A unos seis kilómetros al sur de Tepoztlán, Morelos, se encuentra un lugar que parece suspendido en el tiempo y entre la bruma de las montañas de la Sierra del Tepozteco, se halla Huehuecóyotl.
Se trata de la primera ecoaldea creada en América Latina que hoy, casi 35 años después de su fundación, se mantiene en pie como un refugio idílico para escapar de la vorágine —y la infoxicación— de la gran ciudad. Y también, para experimentar la vida en medio de la naturaleza. ¿Para qué ir siete años al Tíbet si en Huehuecóyotl también se puede hallar la paz interior en un fin de semana?

Huehuecóyotl significa “coyote viejo” en náhuatl, pero también es el nombre acreditado a la deidad mexica de —entre otras cosas— el arte y el placer: ni más ni menos que el (ni tan santo) patrono de la sexualidad desinhibida.
La historia comienza en 1982 cuando un grupo de artistas, activistas y ecologistas se establece en la región, persiguiendo un estilo de vida sustentable basado en la permacultura, término acuñado por los biólogos y ecólogos australianos Bill Mollison y David Holmgren a fines de la década de los 70, que es la disciplina que diseña y planifica los asentamientos humanos de tal modo que permitan la creación de una cultura permanentemente sustentable.
“Hasta nuestros días mantenemos la permacultura como principio ideológico, sobre todo porque nos permite ver a la naturaleza de una forma integral”, nos comenta Andrés King Cobos, uno de los fundadores de Huehuecóyotl. Para él, esta práctica, de algún modo, es una rama de la arquitectura en la que no se desperdician recursos; se aprovechan de forma racional, al basarse en la armonía de la naturaleza.
«El concepto detrás de una ecoaldea es que se trata de algo perenne, que no implica tanto esfuerzo de construir y habitar, que casi surfees, que flotes dentro de ese mundo que tú estás creando» — Andrés King Cobos, fundador de Huehuecóyotl.
El hospedaje en Huehuecóyotl, ¿cómo funciona?
La aldea cuenta con un dormitorio colectivo en formato de hostal, en el que se puede disponer, mediante una reservación, de una de las catorce literas. No hay baños tradicionales: solo letrinas. Además, usualmente, alguna de las trece casas de la comunidad está disponible para rentarse temporalmente. Todo, a precios asequibles —de entre 400 y 500 pesos por persona—. El trato debe ser directo con la comunidad: nada de Airbnb.
En Huehuecóyotl habitan permanentemente unas 25 personas, entre mexicanos, estadounidenses, suizos, escandinavos y españoles; muchos, ya naturalizados. Los residentes originales trajeron consigo su propia cultura de construcción. “Con la ayuda de un arquitecto ecologista, yo hice mi propia casa”, revela King Cobos.

Los vistosos hogares están fabricados con elementos reciclables y sustentables, como cubos de paja, neumáticos y botellas de todo tipo, pero también recurren a materiales locales y a técnicas como el bajareque —un sistema ancestral muy común en las costas centro y sudamericanas—, que utiliza una base de bambú o madera para las estructuras y se complementa con una mezcla de barro, tierra y desechos vegetales sedimentados.
Acampar en una ecoaldea
Si el viajero prefiere un contacto más directo con la naturaleza, también se pueden reservar espacios para acampar. El lugar está abierto para el público en general, pero tampoco les encanta sentirse invadidos: “De hecho, no queremos a demasiada gente aquí, porque nos quitarían completamente la paz”, advierte King Cobos. “Te podría decir que hay reglas, pero somos una comunidad anarquista. Así que, a ese ‘orden’, preferimos llamarlo respeto”.

Andrés, hoy cercano a los 80 años, fue activista en el movimiento estudiantil de 1968 y dejó México después de la masacre de Tlatelolco. Durante más de una década recorrió más de treinta países junto al grupo que luego inició la ecoaldea. “Me enorgullece haber pertenecido a esa generación que fue un parteaguas”, recuerda, aludiendo a los movimientos contraculturales y artísticos —como la Internacional Situacionista— que lo influenciaron.
Con el tiempo, comenta, entendió que “la anarquía empieza con el arte”, una convicción que guía su vida dedicada a la poesía, la estética y la ecología. Uno de sus libros, Árbol del precipicio (Ed. Ambos Mundos, 2024) relata en verso mucha de la cosmogonía local de Huehuecóyotl.
¿Qué hacer en Huehuecóyotl?
Una visita a Huehuecóyotl también ofrece la posibilidad de utilizar el temazcal lakota —al estilo de los pueblos de las Grandes Llanuras en EE.UU.— o uno a la usanza mexica, enfocado en la sanación y en la tradición mesoamericana.
Además, el lugar cuenta con dos pequeñas posadas más tradicionales —con servicios completos—, una carpa circense y un teatro al aire libre. En esos espacios se suelen ofrecer, en ciertas temporadas, talleres, cursos y retiros sobre jardinería orgánica, energía solar, construcciones ecológicas, salud holística, espiritualidad, teatro y desarrollo comunitario.

“Mucha de la oferta es la de visibilizar un espacio para que la gente conviva con los residentes, se interese en otra forma de vida, camine por el lugar y experimente la cotidianidad”, puntualiza el fundador. Por el momento, las visitas guiadas por el bosque de los alrededores están restringidas debido a los incendios recientes.
Un lugar en México para vivir la sustentabilidad auténtica
“Otro de los temas que están limitados es que no se permite el turismo para experimentar con hongos o sustancias medicinales. Para eso, mejor les recomendamos que se vayan a Real de Catorce o al Amazonas; Huehuecóyotl es un lugar bastante artificial para eso”.

Al final, lo que ofrece el lugar no es sólo un viaje, sino una pausa: un recordatorio de que el mundo puede funcionar con diferentes códigos y a otra velocidad. La sustentabilidad no es un concepto abstracto, sino una forma de habitar el presente, y convertirse en parte de la comunidad de Huehuecóyotl por unos días —la mejor temporada para la escapada es de octubre a abril, cuando hay escasas posibilidades de lluvia— es una experiencia que no encontrarás en la piscina privada de The Royal Dubai.
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