La nueva colección de Gabrielle Venguer inspirada en México 68 une moda, arquitectura y diseño mexicano para llevar el legado visual de Pedro Ramírez Vázquez al contexto del Mundial de Futbol de 2026.
Gabrielle Venguer es una diseñadora de moda mexicana reconocida por su enfoque experimental en el diseño textil y por difuminar la frontera entre la moda, el arte y el performance.
La idea detrás de su más reciente muestra comenzó hace tres años, durante una visita a la casa del mítico arquitecto y urbanista mexicano Pedro Ramírez Vázquez. Ahí conoció a su hijo, quien le abrió el archivo familiar y le mostró las mascadas con impresiones de la obra de su padre, así como algunas de las piezas que diseñó para los Juegos Olímpicos de México 1968.

«Esa visita se me quedó muy marcada. Conocerlo y ver todo ese material fue muy especial. Después empecé a imaginar que quería hacer algo para el Mundial y me acordé de ese momento. Pensé: ‘Eso es de lo más bonito que se ha hecho en México y me gustaría que regresara con esa fuerza que tiene’.
Pedro Ramírez Vázquez, el diseñador industrial
Entonces lo contacté para preguntarle si le interesaría hacer una colaboración», recuerda Gabrielle, quien me cuenta la historia desde su cuarto de hotel en París, donde acaba de aterrizar.
Sin embargo, más allá de descubrir al arquitecto, Venguer dice que quedó fascinada por su trabajo como diseñador industrial y gráfico. Recorrer la casa fue, en sus palabras, “entrar a un universo creativo que iba mucho más allá de las obras que forman parte del imaginario colectivo mexicano”.

«Realmente ingresar a su espacio está lleno de muchísimas creaciones increíbles. Me fascinaron sus muebles, como las mesas y las sillas hechas a partir de un solo plano de acero cortado que, al ensamblarse de una manera específica, crean el volumen. También sus esculturas de vidrio y toda su obra gráfica, que siempre me había encantado», explica.
La visita al estudio también cambió la forma en que entendía el proceso creativo de Ramírez Vázquez. Descubrió, por ejemplo, su interés por revalorizar objetos tradicionales como el equipal, asiento o sillón tradicional mexicano con raíces prehispánicas, al que buscaba sacar del contexto de cantinas y restaurantes para otorgarle un lugar dentro del diseño contemporáneo.

Op art versus signos prehispánicos
Otra de las revelaciones fue el origen de la identidad visual de México 68. «Muchos pensamos que ese diseño estaba inspirado en el Op Art, pero Javier me enseñó libros y me explicó que en realidad parte de signos prehispánicos. Fue meterme mucho más profundamente a su universo, a sus referencias y a entender cómo llegó a ese diseño.»
Para Venguer, esa mirada resume buena parte del legado de Ramírez Vázquez: una arquitectura y un diseño profundamente contemporáneos que nunca dejaron de mirar hacia los materiales, los símbolos y las tradiciones mexicanas para construir un lenguaje muy particular.
A partir de ese primer encuentro, la colaboración comenzó a tomar forma definitiva. El tiempo apremiaba por la cercanía del Mundial, pero el proceso fluyó de manera casi intuitiva.
«Me estaba enseñando todas las fotos y quedé maravillada, realmente inspirada por el trabajo que ya se había hecho. Entonces me preguntó: ‘¿Qué sigue? ¿Cómo quieres continuar?’. Le dije que, si me permitía usar ese patrón, le haría unas muestras para que las fuéramos viendo.»
Venguer recuerda que recibió libertad creativa total. La única condición era respetar el nivel de calidad que caracterizaba el legado de Ramírez Vázquez.

«Me dio libertad. Solo me dijo: ‘Prométeme que va a tener buenos acabados. Quiero que quede bien’. Después fui a su casa a enseñarle las prendas y así hemos ido avanzando.»
Con esa consigna, lejos de intentar reinventar un diseño que considera icónico, la diseñadora optó por “releer sin imponer una nueva lectura”, y así dialogar con un lenguaje visual que ya forma parte de la historia del diseño mexicano.
El reto de reinterpretar algo que ya era mágico
«Al estar frente a algo tan emblemático no quise poner demasiado de mi cosecha. Era más bien reinterpretar algo que ya era mágico. Ellos tenían siluetas muy clásicas y decidí trasladar esos gráficos a las siluetas que he desarrollado para mi marca durante los últimos seis años.»
Esas formas, explica, se han convertido en el sello de Gabrielle Venguer gracias a años de experimentación con textiles, volúmenes y construcción de prendas.
«Después de estar creando colecciones, explorando y experimentando, llegué a ciertas siluetas que ya son emblemáticas de mi marca. Quise incorporar estos gráficos en ellas para hacer referencia a los clásicos de Ramírez Vázquez desde mi propio universo de clásicos.»
Un diálogo entre el pasado y el mundo contemporáneo
Para Venguer, el lenguaje visual desarrollado para los Juegos Olímpicos de México 68 sigue siendo uno de los referentes más importantes del diseño mexicano. Más que un ejercicio de nostalgia, considera que representa un momento en el que el país logró construir una identidad gráfica propia y universal que no ha sido rebasada:
«Yo creo que no se ha superado el diseño de 1968. Siento que es de lo mejor que se ha hecho en nuestro país», Gabrielle Venguer
Por eso, cuando decidió trabajar con ese legado, buscó establecer un diálogo entre el pasado y el presente en lugar de replicarlo. «Fue tener este diálogo entre el pasado y lo contemporáneo.»
1968 desde una sensibilidad actual
Ese equilibrio también definió la producción fotográfica. La campaña fotográfica fue realizada en la misma casa de Pedro Ramírez Vázquez y recurrió a referencias estéticas de los años sesenta, desde el maquillaje hasta el estilismo, aunque reinterpretadas desde una sensibilidad actual.
«Quería que tuviera ese feeling de la época, pero llevado al presente. En los sesenta una minifalda ya era algo arriesgado; hoy esa idea cambia completamente. Por eso decidimos combinar el body con botas altas. Era hablar ese mismo lenguaje, pero preguntarnos qué significaría hoy, en el contexto del Mundial«.

Aunque esta entrega es una de las colecciones más accesibles que ha realizado, Venguer explica que buena parte de su trabajo nace de la experimentación textil, un proceso que en ocasiones produce piezas imposibles de reproducir. En su estudio, ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad de México, desarrolla manualmente los textiles con los que trabaja. Ahí ha explorado técnicas como el afelpado, llegando incluso a introducir frijoles dentro del material para observar cómo reaccionaba con el tiempo. «Hubo un momento en que puse frijoles dentro del afelpado solo para ver qué pasaba. De pronto empezaron a salir raíces y crecieron plantas.»
Piezas únicas de arte textil
También ha confeccionado vestidos tejidos completamente a mano con elementos poco convencionales, como candelabros, procesos que requieren tantas horas de trabajo que terminan convirtiéndose en piezas únicas de arte textil, más que prendas. «Para mí una pieza es algo que ya no puedo volver a producir. En cambio, el diseño es cuando logro traducir esa investigación a prendas que sí pueden usarse y producirse.»
La colección tampoco nació siguiendo una estrategia comercial tal cual. Venguer reconoce que el proyecto ha evolucionado conforme descubre cómo responde el público. El primer lanzamiento fue un body que despertó un interés inesperado. «Todo el mundo empezó a decir: ‘Yo quiero el traje de baño’.
Y nosotros ni siquiera teníamos ese traje de baño en producción.» Esa respuesta llevó al estudio a ampliar la colección con nuevas prendas y preparar una primera entrega seriada de los diseños que mejor funcionaron, entre ellos los sacos estampados, los pantalones y el propio traje de baño.

Aunque la colección incorpora imágenes del Estadio Azteca y otros proyectos de Ramírez Vázquez, Venguer aclara que la arquitectura no se traduce de forma literal. Durante el desarrollo del proyecto recibió fotografías históricas del archivo del arquitecto y decidió convertir algunas en impresiones digitales para pareos y faldas. Pero la experimentación también ocurrió en la construcción de las prendas.
Ilusiones ópticas más allá de la tela
Uno de los ejemplos es un saco cuya solapa parece existir visualmente, aunque en realidad desaparece cuando se toca. «La solapa está construida para verse, pero cuando la tocas descubres que es un vacío.» En otras piezas, los gráficos inspirados en México 68 fueron plisados para generar nuevas ilusiones ópticas a través del movimiento de la tela.

«Queríamos jugar con esa ilusión visual. Imprimimos el gráfico y después lo plisamos para que cambiara conforme la prenda se mueve.»
Más que reproducir un legado histórico de forma básica, la diseñadora buscó reinterpretarlo desde su propio lenguaje, estableciendo un puente entre uno de los momentos más emblemáticos del diseño mexicano y una nueva generación de prendas que dialogan con ese pasado, evidentemente, sin quedarse atrapadas en el bucle.
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