House of Gaga es una de las galerías más singulares de Ciudad de México. Fundada en 2008 por Fernando Mesta y José Rojas, trabaja desde Roma Sur con un programa internacional donde pintura, performance, literatura, archivo, moda, cultura pop, humor y crítica institucional conviven sin una estética única. Su historia conecta a Fernando Palma Rodríguez, Juan José Gurrola, Adriana Lara, Daniela Rossell o Ana Pellicer con Cosima von Bonin, Bernadette Corporation, Marc Camille Chaimowicz, Peter Fischli, Laura Owens, Nicolas Ceccaldi, Calvin Marcus, Karl Holmqvist o Claire Fontaine.
Perfil de la galería
House of Gaga fue fundada en 2008 por Fernando Mesta y José Rojas. Mesta venía de Perros Negros, una plataforma de proyectos basada en estancias de artistas y producción local; Rojas, arquitecto de formación, aportó una sensibilidad espacial decisiva para el montaje y la producción. Esa combinación (red internacional, hospitalidad, arquitectura y cercanía con los artistas) explica por qué Gaga desarrolló una identidad tan distinta dentro de Ciudad de México.
Perros Negros ya trabajaba con una lógica poco convencional: artistas invitados a México, producción in situ, colaboración con recursos limitados y una red que conectaba Ciudad de México con escenas de Nueva York, Los Ángeles y Europa. Gaga no abandonó esa forma de trabajo; la volvió más estable. La galería nació cuando esa energía necesitó continuidad, archivo, representación y un lugar donde las relaciones pudieran sostenerse más allá de una exposición temporal.
José Rojas dio al proyecto una dimensión material. En los primeros años, su formación como arquitecto se volvió visible en el montaje, la solución de obras y el uso del espacio. Quizá eso ayude a entender por qué Gaga no se comporta como una galería de programa únicamente curatorial: la exposición se construye también desde decisiones espaciales, fabricación, convivencia y recursos disponibles.
La historia inicial de Mesta y Rojas mezcla vida, trabajo y escena artística. Los artistas viajaban a México por semanas, producían obra y muchas veces se alojaban con ellos. Esa forma de trabajo creó una comunidad internacional antes de que Gaga tuviera una estructura más visible. La galería creció desde relaciones sostenidas con artistas, no desde una estrategia de marca.
El programa mexicano de Gaga reúne figuras que no caben en una sola genealogía. Fernando Palma Rodríguez trabaja desde Milpa Alta con robótica, software, ingeniería, cosmovisiones indígenas y defensa de la tierra. Juan José Gurrola trae el teatro experimental mexicano, la traducción, la ópera, el cine, la performance y una manera indisciplinada de entender la escena. Daniela Rossell abrió una lectura incómoda sobre clase, interiores domésticos y representación femenina. Adriana Lara desplaza imágenes y objetos entre arte, música, diseño y circulación cultural. Ana Pellicer conecta joyería, escultura y trabajo comunitario con una conciencia aguda del cuerpo y del oficio.
La dimensión internacional no opera como adorno. Bernadette Corporation introduce una relación corrosiva entre moda, marca, escritura y cultura nocturna. Cosima von Bonin trabaja con textiles, animales blandos, humor y una resistencia deliberada al gesto heroico. Karl Holmqvist desplaza la poesía hacia voz, repetición, tipografía y performance. Marc Camille Chaimowicz hizo del interior doméstico, el diseño y la vida cotidiana un vocabulario queer de enorme influencia. Gaga presenta esas prácticas sin convertirlas en rareza importada porque las coloca junto a artistas mexicanos que también trabajan desde desvío, archivo, escena y gesto.
La sede actual en Tehuantepec 148 en la Ciudad de México marca una nueva posición dentro de la urbe. Gaga ya no depende del mito de la primera casa junto a Contramar ni de la Condesa como escena de origen. Roma Sur le da una escala distinta, menos pulida y más cercana a talleres, restaurantes, cines, edificios habitacionales y comercio cotidiano. Esa ubicación acompaña una galería que no busca parecer impecable: sus exposiciones pueden ser secas, teatrales, literarias, incómodas o deliberadamente raras.
«Todo empezó de manera natural. La gente venía a México por un mes o dos, producía y hacía una exposición». — Fernando Mesta, Flash Art, 2016
La frase, traducida del inglés, resume una ética de trabajo que aún hoy explica a Gaga. La galería se comprende por la forma en que Mesta y Rojas han reunido comunidades improbables entre Ciudad de México, Los Ángeles, Nueva York y Europa. En una escena cada vez más profesionalizada, Gaga conserva una rareza valiosa: produce contexto sin borrar el desajuste que hace interesantes a sus artistas.
Por qué ir
Vale la pena ir porque Gaga conserva una forma de exposición poco domesticada dentro de Ciudad de México. La galería no busca que cada muestra se entienda de inmediato ni que el recorrido confirme una identidad visual reconocible. En sus salas, una pintura, un dibujo, una escultura pequeña o un archivo pueden quedar suspendidos entre humor, incomodidad y precisión. Esa ambigüedad no es un efecto, es una parte central de cómo la galería trabaja con los artistas.
Muchas obras llegan con una apariencia menor (un dibujo, una frase, una figura absurda, un objeto sin énfasis) y empiezan a cambiar cuando se leen desde su contexto. Una exposición puede abrir una conversación sobre teatro mexicano, economía de la imagen, deseo, moda, clase o cultura pop sin anunciarlo de forma explícita. Gaga no explica demasiado; deja que la extrañeza trabaje en la sala.
Gaga también importa por la manera en que ha reunido escenas que rara vez conviven sin jerarquía. Juan José Gurrola y Fernando Palma Rodríguez abren líneas mexicanas ligadas al teatro experimental, la robótica, la lengua y el territorio; Cosima von Bonin, Bernadette Corporation, Karl Holmqvist o Marc Camille Chaimowicz llevan la conversación hacia moda, escritura, cultura pop, diseño y práctica queer. La galería no suaviza esas diferencias. Las deja convivir como materiales de una misma conversación, a veces seca, a veces absurda, casi siempre más compleja de lo que parecía al entrar.
Qué esperar
La visita a Gaga no responde a una exposición de lectura inmediata. La sala puede mostrar pinturas recientes, obras sobre papel, materiales de archivo, esculturas, fotografías, textos, dibujos o instalaciones de artistas que vienen de escenas muy distintas. La web oficial refleja esa mezcla: pintores, escritores, colectivos, performers, fotógrafos, diseñadores, figuras históricas y artistas jóvenes conviven dentro de un mismo archivo.
En 2026, la exposición principal confirmada es Rabbit Hole, de Calvin Marcus. El proyecto reúne pinturas recientes y una fábula de Luis Felipe Fabre, Fable of the Rabbit. Los conejos y las zanahorias aparecen como figuras repetidas, casi infantiles, pero la repetición abre un tono de cuento lógico, absurdo y algo siniestro. Marcus trabaja por series, cambia de lenguaje con frecuencia y suele llevar imágenes simples hacia estados de incomodidad psíquica o humor seco.
La programación simultánea anuncia obras en papel de Juan José Gurrola y esculturas de Danny McDonald. El cruce resume bien la elasticidad de Gaga. Gurrola trae una historia mexicana de teatro, dirección escénica, traducción, cine y performance; McDonald trabaja desde objetos, cultura popular, humor narrativo y pequeñas escenas donde lo cotidiano se vuelve extraño. La galería no presenta esos mundos como curiosidades: los coloca en relación para activar una conversación entre archivo, objeto, dibujo y escena.
Gaga se recorre mejor sin buscar una sola clave. Una exposición puede parecer ligera y estar atravesada por referencias literarias; otra puede parecer chiste y terminar hablando de mercado, deseo, clase o circulación de imágenes. Hay obras que necesitan contexto y otras que operan por extrañeza directa. La galería conserva esa inestabilidad como parte de su método: no suaviza las rarezas de sus artistas para volverlas más legibles.
Artistas representados
Qué hacer cerca
Después de salir de Gaga, yo mantendría la ruta en Roma Sur antes de subir hacia la parte más saturada de Roma Norte. A pocas cuadras está Cine Tonalá, en Tonalá 261, sala de cine, bar y restaurante que permite prolongar la visita hacia programación audiovisual, conversaciones y una escala nocturna de barrio. La cercanía tiene sentido con Gaga: muchas de sus exposiciones cruzan imagen en movimiento, performance, cultura pop y escena.
Para una comida de fin de semana, El Hidalguense, en Campeche 155, es una parada de peso en Roma Sur. Abre de viernes a domingo y conserva una cocina centrada en barbacoa de Hidalgo, consomé, tortillas, salsas y sobremesa larga. No es una pausa neutra: es una institución de barrio, con ruido, familias, mesas grandes y un horario que obliga a organizar la visita con cuidado.
Si la ruta sigue hacia Roma Norte, la Casa del Poeta Ramón López Velarde, en Álvaro Obregón 73, permite cambiar de registro hacia literatura, archivo y memoria urbana. La escala del recinto encaja bien después de Gaga: una casa cultural vinculada a la historia literaria de la colonia, en una zona donde el mercado inmobiliario, la vida nocturna y los usos culturales siguen transformando el barrio.
Para una escala de librería, Cafebrería El Péndulo Roma, en Álvaro Obregón 86, permite mantener la ruta en una zona de lectura, conversación y pausa larga. No tiene la rareza de Gaga ni pretende tenerla, pero ayuda a que el día no se cierre solo en restaurantes y galerías. Desde ahí se puede volver hacia Roma Sur o caminar hacia Condesa, según el ritmo de la tarde.
Para dormir, elegiría una base en Roma o Condesa que permita caminar sin convertir cada traslado en coche. Nima Local House, en Colima, ofrece una escala íntima de casona restaurada; Ignacia Guest House, en Jalapa, permite una estancia más silenciosa en Roma; Hotel San Fernando, en Condesa, funciona si la ruta suma galerías, restaurantes y Chapultepec. Desde cualquiera de esas bases, Gaga queda dentro de un día que puede mezclar galería, cine, comida de barrio, libros y caminata.









