Alantl Molina es categórico: sufrió, según cuenta, censura por parte de Spotify, en una situación que quizás ni el mismo Philip K. Dick se hubiera imaginado en sus cuentos futuristas del siglo pasado.
El caso también toca uno de los temores de la industria creativa moderna: que un algoritmo inquisidor decida sobre el trabajo de alguien sin que haya forma de pedirle explicaciones.

Fue en 2023, cuando un poco saturado de su trabajo haciendo arte contemporáneo y música para cine, el artista decidió hacer una pausa y grabar un disco. El conflicto comenzó justo cuando intentó subir algunas canciones a las plataformas digitales tal como se lo pedían en una web que lo iba a entrevistar. Según recuerda: “Recibí un correo de Spotify que me decía: ‘No vamos a volver a hacer negocios contigo, no queremos volver a saber de ti, vamos a confiscar las canciones que ya generaste, vamos a bajar toda tu música de plataformas y nunca nos vuelves a escribir’”. A la fecha no sabe si fue una máquina o una persona la que le envió el mensaje.
Alantl —el sufijo surgió de una broma de sus amigos cuando estudiaba náhuatl— les contestó ( a la máquina o al humano, el caso el lo mismo) preguntando qué había pasado y nunca recibió una explicación, así que decidió usar otra agregadora, pero ahí le respondieron que no podían aceptar ninguna canción de él porque estaba en una lista negra. “Si a mí me hacen eso, me acaban la vida”, le confesó uno de sus amigos músicos cuando se enteró.
Entonces, su amigo, un tanto preocupado, se puso a investigar y descubrió que Spotify había endurecido sus reglas para las agregadoras; básicamente les dijo: “Si ustedes mandan música de alguien que esté plagiando música de otro artista más, cancelamos nuestros negocios”. Alantl no estaba plagiando nada. La teoría de su amigo era que todo había sido un error de programación: un software como Shazam —la app que permite identificar qué canción está sonando— que fallaba y se equivocaba todo el tiempo. Como las agregadoras trabajan con cientos de miles de músicos en todo el mundo, las posibles sanciones económicas podrían sumar millones de dólares.
Arte contra algoritmo

Según Alantl, el algoritmo empezó a invisibilizar a los músicos para favorecer grabaciones hechas por «artistas» de sesión. Con la llegada de ChatGPT y otros modelos de inteligencia artificial, sostiene, el problema tomó otra dimensión: producir música sin recurrir siquiera a personas. Ni Terminator se atrevió a tanto.
«El algoritmo que antes te llevaba a descubrir música que te podía gustar, ahora lo usan para orientarte hacia la música que les dé más dinero a ellos y, muy probablemente, invisibilizar a músicos reales »
Para él, esto afecta especialmente a las bandas pequeñas y a quienes todavía no tienen un público consolidado. Figuras como Bad Bunny, dice, tienen tal “magneto mediático” que sería «imposible borrarlas».
En su caso, la sospecha de una confusión del software surgió cuando su amigo empezó a hacer pruebas con Shazam. Al reproducir la canción que habría detonado el bloqueo, la aplicación la identificaba cada vez como una distinta.
“Eran puros nombres que yo nunca había oído y la mayoría eran tracks como de ambient”, recuerda.
Pero, ¿tiene nombre ese problema que invisibilizó a muchos músicos? “Si buscas ‘Takedown 2024’, ‘Spotify Takedown’, hay notas de Variety de ese año. Esto pasó muchísimo y se reportó muchísimo, pero en esos primeros meses no se sabía nada. Cuando mi amigo lo investigó, él se dio cuenta de que era eso. Igual era una teoría, no sabíamos con toda certeza”.
Recibamos con un aplauso a los robots
La historia tiene una ironía que parece de película: según Alantl, la canción que habría detonado el bloqueo se llamaba “Recibamos con un aplauso a los robots”. Era una especie de bolero de amor a los robots que iban a gobernar el mundo.
El problema con estas compañías, dice Alantl, es que, aunque operan mundialmente, no tienen departamentos de servicio al cliente. Entonces, cuando se confunden, ya no hay forma de arreglarlo y la cacería de brujas —como él la describe— es inevitable.

“Pero, en una de esas reuniones de músicos, yo un día, bromeando, como hacía cosas de arte contemporáneo, dije:
«‘Voy a convertir este disco en una obra de arte contemporáneo y lo voy a vender en miles de dólares en una galería’ »
Y luego dije: ‘¿Por qué no? se me ocurrió hacerlo como protesta, ¿sabes? Y convertí el disco en un casete de edición limitada, con un player muy lindo y todo. El disco se llamaba El método del ritmo, pero la pieza se llamaba Manumisión”.
“Entonces, yo, siendo honesto contigo, lo hice como un desplante y como para decir: ‘Esto fue una injusticia’, pero jamás pensé que fuera a pasar”, reconoce.
El precio era muy alto. La primera copia costaba mil dólares y, con cada venta, el precio subía 500 dólares. El primer casete se vendió antes de que abriera la exposición y el más reciente se vendió en 2,500 dólares.
“Cuando se vendió, la noticia corrió como un reguero de pólvora entre mis amigos, porque todos decían: ‘Ganaste más dinero con eso de lo que hubieras ganado en toda tu vida en Spotify’ o ‘de lo que yo he ganado en diez años en Spotify’»
“Hay una chava de Al Jazeera que hizo un documental de 17 minutos sobre el caso. Y luego se volvió a vender, y se volvió a vender, y se volvió a vender. Entonces, se vendieron cuatro de las cinco copias”.
Y ahí había quedado todo el asunto, pero en noviembre viene la Bienal de Yucatán, evento donde también estará Yoko Ono. La galería con la que Alantl trabaja actualmente, 54 Galería, tiene desde hace años una sede en Mérida. Las galeristas iban a incluirlo en una exposición colectiva con otros artistas durante la Bienal. Alantl les propuso aprovechar la presencia de coleccionistas de todo el mundo para poner la última copia del casete a un precio récord.
“Lo que las plataformas de streaming han hecho ha sido devaluar el trabajo de los músicos. Estamos queriendo dar un golpe simbólico y decir: ‘Miren, el trabajo de los músicos vale y vale muchísimo’”.

¿Y Spotify se ha pronunciado al respecto? “No, porque técnicamente no fue un acto de Spotify, sino del agregador”, comenta.
La última pieza de Manumisión en la Bienal de Yucatán
Manumisión consta de cinco copias en casete. La última se presentará el 25 de noviembre, durante una fiesta a la que asistirán coleccionistas. La intención es ofrecerla mediante un sistema de subasta, sin limitar el precio que pueda alcanzar.
La pieza que recibe cada coleccionista incluye el casete con su cajita, dentro de un empaque especial. También lleva un certificado, como suele ocurrir con las obras de arte contemporáneo, pero aquí Alantl hizo un juego con el documento que acredita su autenticidad: lo convirtió en un certificado de manumisión.
“Era lo que se les daba a los esclavos cuando los liberaban, para que, si los paraban en la calle, pudieran decir: ‘No, no, soy un hombre libre’. Entonces, el certificado de manumisión dice: ‘Esto certifica que tú ayudaste a liberar a un músico de la esclavitud en la industria de la música’”.
Como ya no es común tener un reproductor de casetes, también entregan uno de regalo. “Es un player muy bonito. Técnicamente no es parte de la pieza, pero se lo damos a la gente que la compra”.

El caso recuerda a la irónica canción del grupo español Aviador Dro: “Qué vanguardistas somos”, que jugaba con esa competencia por llevar la experimentación cada vez más lejos: sacar una sola copia de un disco o envolverlo en papel de lija para que se dañara al sacarlo. En Manumisión, el cruce entre música y arte también está en el objeto que recibe el coleccionista: un casete en una caja especial, acompañado de un certificado que forma parte de la protesta.
¿Y después de la protesta, la música podría volver a alguna plataforma? Alantl no lo descarta, aunque primero le gustaría cerrar el proyecto y hablar con quienes compraron los casetes.
“Conozco a dos de ellos y sé quiénes son los otros. Si les dijera: ‘Oye, ya terminó el acto, salió bien, podemos poner la canción en algún lugar que no sea perverso, como Bandcamp o algo así’, asegura y no, no lo considera como un acto de traición.
Alantl espera que la subasta del 25 de noviembre lleve la conversación a otro nivel: cuánto vale el trabajo de un músico y quién decide ese valor. Por lo pronto, un casete le ha servido para hacer más ruido del que quizas hubiera pensado.
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