundación Casa de México en España.

“Este es un boceto para el anfiteatro de la Escuela Nacional Prepraratoria”, señala Moisés. Lo menciona como dato, pero ese es uno de los momentos fundacionales del muralismo mexicano de Rivera tanto temporal, lo inicia en 1922, como el de su ideario político: la educación como motor del cambio social.  “Aquel otro es un retrato de niña adolescente, de algunso años más tarde”. Las referencias son precisas, pero algo interesante ocurre en otro nivel. Las cabezas miran. No todas en la misma dirección. No todas con la misma intención.

El muralismo: un laboratorio de formas

Y de pronto entiendes algo que los manuales no explican: que el muralismo no fue solo un proyecto político. Fue también un laboratorio de formas. Una manera de pensar cómo representar lo colectivo sin perder lo humano. Y un tratado estético en el que conviven las experiencias vividas por sus autores, las vanguardias del momento, no solo París, también Nueva York o Berkeley en el caso del artista de Guanajuato con la influencia del mestizaje, las sensibilidades por las tradiciones originarias… Lo natural, o casi convertido en tratado público, identidad nacional. Construcción.

“La reivindicación del pasado del pueblo mexicano (su historia), y de la adquisición de elementos de la tradición popular (costumbres), serían el signo del nacionalismo mexicano ya que, con el reconocimiento de los grupos diferentes culturales y su unificación en una nueva cultura: la mexicana, apoyaría a la necesidad del fomento de una identidad nacional”, explica Rodolfo Ramírez Rodríguez en su artículo Diego Rivera y las imágenes de lo popular en el nacionalismo cultural. (2013, Tramas, Universidad Autónoma Metropolitana).

Y frente a Rivera, Siqueiros. Una pincelada mucho más radical, vanguardista en lo formal y lo técnico, y el gran disruptor del volumen en el muralismo. Una pieza, Sin título 1973, en la que el pintor de Cuernavaca muestra su potencia ya muy madura, una obra tardía que es un grito frente al silencio sosegado de Rivera. 

El giro: salir de México sin salir de la colección

Hay un momento en que la colección cambia. No de golpe. Pero cambia. “Después de Rivera, mi padre empieza a mirar hacia América Latina”, explica Moisés. Aparecen el chileno Roberto Matta, Wifredo Lam, los artistas cinéticos como Jesús Rafael Soto o Carlos Cruz-Diez. No están aquí (no en esta exposición), pero su huella se nota. Porque explican que esta colección nunca fue cerrada. Nunca fue nacionalista en sentido estricto. Siempre fue una expansión de la mirada. Y, sin embargo, Madrid recibe una decisión clara: concentrarse en México. “Son artistas mexicanos del siglo XX que salen por primera vez juntos a Europa”, nos explica. 

Unos pasos más adelante ahí están José Clemente Orozco, Germán Cueto o la siempre enigmática (por lo poco que hemos dedicado a su estudio fuera de México) Nahui Olin. Mucho menos una escuela cerrada que una multitud de referencias. De Orozco, tres piezas de su época formativa que coincide con la Revolución y en las que el pintor retrata la cara más dolorosa de los conflictos, los ambientes nocturnos… Menos como crítica, nada como costumbrismo. Solo trazos y pinceladas con mujeres, prostitutas, miseria… a punto de su primera exposición La casa de las lágrimas. De Olin quizá los Micha podrían haber elegido cualquiera que reflejara su rebeldía, su espíritu libre o su disidencia.

Alguna que, como nos explica el ensayista José Luis García Álvarez, nos recordara cómo la también poeta y escritora y pionera del feminismo en México, tuvo que buscar estrategias para que su obra se observara como un frente de batalla ante el machismo imperante en el muralismo mexicano y que hoy estudiamos como una relectura de la experiencia femenina en las artes plásticas.

Pintura de Nahui Olin con figuras alargadas y cubiertas por velos frente a un paisaje, en la colección Micha Levy expuesta en Madrid.
Una pieza, Paisaje, 1926, de Nahui Olin conversa con La tragedia del desierto de Manuel Rodríguez Lozano, de 1940. Foto: Cortesía Fundación Casa de México en España.

Las piezas que observamos en la sala, sin embargo, representan escenas más amables. De instantes quizá más sosegados en la turbulenta vida de la pintora capitalina. Piezas para alegrar cualquier estancia. “Era un personaje absolutamente singular”, dice Moisés. “Una mujer adelantada a su tiempo”. Nahui Olin no encaja. Y precisamente por eso importa. Su obra no busca agradar. No busca explicar. Simplemente existe. Y en ese gesto hay algo radical.

Covarrubias: el humor como inteligencia

Poco más adelante la sala cambia de tono. Y ahí aparece Miguel Covarrubias. Caricaturas. Ilustraciones. Personajes imposibles. “Trabajó en Vanity Fair en los años veinte”, dice Moisés. “Y hacía estas series… personajes que nunca pudieron coincidir”. Las famosas Impossible Interviews. Todo con una ligereza engañosa. Porque debajo del humor hay estructura. Hay propuesta, discurso e ironía. Revela una inteligencia visual que sigue funcionando hoy. Covarrubias fue ilustrador, antropólogo, viajero, observador. Su paso por Nueva York lo conecta con el Harlem Renaissance. Su estancia en Bali da lugar a uno de los estudios culturales más influyentes del siglo XX. “Era un hombre del Renacimiento”, insiste Moisés.

Y se entiende la razón a pesar del lugar común. Covarrubias es un hecho distinto en el contexto de esta colección. Como explica Rita Eder, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, es un antropólogo artista, o un artista antropólogo. Pero sobre todo un creador que deambula sin complejos por las brillantes páginas de los glossy magazines sin dejar de lado un interés genuino en entender un mundo que es más que México. Más que Nueva York. Aunque Nueva York se extienda sobre las paredes y las mesas, donde podemos ver algunos ejemplares originales de Vanity Fair, “comprados en eBay”, me cuenta Micha.

Ilustraciones y caricaturas de Miguel Covarrubias enmarcadas en pared oscura, con escenas satíricas y personajes estilizados en la colección Micha Levy en Madrid.
Caricaturas de la serie Impssible Interviews de Miguel Covarrubias en la exposición de la colección Micha Levy en Madrid. Foto: Cortesía Fundación Casa de México en España.

En las paredes, sus retratos políticos de Stalin, Hitler y Ion Antonescu. Más adelante en la sala, sus mapas de las artes, la economía o el transporte en el Pacífico. El océano es el centro del mundo. Para Covarrubias el centro está donde se posa su mirada. No responde a una geografía de metrópolis y colonias.  

“El Tamayo grande”

Unos metros más adelante el recorrido llega a otra densidad. Dos artistas oaxaqueños de generaciones distintas que conviven en París. Rufino Tamayo (lo de “el Tamayo grande” es una feliz intervención de su hermano, el empresario hotelero Rafa Micha el día previo a la inauguración oficial que hace de la pieza incluso algo más de la familia). Tamayo, como nos recuerda la comisaria, es el maestro del color. Francisco Toledo introduce una relación distinta con el arte. Más física. Más material. Más ligada a la tierra. “Fue un personaje clave”, explica Moisés. “Defendió Oaxaca, su cultura, su identidad”. Toledo no solo produjo obra. Produjo contexto. Empujó artistas. Se enfrentó a decisiones políticas. Hizo del arte una forma de acción.

Obras de distinto formato y técnica de Francisco Toledo, quien introduce una dimensión más material y ligada a la tierra y a la problemática de Oaxaca en la colección Micha Levy. Foto: Cortesía Fundación Casa de México en España.

Sacar la casa

En algún punto, la conversación se vuelve política sin quererlo. “En México no hay el mismo nivel de inversión pública para adquirir obra histórica”, explica Moisés. “Las colecciones privadas han sido fundamentales.” No lo dice como queja. Lo dice como hecho. Y entonces todo encaja. Porque esta exposición es también eso: una forma de hacer visible lo que normalmente permanece en lo privado. “Mi padre siempre prestaba sus piezas”, recuerda. “Siempre quiso compartir.”

Hacia el final, volvemos al principio. A la distancia. “Para mí es muy gratificante ver la colección aquí”, dice Moisés. “Porque en casa no la puedes ver así.” Se percibe algo casi paradójico en esa idea. Necesitar salir de casa para entenderla. Las obras, alineadas, iluminadas, separadas, parecen otras. O quizá son las mismas, pero por fin visibles. Antes de despedirnos, una última pregunta. Cómo empezar una colección. Moisés no duda. “Tiene que provocarte algo. Y tienes que querer vivir con eso todos los días”. Nada más. La colección Micha Levy no explica el arte mexicano del siglo XX. Lo atraviesa. Lo fragmenta. Lo reorganiza. Lo devuelve a un lugar donde el arte no es historia o solo inversión. Y al salir, uno tiene la sensación poco frecuente de haber estado dentro de algo. No de una exposición. De una casa.

Rebeldías vanguardistas del Siglo XX. Obras de la colección Vicky y Marcos Micha Levy. 

Hasta el 31 de mayo de 2026. Fundación Casa de México en España. C/ Alberto Aguilera, 20, Chamberí, 28015 Madrid. Entrada Gratuita.

Urbano Hidalgo
Urbano Hidalgohttp://artweekend.mx
Urbano Hidalgo es licenciado en Historia de América, periodista y editor con más de 25 años frente a las pantallas intentando entender y contar el mundo desde el asombro. Los últimos años formando parte de la familia Condé Nast con varios títulos a su cargo (WIRED en Español, GQ México, Vanity Fair México, Vanity Fair España). Vive entre España y México, cree en la edición como forma de pensamiento, en tratar de hacer buenas preguntas y en que las historias se justifican por sí mismas. Hoy impulsa Art Weekends y convive con dos teckels mexicanos que le recuerdan cada día que la curiosidad también es instinto.

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