Nacida en Montreal y criada entre Canadá y España, Sofía Comas ha desarrollado una trayectoria en la que conviven la música, la literatura y las artes escénicas. Antes de dedicarse plenamente a la música estudió artes escénicas, cofundó la compañía de danza Zuk y más tarde formó parte del proyecto madrileño Tucan Morgan. Su carrera en solitario tomó impulso con A un pájaro rojo (2023), un álbum inspirado en la poesía náhuatl que la acercó por primera vez a México y a un imaginario cultural que hoy encuentra una nueva forma en Tecuán Caroca, su trabajo más reciente.

En esta conversación, realizada en medio de una reciente gira por México, Comas habla de su fascinación por el cancionero mexicano, de la influencia de José Alfredo Jiménez y Agustín Lara, de la vigencia del contexto histórico en la creación artística y de los debates sobre la censura en el arte. También reflexiona sobre su manera de habitar México más allá del turismo y sobre el «jaguar romántico» que terminó convirtiéndose en el corazón simbólico de su nuevo disco.
¿Y por qué eres española-canadiense? ¿Cuál es la raíz?
Mi familia es de España, de La Rioja. Mi padre se fue a vivir a Canadá siendo muy joven y yo viví allí algunos años cuando era pequeña. Volví a España a los cinco años de edad y desde entonces he vivido allí. Así que Madrid es mi hogar, aunque Canadá forma parte de mi historia.
Tienes una afinidad evidente con la música mexicana, ¿cómo la descubriste?
Hace dos años viajé a CDMX y medio a presentar mi anterior trabajo, A un pájaro rojo. En ese disco trabajé con poesía náhuatl porque exploraba la espiritualidad y la mística. Un amigo mío, que vivió muchos años en México, me introdujo en esa poesía, y de alguna manera fue una de las raíces del proyecto. Descubrí muchísimas cosas: conocí la obra de Agustín Lara, empecé a acercarme al son jarocho y también a algunas canciones de José Alfredo Jiménez, sobre todo a través de Chavela Vargas, que en España es una figura muy conocida.

¿Cómo sobrellevas el hecho de que algunas de las canciones de José Alfredo puedan considerarse misóginas hoy en día?
A ver, yo creo que hay una cuestión muy importante que debemos tener presente: soy una persona con capacidad de reflexión, capaz de pensar por mí misma y de comprender los contextos históricos. El tiempo en el que vivió José Alfredo Jiménez, como hombre de su época y de su entorno. Por eso puedo escuchar sus canciones —incluidas aquellas que hoy podrían considerarse más misóginas— sin sentirme humillada ni ofendida. No porque ignore lo que dicen, sino porque entiendo de dónde vienen.
Entonces, según tu punto de vista, ¿hasta qué punto el contexto cambia nuestra forma de escuchar esas canciones?
Sí, de comprender el momento histórico en el que fueron escritas y entender que no todo lo que escuchamos o leemos tiene que coincidir con nuestros valores actuales. Lo que me niego es a censurarme a mí misma. No quiero dejar de escuchar música o de leer determinadas obras simplemente porque, desde una perspectiva moral contemporánea, no encajen plenamente con lo que hoy consideramos correcto. Puedo escuchar una canción y pensar: “Esta parte no la comparto”, o “esto refleja una mentalidad de otra época”. Puedo disfrutar de la obra y mantener una mirada crítica.
La censura en el arte, entonces, no es un asunto válido…
Me parece importante verlo así porque, si no, ¿qué nos quedaría? ¿Qué tipo de arte podría llegarnos? Me perdería muchísimas cosas si decidiera no acercarme a artistas que vivieron en otros contextos y que, por tanto, tenían formas de pensar que hoy podemos considerar retrógradas, machistas o misóginas.
« Creo que una cosa es comprender una obra dentro de su tiempo y otra muy distinta justificar todo lo que contiene. Para mí, la clave está en mantener esa capacidad crítica sin renunciar al encuentro con la cultura y con la historia »
Creo que una cosa es comprender una obra dentro de su tiempo y otra muy distinta justificar todo lo que contiene. Para mí, la clave está en mantener esa capacidad crítica sin renunciar al encuentro con la cultura y con la historia.

Entonces, volvamos al cancionero mexicano y cómo te ha inspirado…
Al llegar aquí todo encajó. Yo quería hacer un disco muy a tierra, muy de corazón a tierra, y fue llegar aquí y descubrir todo. Empecé a trabajar con el cancionero mexicano, a escucharlo de forma más profunda. De ese primer viaje surgió un segundo viaje y, con otra conciencia, volví. Y aquí me tenéis todo el rato, viniendo y viniendo.
¿Sabías que Agustín Lara compuso una canción dedicada a Granada?
Y también a Madrid. De hecho, hay una estatua suya cerca de mi casa.
Qué curioso, porque cuando escribió Granada ni siquiera conocía España. ¿Tú ya lo conocías o lo descubriste después?
Musicalmente sí lo conocía desde hace muchos años y me gustaba mucho. La estatua estaba ahí desde siempre, aunque de niña no le prestaba demasiada atención. Ya de adolescente sabíamos perfectamente quién era. Además, «Madrid», sigue siendo una canción muy popular; de hecho, durante las fiestas de San Isidro se escucha muchísimo.
Y cuando vienes a México, ¿cómo vives los días, como turista o te integras?
Más que hacer turismo como tal, intento vivir el lugar. Imagínate que todavía no he ido a las pirámides. Tengo amigos que han venido cuatro días a México y han ido, pero a mí, por una cosa o por otra, nunca me ha dado tiempo. Creo que para conocer realmente un sitio tienes que formar parte de él, aunque sea por un tiempo. Yo voy a los tianguis a comprar mangos, a la papelería a hacer fotocopias.
¿Te gusta descubrir cosas nuevas o eres de costumbres y de volver a los mismos sitios que te son familiares?
Me gusta visitar sitios y descubrir cosas nuevas, pero me interesa más construir una vida temporal, entender las costumbres, observar cómo vive la gente. Eso quizá te hace conocer menos lugares, pero te permite conocer mejor aquellos en los que sí pasas tiempo. Más que acumular destinos, me interesa profundizar en los sitios que conozco.
¿Cómo surgió la idea de grabar ‘El amar y el querer’ con Nacho Vegas?
Para mí, esa canción representa la raíz de todo lo que este disco quiere contar: la idea de que para amar hay que entregarse y hacerlo desde el compromiso. Que Nacho me acompañara fue algo completamente inesperado. Porque estamos hablando de una canción asociada a un cantante melódico, y él no viene de ese mundo. Y tuve muchísima suerte, porque Nacho es un maestro de la canción. Que aceptara participar en mi álbum y hacerlo precisamente con esta canción fue un regalo enorme. Además, me parecía especialmente bonito porque los dos somos españoles, pero él mantiene una relación muy estrecha con México. El amar y el querer fue escrita por Manuel Alejandro, que es español, aunque quien la convirtió en un clásico fue José José. Y para mí era importante que ese puente entre México y España estuviera presente.
Además, la llevaste a otro terreno
Es que ya tenemos la versión de José José, que es una auténtica barbaridad, y yo no voy a llegar ahí. Y pensé: “¿Y si la despojo de todo?”. Me imaginé esos cabarets y cafés-teatro de mediados del siglo pasado, esos espacios con una atmósfera muy particular, como El Patio, en los años 80. Y luego estaban los lugares donde actuaba Agustín Lara en los cincuenta. Para mí todos comparten una misma atmósfera. Entonces pensé: “¿Y si este piano bar estuviera dentro de la película El resplandor?”. Un lugar donde no sabes si quienes están ahí son fantasmas o personas reales, si es de día o de noche, personas que siguen vagando por la vida. También pensaba mucho en los ambientes que aparecen en la película Los Caifanes, pero cuando la fiesta ya terminó y todos se han ido. Esa sensación de vacío me parecía muy sugerente.
Tecuán o Caroca son palabras que incluso para los mexicanos resultan difíciles…
Sí, a priori pueden parecer palabras complejas. Pero tienen algo muy especial: son muy sonoras. Y creo que ahí hay algo poderoso. A veces una palabra te atrae antes incluso de entender completamente su significado. Por eso le puse Tecuán Caroca al disco. En mi caso, cuando empecé a acercarme a la poesía náhuatl, muchas palabras me impactaron primero por cómo sonaban. Tecuán es eso: el jaguar. Lo de caroca sí que no lo tenía tan claro al principio, pero la combinación de ambas palabras sonaba muy bonita. Llegué aquí y no hacía más que encontrarme jaguares por todas partes. No jaguares de verdad, gracias a Dios, porque me parecen hermosísimos, pero no necesito verlos demasiado cerca. Me refiero a máscaras, figuras, representaciones de jaguares.
Entonces se te reveló el nombre…
Sí, de repente lo vi clarísimo: Era un jaguar romántico. Ahí apareció el personaje. Me imaginé un jaguar con una flor entre los colmillos, vestido con chaqué, sentado en un piano bar, tocando delicadamente las teclas con las uñas. Un animal capaz de enseñar las garras, pero también de acercar el hocico para besar.

Ahora que mencionaste Los Caifanes, ¿has visto más cine mexicano? Porque, por ejemplo, si te has aventado una película completa de Vicente Fernández…
Te juro que lo intenté. Hay muchísimas películas de Vicente Fernández. Intenté ver una y solo aguanté un tramo. Ahora, las de Pedro Infante, Jorge Negrete y todo lo relacionado con la Época de Oro del cine mexicano sí me interesan mucho. También he visto películas de Buñuel, por supuesto. Pero, en general, todavía tengo pendiente explorar mucho más cine clásico mexicano.
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