El arte, que a menudo se reviste de una apariencia anodina para luego desafiar convenciones, ha encontrado en América Latina un campo fértil para la expresión y la protesta abierta. A lo largo de décadas de creación y experimentación, numerosos episodios han pasado a la historia por cuestionar los cánones establecidos y sacudir ciertas sensibilidades. Hoy repasamos algunos de esos momentos tan incómodos como memorables.
La performance «La Carta» de Carlos Zerpa: Cuestionando el nacionalismo
En los años ochenta, la sociedad venezolana recibió con escándalo la incómoda provocación visual del artista Carlos Zerpa, quien se metió con uno de los dogmas sacros de esa época pre-Chavismo: el nacionalismo. La obra causó polémica porque pasó lista de forma iconoclasta a los símbolos militares y personajes históricos venezolanos para quitarles lo solemne, inscribiendo por primera vez de forma masiva la corriente kitsch y la estética «del mal gusto» —en la que el performance formaba parte esencial— dentro del arte venezolano tradicional. Activo hoy en día, el creador continúa desarrollando obras provocadoras desde México y otros de sus recientes lugares de residencia.
El atentado contra la obra de Botero: Cicatrices de la memoria
Pocas obras de arte latinas han quedado tan marcadas por la violencia como El pájaro de Fernando Botero. Instalada en Medellín, la escultura se convirtió, quizás involuntariamente, en el símbolo permanente de una de las etapas más oscuras de la historia reciente de Colombia cuando, en junio de 1995, una bomba explotó junto a ella durante un acto público masivo. El terrible atentado causó la muerte de 23 personas y destruyó parcialmente la pieza. Pero Botero no la quitó; pidió que los restos permanecieran en el lugar como testimonio del suceso y donó una nueva escultura para que conviviera con la original mutilada. Juntas forman un poderoso monumento a la memoria y la resiliencia de la sociedad local, frente a un ataque que diversas versiones han atribuido al narcotráfico y a grupos guerrilleros, quienes justificaron el acto alegando que la obra era un símbolo burgués que «incomodaba».
Desnudos contra la crueldad animal: Las intervenciones de ADLA en Quito
En 2015, las calles de Quito, Ecuador, se convirtieron en el escenario de una de las protestas más polémicas del activismo animalista local. Integrantes de la Asociación para la Defensa de la Vida Animal (ADLA) realizaron performances en las que salían a cuadro desnudos y pintados simulando ser cortes de carne; una imagen diseñada para confrontar al público con las consecuencias del consumo y la explotación de los animales. La intervención generó controversia por el uso del cuerpo desnudo en las calles y zonas públicas, desafiando los valores conservadores de la sociedad ecuatoriana. Entre la indignación y el apoyo, la acción consiguió abrir un intenso debate sobre el maltrato animal y el papel del arte performático como herramienta de cambio. El músico británico Morrissey, vegano radical, que se ha presentado solo una vez en Ecuador en 2015, estaría orgulloso.
El Partenón de libros prohibidos de Marta Minujín: Monumento contra la censura
Si de sacudir conciencias se trata, la argentina Marta Minujín tiene marcado eso como especialidad de su CV. Reconocida internacionalmente por su arte irreverente, la sudamericana realizó en 1983, para celebrar el regreso de la democracia en Argentina tras una terrible dictadura militar, El Partenón de libros prohibidos. Esta provocativa instalación de arte conceptual consistió en una réplica a escala real del templo griego de Atenas, construida con decenas de miles de libros censurados o perseguidos a lo largo de la historia. Se trató de un proyecto colaborativo masivo donde los ciudadanos donaron los ejemplares. Treinta años después, en 2017, Minujín recreó la obra a una escala mucho mayor para la exposición Documenta 14 en Kassel, Alemania. La instalación se levantó en la Friedrichsplatz, el mismo lugar exacto donde los nazis quemaron más de 2,000 libros en 1933 durante la llamada «Acción contra el espíritu no alemán».
Ana Mendieta: El cuerpo como trinchera y la crudeza ritual
En una escala distinta a la arquitectura monumental de Minujín, pero con una carga política igual de provocadora, encontramos a Ana Mendieta. En los años 70, la artista cubano-estadounidense desafió los límites de la representación con su serie Siluetas, donde el propio cuerpo se convertía en el lienzo y en el arma para crear arte. Al imprimir su figura en la naturaleza, a menudo intervenida con sangre, tierra o fuego, Mendieta no solo plasmaba una pieza: realizaba rituales personales de resistencia. Sus obras abordaban la violencia sistemática contra la mujer y la pérdida de identidad y arraigo, la migración, destilando una crudeza que, durante años, incomodó a los sectores más puristas y patriarcales del mercado del arte y que la sitúan como pionera del feminismo en el arte. Su técnica de utilizar la fragilidad del cuerpo para confrontar la violencia, se convirtió en un referente que en su momento, incomodó.
Estas obras comparten algo que muchos preferían ignorar. Al final del día, demostraron que el arte sigue contando con una función activista y provocadora más allá de la contemplación estética.
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