Lo confieso: los Meth Math me daban miedo. Después de ver de reojo sus fotos en las redes, leer que su estilo era neo-perreo ocultista y ver sus videos llenos de referencias a la mitología de la generación Z, el vaporwave, el electro-pop y sus samplers perversos de melodías de quinceañeras, me daban más terror que la posibilidad de encontrarme una madrugada solitaria a los cholos góticos de Prayers en una colonia en obra negra en alguna ciudad fronteriza.

Tras contactar a To Robles, uno de los fundadores de Meth Math, para esta entrevista y saber que además de músico era maestro de matemáticas de secundaria —de ahí el nombre del grupo: un juego de palabras entre la materia y las anfetaminas—, el misterio bajó un poco de intensidad. Además, me enteré de que To había sido parte de Milkmoon, una banda con la que llegué a coincidir hace años en el circuito del electro-clash y el MySpace; con esas referencias, me relajé.
De “Perreando y llorando” a brillar en la electrónica mexicana
Después de todo, Meth Math parece que no se trataba de una secta del desierto sonorense que hacía rituales de perreo nocturnos donde sacrificaban gatos. O eso creo. Lo que sí seguía siendo innegable (y lo es aún) es que se trata de uno de los proyectos más interesantes del panorama de la electrónica mexicana. El trío originario de Hermosillo, Sonora, está integrado, además de To Robles (Bonsai Babes), por Angie Ballesteros y Efrén Coronado (error.error). Al grupo lo pueden acusar de todo —hasta de satánicos o de cyber-nihilistas—, pero no de carecer de originalidad.
“No, la verdad nunca he hecho embrujos”, me tranquiliza To. “Todo esto viene de las referencias que trae Meth Math, de la cultura, de las películas”, aclara. “Siempre me han gustado esas cosas un poco oscuras, tipo Marilyn Manson, Nine Inch Nails o Portishead, que tenían esa parte melancólica, atonal y disonante”.

El grupo, que publicó su disco debut en 2024, comenzó como algo espontáneo, casi de un día para otro. “Simplemente surgió de juntarnos a tocar los tres; empezamos a sacar covers electrónicos raros de Britney Spears y Sonic Youth”.
La historia de Meth Math
Todo inició cuando Angie, quien es de Sonora —pero lleva años viviendo en Ciudad de México—, estaba aburrida durante una visita a Hermosillo y así lo posteó en su estado de Facebook. Entonces, error.error la invitó a hacer música. Al naciente proyecto se sumó To. Así salió la primera canción que lanzaron: “Perreando y llorando”. Luego, alguien le mostró las canciones al sello In Real Life Music de Los Ángeles, California, disquera que los fichó, en la que aún se mantienen.
La etiqueta de neo-perreo la inventó Tomasa del Real, “pero una vez la conocimos y nos dijo que la usáramos, y aunque no somos sólo eso y tenemos otros estilos en las canciones, no tenemos problema en que nos clasifiquen así”, reconoce To.
Más que una etiqueta, el neo-perreo en Meth Math funciona como estrategia de fusionar terrenos aparentemente en disputa: tomar un género históricamente despreciado por la escena alternativa y convertirlo en laboratorio estético.
Un fan declarado de Cocteau Twins difícilmente tendría en su colección de discos —o en su playlist— una canción de reggaetón. Y, sin embargo, el trío presume influencias que van del dream-pop del mencionado escocés a Mecano o al español Soto Asa. Este último dice que hace reggaetón del futuro; Asimov y Bradbury seguramente jamás imaginaron que en el año 3000 todo mundo hablaría como puertorriqueño.
«Antes, a quienes escuchábamos música alternativa nos daba vergüenza escuchar reggaetón, cosa que no pasa ahora; antes las cosas eran más pretenciosas, nos daban miedo las cosas tropicales y le dábamos la espalda a los ritmos latinos. Ahora, lo que está mal visto es tirarle a cualquier género»— To Robles
Y le doy la razón: hace años ningún grupo alternativo hubiera compuesto una canción llamada “Conejo malo” que contuviera líneas como: “Tú no sabes lo que siento, estás en mi pensamiento cada vez que me despierto, tu nombre en el viento…”. Hubiera sido como si, digamos, Fobia le hubiera dedicado una canción a Chayanne. No por nada a los Meth también los han catalogado como “una versión de pesadilla de la música de club latino”.
Esa negación y desprecio del clasismo cultural revela que la generación de Meth Math parece haber entendido que el futuro del electro-pop latino no es purista. Al contrario, mientras más se ensucie al pasar por el pantano, mejor.
¿Quién es Angie Ballesteros?
Pero si To es el existencialista del grupo y el artesano del sonido junto a error.error, un verdadero error sería no mencionar que Angie Ballesteros, la misteriosa cantante —quizás si hubiera platicado con ella dejaría de serlo un poco—, es quien aporta ese elemento visual y fashion. Sus proyectos de venta de moda, como Baby Angel y Antes de Cristo —una tienda de prendas de diseño en CDMX—, dicen mucho al respecto.

“Angie es muy visual, creció rodeada de arte”, asegura. Su madre es pintora, y su hermana es escritora, acuarelista y documentalista: Fernanda Ballesteros; además, Angie (que a veces firma como Ángel) dirige y aporta las ideas de los videos de Meth Math.
No obstante sus raíces arty y experimentales, el grupo también busca encontrar el camino hacia el simple y llano pop. Pero hay un inconveniente: no son personas muy normales en sus gustos. “Cada vez que hemos tratado de hacer un sonido un poquito más literal y decidimos experimentar el pop en su forma más pura, nunca nos sale; emerge la oscuridad y la rareza. Nos gusta que se note que es pop, pero que al mismo tiempo no sea del todo digerible: que sea experimental, apropiado y pintoresco”.
Meth Math y el encuentro entre música urbana, electro-pop y herramientas digitales
En la música del grupo se pueden escuchar ecos tanto de la música urbana como del electro-pop de vanguardia y el hyper-pop. El vocoder es un elemento infaltable en sus temas, así como el glitch y los beats clásicos del perreo que hoy podemos escuchar lo mismo en una fiesta popular en una periferia latina que en un club nocturno exclusivo en Europa.
Sí, aunque Meth Math tiene esa parte pop y de electrónica catchy, sus amigos suelen decirles que en sus canciones siempre termina habiendo una parte dark. “Aunque quieran hacer algo alegre, siempre terminan haciendo algo oscuro, me dicen”, revela To. “Pero yo lo que veo es que en un lugar frío y oscuro también hay belleza ahí, ¿no?”.
Para To —quien además del AutoTune considera que el smartphone es el instrumento musical clave de esta generación— las influencias del grupo son variadas y atemporales, y van desde The Knife, Enya, Autechre o Gloria Trevi y Belinda. En algunas de sus canciones, como “Chairo”, hay guiños —suponemos que irónicos, y To decide no sacarnos de la duda— a Aleks Syntek.
Meth Math no sólo juega a ser una pesadilla digital: ha llevado su oscuridad bailable a escenarios donde el perreo convive con el arte contemporáneo. Han pasado por el Knockdown Center y la cabina de Boiler Room en Nueva York, por el Echoplex en Los Ángeles, por Corsica Studios en Londres y por el Paradiso en Ámsterdam; también por festivales como Ceremonia y Mutek MX, y hasta por Les Nuits Sonores en Francia. No es poca cosa para un proyecto que nació, literalmente, de un post de Facebook.

Meth Math: IA que perrea con flow meta-humano
Este 2026, el trío planea publicar un nuevo disco que tentativamente se llamará Tranqui. El disco se editará en vinilo, como sus anteriores trabajos. Termina la entrevista y la idea de que los Meth Math son parte de una cofradía que reimagina la música urbana y la mezcla con lo más camp de los años 80 y el espíritu experimental de banda soñada para los curadores del Festival Mutek se mantiene. Ya no me provocan tanta extrañeza esas leyendas que me fabriqué en la mente.
Todavía le pregunto a To por qué Angie firma a veces como “Ángel”, y es simplemente porque en realidad se llama Angélica, no hay implicaciones illuminati en el asunto. Parece que Angie sí existe y no es una modelo de IA que perrea con el flow meta-humano de Maschinenmensch, la robot de la película Metrópolis. O bueno… quizás eso es lo que ellos querían que pensara. Después de todo, quizás Meth Math no sea una pesadilla, sino la banda sonora ineludible de una generación que ya no distingue entre el club, el algoritmo y el museo.
