Antonela Aiassa (1988) es una joven pintora y escultora argentina. Su vida y su trabajo oscilan entre dos espacios: Buenos Aires, la ciudad en la que nació, y Barcelona.
Diseñadora de modas de formación, Aiassa se convirtió a lo largo de los años en una artista autodidacta. Su obra, dueña de un misterio hipnótico, elabora sobre temas como la memoria, la pérdida, la transformación, la fragilidad y el tiempo.
¿Dónde se fija realmente el recuerdo?, ¿en las imágenes, en la tierra que habitamos, en las cicatrices?
En 2026, Aiassa presentó su trabajo en la presente edición de Zona Maco, bajo el resguardo de Sorondo Projects, de la galerista Juliana Sorondo.
AW Magazine conversó con la joven artista sobre su obra, su trayectoria y su posicionamiento poético.

Antonela Aiassa: elaborar y mirar entre dos costados del planeta
Su obra traza una línea delicada, no precisamente recta, entre el recuerdo, la transformación y la tierra. Aquí, en la plástica de esta mujer, el territorio es una entidad capaz de rememoración.
El pasaje cotidiano entre Buenos Aires y Barcelona no se reduce a una cuestión de vivienda, sino que forma un elemento integral de su concepción. Cada una de estas ciudades sostiene una relación única con el tiempo. El Teatro Colón está en la ciudad de la furia desde hace más de cien años, ha visto pasar incontables generaciones de argentinos; la Llotja de Mar se erige en Barcelona desde hace siglos, frente a un mar que nunca es el mismo.
¿Qué te da cada ciudad y cada continente cuando desarrollas tu obra?, ¿qué te quita una que la otra te facilita?
«Vivir entre Buenos Aires y Barcelona me mantiene
en un estado de movimiento constante» — Antonela Aiassa
«Ninguna de las dos funciona para mí como un lugar cerrado o definitivo. Buenos Aires me conecta con algo muy profundo, con una memoria que no es sólo mental, sino corporal y afectiva. Es un territorio donde la memoria está viva, que cambia todo el tiempo y donde las huellas nunca son limpias ni ordenadas.
Barcelona me dio distancia. Me permitió observar mi propia cultura desde afuera y entender que lo que parece estable también está en transformación permanente. Me confrontó con la idea de forma, de herencia, de estructura, pero también con la fragilidad de esas ideas. Una ciudad me devuelve intensidad y pertenencia, la otra me da perspectiva. Entre las dos aparece mi trabajo, como un espacio donde esas tensiones no se resuelven, pero conviven.”

Aiassa entiende el territorio como un banco de memoria y la tierra como un archivo viviente. Y como todo lo vivo, la tierra también puede olvidar.
Una poética de lo orgánico: ceder las manos a la intuición
La naturaleza habita el núcleo y el corazón de su trabajo. Si el suelo que pisamos es un órgano vivo, mnemónico, el follaje y la leña dictan el ritmo de la voz y del pulso. La obra plástica de Aiassa, realizada casi siempre con paletas monocromáticas, establece cuerpos hechos de líneas y formas misteriosas.
Cuando miramos la hoja de un árbol, o arrojamos una piedra en el agua, atestiguamos figuras y ecos que parecen seguir un código secreto, pero vivo. Lo mismo ocurre con la obra de Aiassa, que comienza con una idea general y, a partir de cierto punto, cede el control de la mano a la intuición, al tacto, a lo que queda fuera de la intelección.

¿En qué momento la intuición asume la dirección creativa?, ¿cómo sabes que esa corazonada camina por la vía correcta?
“La intuición aparece cuando dejo de querer controlar el proceso.
Trabajo mucho desde la investigación de los materiales y la forma, desde el archivo, pero hay un punto en el que entra el cuerpo, la percepción, una escucha más atenta de lo que el material me propone. No es algo repentino, es más bien un deslizamiento. Me doy cuenta cuando empiezo a acompañar el proceso, cuando dejo que la gravedad interfiera y empiece a decidir, cuando el material muta en su forma y la pintura llega a puntos de tensión y profundidad.
Trabajo con materiales que cambian, que se derriten, que fallan, y eso me obliga a aceptar el error y la transformación como parte del sentido.
«Siento que ese impulso va por el camino correcto cuando la obra se vuelve honesta en su fragilidad, cuando no busca cerrar una idea ni ilustrar un concepto» — Antonela Aiassa
Reconozco que la obra está en su camino cuando veo y siento armonía, cuando aparece una sensación de libertad y equilibrio. En ese punto sé que la obra ya no me necesita. Está terminada y tiene vida propia.”

Antonela Aiassa erige una obra cuyo fundamento está en escuchar con el cuerpo, en dar lugar a la fragilidad, en que la gravedad natural no se detenga en su curso inevitable. ¿Qué es la memoria en este sentido, una tentativa o una entidad en perpetua mutación?
Imprimir una fotografía en el mar
Su obra deambula entre el archivo y la memoria, pero lo hace en un registro muy específico. Cuando hablamos de preservación, pensamos comúnmente en soportes técnicos que retienen imágenes y palabras: el papel, las pantallas, las cintas magnéticas. Antonela Aiassa parte de un principio delicado pero potente: el registro del recuerdo no cancela su eventual desvanecimiento.

En “La memoria de la tierra”, el agua y la tierra, siempre cambiantes, son el soporte físico del recuerdo. La rememoración está atravesada por la fragilidad del material. ¿Cómo es trabajar con estos elementos destinados a cambiar, a desaparecer?
“Para mí la memoria no tiene que ver con conservar, sino con transformar. Me interesa lo que se mueve, lo que se erosiona, lo que cambia de forma. Por eso trabajo con materiales que no prometen permanencia. El hielo, el agua, la arena, la tierra, los pigmentos naturales extraídos de las plantas me recuerdan todo el tiempo que nada es fijo.
Trabajar así implica aceptar que la obra no se completa en el objeto. La memoria no queda atrapada en una imagen, sino en una experiencia. En lo que alguien vio en un momento y ya no va a volver a ver de la misma manera. Lo que desaparece no se borra del todo, se transforma. Como pasa con los saberes ancestrales, con la cultura, con el cuerpo. Siempre queda una huella, aunque no sea visible.”
Su trabajo, así, no parece tanto una manifestación sobre la memoria y la retención, sino sobre los efectos del tiempo en la realidad, en el suelo y en la mirada.
El tiempo: un bloque de hielo se desintegra frente a nosotros
“El núcleo de lo múltiple” es una instalación sobre el cambio, la fragilidad material y el paso del tiempo. Un bloque de hielo encierra un núcleo de pigmento rojizo. Aiassa extrajo este elemento en colaboración con la artesana Liliana Pastrana. La tintura proviene de Tafí del Valle, un territorio ancestral del noroeste argentino.

Conforme pasa el tiempo, el hielo se derrite y el color brota poco a poco de su contenedor gélido. Un video documenta el proceso. Pasan las horas y el rastro de color cambia de forma. Lo mismo ocurre con la memoria y el recuerdo.
En “El núcleo de lo múltiple”, manifiestas la cualidad mutable de la memoria. El pigmento está ahí para ello. El espectador de la mañana vio una secuencia que el visitante de la tarde no conocerá jamás. ¿Qué implica afectivamente crear una obra cuya materialidad se pierde para lograr su existencia plena?
“Crear una obra que se pierde implica aceptar el tiempo como parte activa del proceso. La obra existe porque cambia. Es necesario soltar la idea de control y de permanencia. La obra pertenece a quien la vive en ese momento y cada persona que la observa ve algo distinto, inevitablemente.
La materialidad se va para quela experiencia pueda existir de verdad. En ese gesto, la obra deja de hablar sólo de memoria y empieza a hablar del presente, de la atención, de lo que está ocurriendo ahora. Frente a lo que desaparece, la pregunta no es qué queda, sino desde dónde miramos y qué lugar ocupamos en ese proceso”.

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