¿Qué ver en Montevideo en 48 horas? La ciudad no intenta deslumbrar. Prefiere convencer pausadamente. Basta caminar unas cuantas cuadras para descubrir una ciudad donde los cafés, las librerías, el Río de la Plata y una inusual calma urbana terminan revelando uno de los secretos mejor guardados de Sudamérica. El reto, hacerlo en dos días.
En la lejanía, esta capital luce como un destino donde la tradición latinoamericana —sí, aunque el combo local Cuarteto de Nos cante, con ironía, «no somos latinos, yo me crié acá en la Suiza del Sur», en su canción «No somos latinos»— se entrelaza con la modernidad.

Pero Montevideo es, además, el vestigio contemporáneo de toda una época cuya historia aún continúa escribiéndose, con sus reminiscencias de arquitectura europea y un eminente aire de metrópoli donde se concentra, a orillas del Río de la Plata, más de la mitad de la población uruguaya y la mayor parte del poder cultural y social de la nación más austral de América.
Arribo a la ciudad para un viaje de 48 horas. Cuenta la leyenda —hay otras versiones, pero esta es la más romántica— que el evocador nombre de la ciudad proviene de unos antiguos navegantes portugueses que llegaron por la ribera y que, al divisar el cerro que domina la bahía, exclamaron: «Monte vide eu!».
Yo lo que realmente buscaba al aterrizar era llegar al hotel. Aunque de inmediato me arrepentí de la perspectiva de pasar el resto de la tarde y la noche viendo televisión o revisando Instagram en un cuarto si afuera estaba la capital uruguaya y su vida nocturna. Así pues, decidí salir a explorar la noche en Montevideo. Al menos, a cenar.
Mi primera cita fue Jacinto, un restaurante y cafetería ubicado en Sarandí 349, esquina con Alzáibar, en plena Ciudad Vieja, el equivalente al Centro Histórico de muchas capitales latinoamericanas. Al frente está la chef argentina Lucía Soria, una de las figuras que contribuyó a redefinir la gastronomía contemporánea uruguaya. Su cocina de autor, con influencias italianas y españolas, cambia con las estaciones y privilegia la calidad de los ingredientes por encima de cualquier juego de artificio.

El restaurante cuenta con una panadería artesanal propia y una carta de vinos en la que predominan las bodegas uruguayas. Me decidí por el pulpo con ensalada de papines, cilantro y pimienta rosa, uno de esos platos donde la materia prima habla por sí sola. Una copa de tannat bastó para inaugurar el viaje; después vendría el momento de planear el itinerario del día siguiente.
La siguiente opción fue Baar Fun Fun —así, con dos «aa»—, uno de los bares más tradicionales de Uruguay. Ubicado actualmente en la calle Ciudadela 1229, este histórico establecimiento abrió sus puertas en 1895 y, desde entonces, se ha convertido en una escala obligada para quien quiera entender la vida nocturna montevideana. ¿Cómo dejar pasar un sitio donde el mismísimo Carlos Gardel bebió una Uvita —el aperitivo emblemático de la casa— o al que figuras uruguayas como Jorge Drexler han acudido con regularidad?
Opto ir por «la caminera» a The Original Bluzz Bar, en Canelones 760, un espacio de música en vivo con bandas y artistas alternativos y ocasionalmente jazz. El legendario Clash City Rockers cerró sus puertas definitivamente, así que este parece ser la mejor opción para cerrar la noche. «El menú está más bueno que tu hermana», dice su menú digital. No me convence la promesa —ni siquiera tengo hermanas—, así que dos cervezas, tres canciones de El Último Ciclista —un proyecto uruguayo afincado en España— y adiós Bluzz, ya volveré con más calma.
Día 1: Mañana
La mañana comienza donde terminó la noche: en la Ciudad Vieja. Cruzo la Puerta de la Ciudadela hacia la peatonal Sarandí. Paseo por la Plaza Independencia para echar un vistazo al Palacio Salvo, un histórico rascacielos de los años veinte, de estilo ecléctico entre el gótico y el art déco, que impresionó al cantante de Blur, Damon Albarn, quien le dedicó la canción «The Tower of Montevideo». Busco el tema en Spotify; creo que escucharlo mientras subo al mirador para contemplar la ciudad sería un buen soundtrack de fondo. Ya más tarde habrá momento para escuchar a Rubén Rada y su candombe beat.

La siguiente estación es el Mercado del Puerto, donde desayuno una parrillada uruguaya de costillas a las brasas con chimichurri, salsa criolla y un mate. La Plaza Independencia ofrece diferentes rutas e imágenes donde el Uruguay tradicional contrasta con la modernidad. Mientras tomo algunas fotografías para Instagram, pienso hacia dónde dirigirme.
Prefiero preguntarle a la gente que deambula por el lugar en vez de recurrir al algoritmo. Es domingo y los uruguayos no están estresados por el trabajo. «La feria Tristán Narvaja es un lugar imperdible de los domingos en Montevideo», me comenta una chica rubia con una playera de la Selección de Uruguay.
El lugar, ubicado a unas nueve cuadras de la plaza, ofrece libros vintage, vinilos, juguetes y muebles usados en un formato parecido al de La Lagunilla de la Ciudad de México. Compro un par de libros en ediciones uruguayas y dejo el lugar, porque podría pasarme ahí todo el día viendo maravillas sudamericanas de décadas pasadas.

Uruguay es el segundo país más pequeño de Sudamérica, pero su capital es grande en muchos sentidos. Afortunadamente, sus cuadras, siguiendo la cuadrícula colonial con la que fue diseñada la ciudad, no son especialmente largas. Por eso, como aún es temprano, camino otro poco hacia la Rambla.
Con casi 22 kilómetros de extensión a lo largo de la costa de Montevideo, este paseo marítimo es uno de los más largos del mundo y uno de los grandes puntos de encuentro de la ciudad. Desde ahí, el Río de la Plata parece un mar abierto, mientras ciclistas, corredores y familias convierten el paisaje dominical en una elocuente y vistosa postal del estilo de vida montevideano.

Conforme avanzo por la Rambla, el paisaje urbano también cambia. Tomo un Uber. Los edificios residenciales ganan altura, aparecen cafeterías de especialidad, boutiques de autor y restaurantes con vista al Río de la Plata. Entro en Pocitos y Punta Carretas, dos de los barrios más cotizados de Montevideo, donde se concentra buena parte de la vida residencial, gastronómica y comercial de la ciudad.
Caminar por esta zona también permite descubrir espacios como Galería Azur Uruguay, dedicada tanto a la representación de artistas de media carrera y emergentes como a la difusión de grandes nombres del arte moderno y contemporáneo.

Un poco más hacia el este aparece Carrasco, tradicionalmente considerado el barrio más exclusivo de la capital, con grandes casonas, embajadas, hoteles históricos y avenidas arboladas que muestran el rostro más elegante y sofisticado de Montevideo.
Kibón y la playa Pocitos son la siguiente escala de la travesía. En esta zona destacan las letras gigantes con el nombre de la ciudad y la vista al Río de la Plata. Está atardeciendo, así que busco comer algo en un lugar cercano. Después de tanto andar, la idea es encontrar una opción interesante y esta vez, si me dejo llevar por las reseñas: elijo Pistatxofusion. El lugar ofrece una degustación de 12 pasos con bebidas incluidas o alternativas más cortas, tipo petit gourmet.
Llego un poco hambriento, pero me dicen que debía reservar con 24 horas de anticipación; al explicar que estoy escribiendo una crónica para Art Weekends y que en menos de 48 horas debo dejar la ciudad, hacen una excepción: un cliente les ha cancelado y tienen espacio.

La experiencia supera mis expectativas y confirma que valió la pena insistir. Espero volver algún día a Montevideo para repetir la visita y probar de nuevo sus falafels de porotos.
Día 2: Mañana
Comienzo la mañana desayunando en el café Brasilero, el lugar más típico e icónico para desayunar en Montevideo. Se trata de un histórico café de ambiente literario fundado en 1877, frecuentado por Mario Benedetti y Eduardo Galeano, el escritor que supo llevar el fútbol a la literatura. Mientras tomo un café cortado —un mesero me dice que eso mismo pedía Galeano— y un cuernito de queso, decido que la siguiente parada será el Estadio Centenario, declarado Monumento Histórico del Fútbol Mundial por la FIFA en los años ochenta.
El espacio destila historia: en su césped Uruguay venció 4-2 a Argentina para coronarse campeón del primer Mundial de fútbol. Además, el vistoso Museo del Fútbol bien vale dedicarle parte de la mañana y hacer el trayecto de 15 minutos en autobús. Conseguir un taxi un lunes por la mañana en Montevideo hace que Nueva York parezca el paraíso perdido.

De regreso a la Ciudad Vieja, vuelvo a caminar por la peatonal Sarandí. A esas alturas ya entiendo por qué este corredor concentra buena parte de la vida cultural montevideana. Aprovecho para entrar al Museo Torres García, dedicado al pintor y teórico Joaquín Torres García, uno de los grandes referentes de las vanguardias latinoamericanas. Sus pinturas constructivistas ayudan a comprender la importancia de su trabajo para el arte uruguayo contemporáneo.

A unas cuantas calles de distancia, el tono cambia. El Museo Andes 1972 reconstruye con respeto la historia del accidente aéreo que sufrió el equipo uruguayo de rugby en la cordillera de los Andes. Fotografías, objetos originales y testimonios convierten la visita en una experiencia conmovedora más allá de sensacionalismos.
La última parada cultural del día es el Museo Nacional de Artes Visuales, ubicado en el Parque Rodó.

Su colección reúne algunas de las obras nacionales más imponentes, desde Juan Manuel Blanes y Pedro Figari hasta Rafael Barradas y el propio Torres García. El lugar revela que Montevideo es uno de los grandes epicentros artísticos de su región.
Día Dos: Tarde
La tarde empieza a caer sobre Montevideo, conocida también como la Muy Fiel y Reconquistadora Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo, o simplemente la Tacita del Plata. Así que decido ir a La Rueda de Candombe en Plaza España. No es un teatro común y corriente, pero sí una experiencia vespertina vinculada con la identidad de Montevideo: músicos reunidos alrededor de una mesa interpretan repertorio uruguayo, mientras el público local canta y baila alrededor. Me entero de que se realiza tradicionalmente los lunes por la tarde-noche y que la entrada es libre.
La Rueda de Candombe confirma que, incluso un lunes, Montevideo encuentra la forma de convertir el espacio público en una celebración. Los tambores, las guitarras y las voces mantienen la plaza llena hasta bien entrada la noche. Cuando termina la música, todavía queda tiempo para una última cena antes de despedirme de la ciudad.

Llueve un poco. Como música de fondo suena «La lluvia cae sobre Montevideo», del grupo uruguayo Los Traidores, publicada en 1986. La canción, convertida con el tiempo en un himno al desencanto, dice: «La lluvia cae sobre Montevideo, hoy como ayer y no habrá nada de especial…». Resulta curioso escucharla después de haber recorrido durante dos días una ciudad que, lejos de parecer gris, termina revelándose llena de cafés, librerías, plazas, museos y buena música. Le pido a Siri una canción más alegre de Uruguay. Me responde con una plena uruguaya. Termino regresando a Los Traidores.
Antes de volver al hotel hago una última escala en El Palenque, uno de los restaurantes más tradicionales del Mercado del Puerto y un clásico de la gastronomía montevideana.

La parrilla sigue encendida y todavía hay mesas ocupadas. Pido un chivito canadiense, que pese al nombre, es el sándwich insignia de la gastronomía uruguaya. No se me ocurre una mejor manera de despedirme de Montevideo que entre brasas, carne y vino uruguayo.
Para no desaprovechar el viaje, una guía en 48 horas
Ciudad Vieja y Plaza Independencia:
El corazón histórico de Montevideo. Recorre la Puerta de la Ciudadela, la peatonal Sarandí y contempla el Palacio Salvo, uno de los grandes emblemas arquitectónicos de la ciudad.
Turismo de Montevideo
Mercado del Puerto:
El gran templo de la parrilla uruguaya. Ideal para descubrir el asado, el chivito y los vinos nacionales.
Piedras 237, Ciudad Vieja.
Sitio oficial
Rambla de Montevideo:
Con casi 22 kilómetros frente al Río de la Plata, es uno de los paseos costeros más emblemáticos de Sudamérica.
Más información
Feria Tristán Narvaja:
Cada domingo reúne libros, vinilos, antigüedades y objetos curiosos en uno de los mercados callejeros más tradicionales del país.
Domingos por la mañana.
Más información
Pocitos, Punta Carretas y Carrasco:
Tres barrios donde conviven cafeterías de especialidad, galerías, restaurantes y algunas de las avenidas más elegantes de la capital.
Turismo de Montevideo
Estadio Centenario y Museo del Fútbol:
Escenario de la primera final mundialista y uno de los recintos deportivos más emblemáticos de América.
Sitio oficial
Museo Torres García:
La mejor introducción a la obra del gran referente del constructivismo latinoamericano.
Sarandí 683.
Museo Torres García
Jacinto:
El restaurante de la chef Lucía Soria es uno de los referentes de la gastronomía contemporánea uruguaya gracias a su cocina estacional y a su selección de vinos.
Sarandí 349.
Jacinto
Baar Fun Fun:
Fundado en 1895, es uno de los bares históricos de Montevideo y el lugar ideal para probar la tradicional Uvita.
Ciudadela 1229.
Baar Fun Fun
Café Brasilero:
Abierto desde 1877, conserva la atmósfera literaria que lo convirtió en uno de los cafés favoritos de Mario Benedetti y Eduardo Galeano.
Ituzaingó 1447.
Café Brasilero
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