No obstante la ola de calor que asola Madrid en estos días, Eulogia Merle disfruta de un mate caliente. La artista argentina ha sido nómada mucho tiempo, pero lleva veinticinco años viviendo en España. Durante la primera década repartía su año de forma itinerante, pasando seis meses en Buenos Aires y un tanto más en Madrid. Persiguiendo la primavera, seguramente.
La maternidad la llevó a instalarse por completo en la capital española desde más de una década; su acento la hace sentir todavía «un poco de paso», confiesa.

La memoria como punto de partida
Como pronto veremos que revela su obra, la artista mantiene una conexión profunda con sus raíces familiares, con la nostalgia y con el cumplir deudas pendientes con el ayer. “Todos sabemos que de alguna manera el artista es como un catalizador de su entorno”, afirma mientras da un sorbo.
Hoy, estamos instalados en el presente, donde también hay mate, pero también Zoom, inmigración y un mundo globalizado. “Madrid en verano es una ciudad dura; yo estuve una corta temporada viviendo en el norte, en Galicia, donde llueve muchísimo. Pero Madrid es una de las ciudades con más días de sol en el mundo”, comenta ella.
Cómo convertir una deuda personal en una exposición
Eulogia Merle nació y estudió Bellas Artes en Buenos Aires; emigró en plena crisis económica argentina, tan solo con una carpeta de ilustraciones basadas en La peste de Albert Camus. Eso le abrió las puertas en el diario El País, donde ha laborado de forma recurrente, labor que hoy alterna con colaboraciones para La Nación y diversas editoriales.
Definida como una creadora progresista que «no pinta para señoras elegantes», Merle ha dejado su huella en proyectos tan diversos como el festival madrileño Luminaria o el homenaje colectivo Llorando a Chavela en la Casa América. Firme en sus principios, esta artista comprometida prefiere autodenominarse de forma básica: una simple dibujante.

Sobre Cama Adentro
El pasado 30 de abril, inauguró en el Museo de América en Madrid Cama Adentro, una muestra que tiene que ver con su propia historia. La evocadora exposición consta de una serie de retratos de trabajadoras domésticas latinoamericanas que ejercen en España. “’Cama adentro‘ le decimos en Argentina, o ‘interna’ en España.
Es una persona que vive en tu casa y es parte de tu familia. Es quien te prepara la comida cuando eres niño, te regaña, te limpia la ropa, está contigo, te cuida… pero que no es parte de la familia”, asegura.
Cosas invisibles que nunca se pagan
Ese tipo de relación, que ella considera derivada de una condición laboral desigual y una forma de existir en la que unas personas entregan el tiempo y la vida para que otros descansen, prosperen y vivan mejor, siempre le causó conflicto.
“Yo fui una niña criada por una de estas mujeres, una mujer de origen wichí llamada Juliana Díaz «Juja«, que trabajaba en la casa de mi abuela”. El año en que Eulogia quedó embarazada en España, aquella mujer que la había criado falleció. “No llegó a conocer a mi hijo”, se lamenta.
“Sentía que mi familia tenía una deuda muy grande con ella”, confiesa al recordar a su cuidadora, proveniente del la zona agreste argentina Chaco del Monte Impenetrable. “Ella dio su vida a mi familia y eso nunca se paga”.

Con un tributo artístico en mente, Eulogia contactó en Madrid con el organismo Trabajadoras del Hogar y los Cuidados de un sindicato donde se le reveló la realidad: casi el 100% de las integrantes eran migrantes procedentes de Honduras, El Salvador, Colombia, Paraguay, Bolivia o Ecuador, y una desigualdad que, considera, es una continuidad del colonialismo, porque trabajan de lunes a domingo y 24 horas al día”, comenta.
Las historias invisibles
“Muchas no tienen papeles, duermen en camastros plegables en la cocina, soportan prejuicios y cosas que no te puedes imaginar”, continúa la artista. “Eso no es una anécdota; eso está enriqueciendo una sociedad que se está aprovechando, que está recibiendo esos recursos humanos desde unas poblaciones migrantes que vienen de América.
Alivian sus necesidades de criar, de cuidar a sus ancianos, de limpiar la casa y de cocinar para que ellos puedan dedicarse a otras cosas: a hacer dinero, a cultivarse culturalmente o a competir en su dinámica profesional”.
El proyecto terminó por encontrar su lugar ideal en el Museo de América, una institución con la que la artista mantuvo inicialmente una relación más bien evasiva.
« Ya la palabra ‘Museo de América’ es un oxímoron. Porque ‘museo’ remite a algo quieto, estable, que resguarda algo, que no se mueve; y ‘América’, lo primero que te viene a la mente, es algo vivo, dinámico »

La artista pasó muchos años viviendo en Madrid y nunca había ido al Museo de América «porque sabía que no me iba a gustar, sobre todo de forma discursiva”, cuenta.
Cuando por fin decidió recorrerlo, sus sospechas se confirmaron al encontrarse con lo que le a ella le parecían discursos obsoletos: piezas etiquetadas vagamente como “obra encontrada” o descontextualizadas «bajo relatos cargados de prejuicios», afirma. “Era como si la historia la contaran solo los que ganan. Parecía que América era un lugar que se había quedado congelado en 1492”, cuestiona.
El Museo de América en los tiempos actuales
Fue en una de las visitas guiadas, mientras criticaba abiertamente la mirada colonial del recinto frente a los visitantes y al guía, cuando un hombre integrado en el grupo se le acercó para decirle: “Yo soy el director del museo. Ven, pasa a mi oficina y dime qué se puede hacer, hazme una propuesta para exponer algo aquí”.
La institución se encontraba bajo una nueva directriz que buscaba»decolonizar» su discurso, limpiar las narrativas caducas y reorientar la colección permanente para adaptarla a los tiempos actuales.
La oficina del director, Andrés Urquillo, se convirtió en el génesis de Cama Adentro. La respuesta de la artista ante el reto fue clara: crear retratos de cuerpo entero, a tamaño natural de las mujeres mirando de frente, «en una actitud digna”, zanja.

“Pensé que me iban a poner objeciones porque me estaba metiendo en un terreno complejo”, admite Eulogia. “Ya no es algo folclórico de ‘mira qué bonito esto’, sino un reclamo directo: hazte cargo de esta coloniedad, de esta relación, hoy, ahora, aquí, y con gente real”.
Tras recibir el visto bueno, la artista comenzó el trabajo de los retratos en el taller. Las mujeres acudían con gusto en sus días libres, no solo para posar, sino para conversar, movidas por una profunda necesidad de hablar y ser escuchadas. Algunas hasta iban al salón de belleza antes. Por ello, la estructura formal de la obra trasciende a la técnica, y al lado de cada pieza de gran formato descansa un texto con una pequeña biografía que resume las vivencias de las mujeres convocadas.
Historias de resistencia
Ahí queda plasmada la historia de personajes como Dina. Tras huir de Honduras con su bebé buscando llegar a Estados Unidos, fue atrapada por la migración y deportada primero a México y luego de regreso a su país. Allí enfrentó la violencia machista de su marido, el padre de sus hijos.
Para salvarse, Dina tomó la decisión de dejar a los niños bajo el cuidado de su madre y migrar a España. Cuatro años han pasado desde entonces; cuatro años en los que el padre, asentado en Honduras con los menores, no le ha permitido volver a verlos ni hablar con ellos por teléfono. Dina resiste en la distancia esperando a que cumplan los 18 años para que puedan buscarla por voluntad propia y escuchar su propia versión de los hechos.
La historia se repite
Confía en que la entenderán, pues a su propia madre le ocurrió lo mismo: huyó debido a la violencia de género y se reencontró con Dina siendo ya mayor. La historia, de forma trágica y ciclica, se repite.

“Esos vínculos me rompieron la cabeza por sus enseñanzas de humanidad, por una hiperempatía y una generosidad desbordantes”, reflexiona Eulogia sobre sus conversaciones en el taller. Muchas de ellas encuentran en su entrega al trabajo una justificación casi mística, la certeza de que al final del camino habrá justicia.
El arte también puede reparar
“En este mundo en el que vivimos hoy, donde el psicópata es el más premiado y el que tiene más posibilidades de ascender por cómo están estructuradas las relaciones de poder, ellas, que están en la base de la pirámide, poseen una grandeza invisible. Tienen la capacidad de generar empatía en situaciones tan jodidas que ni tú ni yo nos las bancaríamos”, sentencia.
“A veces pienso que tiene que ver con esa gente que encuentra la iluminación estando presa o en situaciones extremas como una guerra”, concluye. “En esas mismas fotografías, las familias dueñas de las casas suelen comportarse de una manera patética, cutre, agarrada y mezquina. En cambio ellas, que no tienen nada y que atraviesan circunstancias durísimas, logran que florezca una energía verdaderamente especial”.
Una nueva generación de creadores
Pero esta intervención artística no es un hecho aislado. Eulogia está consciente de que forma parte de un fenómeno mucho más vital. Tras pasar años en Madrid, la artista observa con entusiasmo el nacimiento de una nueva generación de creadores provenientes en su mayoría de Latinoamérica.
« Ahora somos los ‘neomadrileños’, o no sé cómo llamarlo. Falta el concepto preciso, pero esa generación ya existe y es la más activa. Estamos ahí, nos reconocemos entre nosotros y tenemos unas ganas enormes de contar historias »
Se trata de un grupo de artistas que está disputando activamente un espacio para dar vida a cultura contemporánea en Madrid, rompiendo con las viejas etiquetas. “Antes siempre se nos dejaba en un reducto un poco folclórico, pintoresco o étnico”, explica la artista.

Siete retratos, siete historias de resistencia
Eulogia construyó esta serie mediante entrevistas con este grupo de trabajadoras internas que viven y trabajan en Madrid, y que tienen nombre y rostro: Delia, Melba, Elsy, Patricia, Dionisia, Mónica y Dina. Sus retratos de cuerpo entero irrumpen en los espacios de tránsito del Museo de América, en medio del recorrido habitual, desafiando la solemnidad de la institución con la contundencia de sus miradas, la inmensidad de su dignidad y el eco de una comunidad que reclama su derecho a narrar el presente.
La muestra estará disponible hasta el 27 de septiembre en el Museo de América. Av. de los Reyes Católicos, 6, Moncloa – Aravaca, 28040 Madrid, España.
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